7 de June de 2009 00:00

Travesía por 3 islas del Titicaca

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Pedro  Maldonado, Desde el lago   Titicaca

Desde Puno, ciudad que roza los 4 000 metros sobre el nivel del mar, al sureste del Perú, el lago Titicaca deja apreciar parte de su inmensidad. Sus aguas lucen tranquilas, azules, en especial cuando la mañana empieza y el sol abriga el muelle.



Aguas  divididas 
El Titicaca mide cerca de 200 kilómetros de largo por 65 de ancho y sus atractivos son compartidos por Perú y Bolivia.  De los 6 560 kilómetros cuadrados que tiene, cerca del 70% le corresponde al país de los incas; lo demás es territorio boliviano.
Titicaca significa puma gris. Su forma vista desde el aire es similar a  la de un puma, lo que da paso a una serie de leyendas y tradiciones.
 El puma, junto con el cóndor y la serpiente,  fueron animales sagrados en esta zona mítica y legendaria.  Allí decenas de barcos, amarrados entre sí, esperan por turistas de EE.UU., Europa y Sudamérica para iniciar un recorrido por tres islas del Titicaca:  Los Uros, Amantaní y Taquile, todas en el lado peruano del lago. Este circuito es motivo de orgullo para quienes viven del turismo en “el lago navegable más alto del mundo”. Un ejemplo es José Justus, un puneño de 43 años dueño del hostal Casa Real, que explica el recorrido. “Es un viaje inolvidable, distinto”.

El calor de la mañana hace olvidar que el paseo es  a 3 800 metros de altitud en un bello paisaje. El primer destino es una de las islas flotantes de la etnia de los uros, adonde se llega luego de 45 minutos de navegación por las aguas que cambian de azul a gris, según la temporada.

En cada islote viven dos o tres familias de uros, un grupo étnico anterior a los incas. Para ellos la totora, una planta que crece en el lago, es sinónimo de vida. Su corteza, con alto contenido de yodo, les  sirve de alimento y el tallo seco lo usan para levantar sus viviendas y para ‘armar la isla’ sobre una base de fango seco. Sus habitantes tardan seis meses en ‘montar una isla’ de unos 30 m de diámetro; su vida útil alcanza los 15 años.

Cada isla se sujeta con cuerdas a vigas de madera que se clavan en el fondo del lago. Aquí, la tradición se mezcla con la modernidad y no es extraño ver junto a las canoas de totora, botes a motor; o descubrir junto a sus chozas un panel solar. Josh Eckert registra en su cámara fotográfica cada detalle, mientras prueba la totora. “Sabe a papel”, se hace entender este universitario, de Indianápolis.
El siguiente destino es la isla Amantaní.  A  la distancia muestra una forma triangular perfecta.
 
Los 5 000 habitantes de Amantaní viven  de la  agricultura.
El turismo  surgió hace seis años, dice Leo, guía nacido en Puno. Domina el inglés y el quechua y lan-
za frases en portugués y francés.

Los turistas pasan una o dos noches con las familias en sus casas de adobe y experimentan la vida a orillas del lago.
Comen sopa de quinua y un plato de ocas, habas y tomate riñón, acompañadas de agua de mulla (una planta que ayuda a atenuar los efectos de la altitud). Visten los atuendos típicos: ponchos hechos con lana de borrego, faldas y blusas bordadas a mano

Un camino de piedra conduce a los visitantes hasta los cerros Pacha Mama y Pacha Tata, a más de 4 100 metros de altitud. Desde estos sitios el paisaje cautiva. Los tejados del pueblo en primer plano, el Titicaca a continuación y la cordillera de Los Andes nevada, rozando las nubes, arman las piezas de un paisaje inolvidable.

Al sur de Amantaní, a una hora de viaje en bote,  está Taquile, una isla que fue usada como prisión política por el gobierno peruano a inicios del siglo XX. Sus hombres lucen chullos (gorras de lana) o sombreros de ala ancha, según su jerarquía, y sus mujeres,  blusas blancas y faldas rojas. Invitan   a sus restaurantes comunitarios en los que el menú (sopa de quinua y trucha frita) cuesta 15 soles (USD5).     La caminata de un extremo a otro (Taquile mide 6 km y tiene forma alargada), anima a mira r desde la plaza central el brillo del sol en el lago.

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