4 de September de 2009 00:00

Unasur

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Gonzalo Ruiz Álvarez

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La cita presidencial de San Carlos de Bariloche tuvo múltiples significados, más allá del documento oficial que es razonable y ponderado y que resalta que se debe fortalecer a Suramérica como una zona de paz, abstenerse de recurrir a la amenaza o al uso de la fuerza contra la integridad territorial de otro Estado, advierte sobre la imposibilidad de que fuerzas extranjeras amenacen la soberanía y la integridad de cualquier nación de la región, y reafirma la vocación de lucha contra el narcotráfico, el terrorismo y los grupos armados ilegales y el tráfico de armas. Toda una proclama para afirmar medidas de confianza mutua.

El documento, para muchos será uno de tantos, pero es todo un logro si consideramos la atmósfera previa que se construyó en torno a la cumbre presidencial, la retórica paranoica y prebélica que se desató en el convento de San Agustín en Quito y los temores, justificados o no, sobre la presencia de tropas norteamericanas en las bases colombianas.

Siendo este último punto el eje central de la cumbre, lo primero que cabe señalar es que el compromiso de Colombia es que jamás esas bases serán controladas por militares de Estados Unidos, inclusive que la presencia de uniformados nunca rebasará aquella que en la actualidad existe como consecuencia de acuerdos bilaterales vigentes y que, nunca, en ningún caso, esas bases serán amenaza para la estabilidad política y militar de ningún Estado miembro de Unasur. Álvaro Uribe afirmó que el convenio que suscribe con Estados Unidos tiene por único objeto combatir el flagelo del narcotráfico en su país.

Vista la historia de la humanidad y la conformación de mapas y fronteras jalonados de invasiones, guerras y conquistas, no es absurdo pensar que, como siempre ha ocurrido, las potencias imperiales tengan en la expansión y en la ocupación territorial una primera base de su dispersión que casi siempre atendía a urgencias de dominio económico, comercial, cultural, etc.

Tras el fin de la guerras fría la insurgencia de nuevas potencias fue diluyendo el poder unipolar de EE.UU. y surgió otro escenario. Por un lado, la nueva mirada de Barack Obama que intenta superar el negligente olvido de la administración Bush a Suramérica; y por otro, la conformación de ejes donde el sino ideológico y los vientos del socialismo del siglo XXI han tocado  propia partitura.

Pero la cumbre de Unasur dejó otras lecturas. Colombia que entró con expectativas y salió fortalecida, la estridencia del  anuncio de tambores de guerra del histriónico comandante salió apagada y de puntillas, el equilibrio primó en monseñor Lugo, Tabaré Vázquez y la señora Bachelet y la molestia de Lula por la doble intervención del presidente Correa tenía el prurito  del liderazgo continental en disputa entre los mandatarios de Brasil y Venezuela, todo matizado con la irónica y atildada madurez de Alan García.

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