15 de September de 2009 00:00

Totalitarismo y represión

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Antonio Rodríguez Vicéns

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El novelista cubano Reinaldo Arenas escribió: “En los sistemas totalitarios comunistas hay dos historias: la real que todos padecen, pero nunca aparece en los periódicos; y la falsa, la optimista, que ocupa siempre la primera plana”. La apertura de los archivos secretos de la Unión Soviética, todavía limitada y parcial,  ha permitido en los últimos años ir develando esa ‘historia real’. Algunos autores como Walter Laqueur, Dmitri Volkogónov, Vitali Chentalinski,  Donald Rayfield y Anne Applebaum -cito a los que he leído- han descrito una realidad inhumana y monstruosa: un Estado con una maquinaria destinada a la supresión de las libertades, a la tortura y el asesinato, a la represión y el genocidio.

Donald Rayfield, en ‘Stalin y los verdugos’, analiza la historia de quienes, bajo las órdenes de Lenin (el primero) y Stalin, dirigieron la Policía política y las fuerzas de seguridad del Estado soviético: Félix Dzierzynski, Viacheslav Menzhinski, Guénrij Yagoda, Nikolái Yezhov y Lavrenti Beria. Este investigador inglés afirma que de esos cinco dirigentes “Stalin designó directamente a los dos últimos, mientras que los tres primeros se vieron inducidos a cumplir su voluntad. Lo que sí es evidente -añade- es que los cinco fueron instrumentos de una mente más malévola que la suya. Mientras Stalin se cuidaba de los fines, ellos se ocupaban de los medios”.

Los fines los conocemos todos: la consolidación, a nombre del socialismo y la clase obrera, de la dictadura personal, desquiciada y despiadada, de Stalin. ¿Los medios? La delación, las acusaciones falsas, la manipulación de pruebas, la tortura, la instauración de juicios con sentencias previamente dictadas (no en vano fueron llamados ‘ejemplares’), la deportación, el genocidio, la reclusión en campos de concentración y, en última instancia, la fría ejecución y el asesinato. Los órganos de represión alcanzaron, por el miedo y el terror, un inmenso e incontrastable poder. Rayfield cuenta que Dzierzynski y Menzhinski, para integrar sus bandas de asesinos, buscaban a hombres de “corazón ardiente, cabeza fría y manos limpias”.

La lectura de la obra de Rayfield, además de darnos una visión dolorosa e irrefutable del totalitarismo, con sus secuelas de supresión de los derechos y las libertades, de abusos y corrupción, de represión y muerte, nos plantea múltiples interrogantes: ¿qué hizo posible que un pueblo se sometiera en silencio y casi sin resistencia a un régimen de terror?, ¿por qué miles de personas -incluidos personajes de la política, la literatura y la ciencia occidentales- contribuyeron ciegamente al encubrimiento de la verdad?, ¿qué factores permitieron que un Estado que se proclamaba abanderado del socialismo fuera dirigido, con el apoyo de esbirros y verdugos, por un psicópata asesino, brutal y despiadado?

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