7 de September de 2009 00:00

La universidad

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Fabián Corral B.

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La sensibilidad de los universitarios, su pasión por las libertades y su determinación para defenderlas, caracteriza felizmente a las sociedades modernas. Allí se refugia la capacidad de rebeldía y la dignidad contestataria. De la universidad nació la “primavera de Praga” contra el invierno socialista. De la universidad partió la revolución del Barrio Latino de 1968. Universitario   fue el joven  que, en solitario, detuvo a la columna de tanques  en la plaza de Tiananmen, antes de la sangrienta represión de los comunistas chinos en junio de 1990. El único revés que ha sufrido  el caudillismo autoritario de Hugo Chávez fue articulado por la firmeza y convicción  de los universitarios.

La universidad, más allá de sus defectos y virtudes, y pese a todas las adversidades que inventa el poder, sigue como el refugio de la capacidad crítica. Por eso, es esencial la defensa de la autonomía académica y de la libertad de cátedra. Ellas son las expresiones concretas del laicismo, que comenzó con la independencia del pensamiento frente a los dogmas religiosos, y que debe continuar ahora hasta alcanzar la independencia de las ideas frente a la planificación del Estado y a los dogmas políticos que desde ella se propician.

Una prueba  de fuego para la sociedad democrática, una prueba  para la legislatura, será el tratamiento de los proyectos de Ley Orgánica de Educación Superior. Allí se verá si sus actores realmente creen en la libertad de conciencia, en la autonomía, en el “laicismo” frente a la nueva dogmática política, o si se confirma que la Asamblea se ha limitado a ser opulenta máquina de procesar de propuestas oficiales.   Este tema no será uno más.  Será el episodio que marque históricamente a la legislatura,  que perfile a los “nuevos” actores políticos, que mida su capacidad de rebeldía y de independencia, o su vocación por  el simple malabarismo verbal.

¿Por qué es esencial  la independencia legislativa  en esta y en las demás materias? Porque si no es así, la “autonomía responsable” de la universidad se diluirá en los mandatos de una planificación estatal que ni se debate ni se vota. Porque  la libertad de pensamiento y la capacidad de construir discrepancias racionales que fortalezcan a la democracia, se anularán. Porque, si pasa la versión oficial de la ley, las universidades podrán ser intervenidas si no se ajustan a los cánones oficiales. Porque la cátedra corre el riesgo de someterse y  callar. O de  ser altavoz de las voces gubernamentales.

El proyecto oficial adolece de innumerables inconvenientes y tiene una innegable carga de disposiciones que contradicen a la Constitución. El proyecto oficial condiciona la vida universitaria, burocratiza y centraliza la educación superior, es decir, pasteuriza la diversidad de pensamiento y trata a la universidad como oficina pública.

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