13 de agosto de 2018 00:00

30 000 vendedores informales, en las calles de Quito

Comerciantes copan la acera en la av. Amazonas, entre NN.UU. y Juan Pablo Sanz. Foto: Eduardo Terán / EL COMERCIO

Comerciantes copan la acera en la av. Amazonas, entre NN.UU. y Juan Pablo Sanz. Foto: Eduardo Terán / EL COMERCIO

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Diego Bravo
Redactor (I)

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La Ordenanza 280, que regula la actividad comercial en el espacio público de Quito, prohíbe la instalación de puestos fijos de venta informal sin autorización municipal. No obstante, la acera de la av. Amazonas se ha convertido en una feria, entre la Naciones Unidas y la calle Juan Pablo Sanz.

Cuadras con puestos ambulantes de zapatos, ropa, jugos naturales y accesorios de celulares. Semáforos con hombres y mujeres que ofertan desde energizantes hasta frutas y hortalizas. Comerciantes que se suben a los buses para ofrecer dulces, empanadas o helados. Ecuatorianos y venezolanos con comida en las afueras de los centros comerciales de mayor concurrencia.

Ese es el panorama este verano no solo en el norte, sino también en el Centro y sur de Quito, con vendedores autónomos en calzadas, aceras y parques públicos. La Agencia Metropolitana de Control del Municipio (AMC) admite que la cantidad de comerciantes informales se ha incrementado de 8 000 en 2017 a 30 000 este año. 7 000 se aglomeran en el Centro Histórico, donde están prohibidas las ventas informales fijas y móviles.

Para Carlos Castellanos, presidente de la agrupación Comerciantes Minoristas, los vendedores en calle se incrementaron por el desem­pleo. Este gremio sumó 5 000 afiliados en Pichincha en este año. De ellos, un 10% son extranjeros. Antes, la Asociación contaba con 3 000 integrantes.

“No hay fuentes de trabajo. Aquí existen profesionales como abogados, arquitectos, ingenieros, médicos y choferes, que no tienen otra alternativa que buscar su subsistencia en las calles, plazas y mercados”, apunta el dirigente.
Con ese criterio coincide José Luis Aguilar, inspector de la AMC. “Tenemos un crecimiento muy fuerte del comercio informal. Esto responde al desempleo y a la migración”.

De los 30 000 comerciantes registrados por la AMC, 3 000 son venezolanos. Según la institución, los sectores con mayor presencia de vendedores extranjeros son La Carolina, La Mariscal, El Inca y Carcelén, en el norte, y el Centro Histórico. Los ecuatorianos se distribuyen en toda la ciudad.

Mariela Charro expende helados en la avenida De la República y asegura que las ventas son bajas. Ante la falta de empleo, sus parientes que antes eran albañiles y mensajeros, ahora comercializan helados.

Julio Flores oferta cargadores de celulares y parasoles en Chillogallo, en el sur de la capital. Antes, sus ganancias eran de USD 40 diarios. Ahora, como máximo 20. “Hay demasiada competencia”, señala.

La Asociación Civil Venezolanos en Ecuador refiere que los ingresos de un migrante que se dedica al comercio también llegan máximo a USD 20 por día. Su trabajo se enfoca en el comercio de alimentos y la venta de cigarrillos.

Yohiber Castillo, de 33 años, llegó a Quito hace cinco meses. “Con la venta de tabacos se puede comer y pagar el alquiler (de vivienda)”, sostiene.
Mensualmente gana entre USD 150 y 200; le alcanza para enviar remesas a su familia.

Otros migrantes optan por vender alimentos, dulces, jugos, frutas, etc. José Manuel Freitez expende chupetes y caramelos. Su objetivo inicialmente fue viajar a Perú, pero podría hallar trabajo en una panadería y quedarse en Quito.

Para Aguilar, la declaratoria de emergencia en Carchi, Pichincha y El Oro, por la crisis humanitaria de ciudadanos venezolanos, servirá para articular estrategias de trabajo con las autoridades gubernamentales, también para reforzar los controles.

“Deben generarse políticas públicas con las que se trate de ofrecer posibilidades de comercio formal. En la ciudad hay puntos en donde pueden agruparse y allí expender sus productos”, sostiene.

Asimismo, propone que se coordine con la industria privada para analizar qué opciones de empleo formal se pueden abrir en la ciudad. “Por más controles que haya, si no se presentan alternativas para las personas dedicadas al comercio, simplemente seguiremos en lo mismo. Sería como jugar al gato y al ratón”.

Ante el crecimiento del comercio informal y del desempleo hay inconvenientes entre los comerciantes nacionales y foráneos por los espacios para trabajar. Aguilar dice que el rechazo, frente a una crisis humanitario, puede “complicar el panorama para la ciudad”.

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