3 de febrero de 2020 00:00

Universidades ecuatorianas tienen equipos para estudiar el coronavirus

El doctor Santiago Guerrero, junto a su equipo, en el laboratorio de la Universidad UTE. Foto: Patricio Terán/ EL COMERCIO.

El doctor Santiago Guerrero, junto a su equipo, en el laboratorio de la Universidad UTE. Foto: Patricio Terán/ EL COMERCIO.

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Yadira Trujillo M. y Elena Paucar
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Ocho frascos diminutos arribaron el viernes 31 de enero del 2020 desde EE.UU. al Laboratorio de Investigaciones Biomédicas de la Escuela Superior Politécnica del Litoral (Espol), en Guayaquil. El polvo en su interior es el compuesto reactivo para detectar el nuevo coronavirus.

El investigador Washington Cárdenas, jefe del laboratorio, solicitó esos ‘primers’ según las guías difundidas por la Organización Mundial de la Salud (OMS), disponibles en su web tras el inicio del brote en Wuhan, China. En la Espol pidieron los reactivos de acuerdo con estudios compartidos por Berlín y Hong Kong.

Hace un mes esta universidad analiza el comportamiento y el posible origen del 2019-nCoV. Cárdenas muestra un mapa, marcado por una infinidad de códigos. “Es el análisis de parentesco del genoma del virus publicado”, resume.

Las universidades del país, que realizan investigación en el área de la salud, cuentan con equipos para PCR (Reacción de Polimerasa en Cadena), que es la herramienta con la que se puede detectar un caso positivo del nuevo coronavirus.

El equipo -explica Nikolaos Kyriakidis, inmunólogo y docente investigador de Medicina de la Universidad de las Américas (UDLA)- apunta una región genética específica de cualquier organismo.

Lo hace a través de cebadores o ‘primers’, muy selectivamente en una región genética de un organismo y la amplifica hasta que se pueda detectar por medio de fluorescencia.

El doctor Washington Cárdenas en el laboratorio de Biología Molecular de la Espol. Foto: Enrique Pesantes/ EL COMERCIO.

El doctor Washington Cárdenas en el laboratorio de Biología Molecular de la Espol. Foto: Enrique Pesantes/ EL COMERCIO.


Si en la muestra de un paciente se amplifica esta región genética específica del virus, en este caso del nuevo coronavirus 2019, significa que el paciente está infectado.

Pero las máquinas por sí solas no pueden detectar el coronavirus. Requieren kits, entre los cuales se encuentran los cebadores y otros reactivos. El viernes, la ministra de Salud, Catalina Andramuño, dijo que Ecuador es el primer país de Latinoamérica en tenerlos.

Pero el país espera los resultados de las pruebas realizadas al ciudadano chino que permanece en el Hospital Eugenio Espejo. Aún no llegan de Atlanta, donde se encuentra el Centro de Prevención de Enfermedades Infecciosas de referencia. En el país, el Izquieta Pérez es el centro autorizado.

Kyriakidis confirmó que los reglamentos de la OMS establecen que todos los países deben enviar su primer caso sospechoso hacia ese CDC. De llegar los reactivos y confirmarse el primer caso en Ecuador, dice, esa ‘U’ estaría lista para analizar casos sospechosos.

En las precauciones de bioseguridad del CDC de Atlanta consta que para el manejo de muestras se debe usar equipo de protección personal apropiado como batas, guantes y protección para los ojos.

“El procesamiento de la muestra debe realizarse en un gabinete de seguridad biológica de clase II certificado, siguiendo las pautas de nivel de bioseguridad 2 o superior”.

Santiago Guerrero, del Centro de Investigación Genética y Genómica de la UTE, dice que están preparados, no solo con el personal capacitado, sino también con los equipos.

Lo que haría falta son los ‘primers’ y un control positivo. Se refiere al ADN del virus. “Con ello se podría comparar con las posibles muestras”.

Nikolaos Kyriakidis, investigador, analiza un virus en una prueba PCR, en la UDLA. Foto: Diego Pallero/ EL COMERCIO.

Nikolaos Kyriakidis, investigador, analiza un virus en una prueba PCR, en la UDLA. Foto: Diego Pallero/ EL COMERCIO.

El investigador sostiene que universidades con esta capacidad podrían colaborar con el Ministerio de Salud para hacer este diagnóstico más rápido.

Para la OMS, aclara, se necesita seguridad nivel dos para analizar muestras clínicas. Y para cultivar virus, la 3, que solo tiene el Izquieta Pérez.

En la Espol, Cárdenas comenta que el nuevo virus está asociado a la familia del SARS, que apareció en 2003; y que provino de murciélagos.

Esa familiaridad también se analizó a través de la alineación de una nucleoproteína, una parte del virus que inhibe la acción del sistema inmune cuando ingresa a la célula humana. El ensayo, en el que se aplicó bioinformática, grafica una extensa línea que compara MERS, el coronavirus que apareció en 2013, SARS y el novel coronavirus. Aquí nuevamente salta la similitud entre estos dos últimos y refleja una marcada diferencia con MERS.

El nuevo coronavirus está formado por cerca de 30 000 nucleótidos, que son las moléculas que forman su larga cadena genética o ARN. Los ‘primers’ que han diseñado en otros países, por ejemplo, tienen entre 20 y 25 nucleótidos.

Una parte clave para el diagnóstico es contar con un fragmento del genoma del virus, un pequeño e inofensivo segmento que se utiliza para verificar los resultados positivos en pruebas de biología molecular por RT-PCR. Para ese análisis, este laboratorio solicitó a una compañía extranjera que sintetice un segmento de unos 150 nucleótidos.

Juan Mosquera, profesor investigador del instituto de microbiología de la USFQ, dice que no es suficiente con el equipamiento, sino que es necesaria una infraestructura propia de un laboratorio de bioseguridad tipo tres.

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