25 de noviembre de 2018 00:00

Reparación y justicia: madres luchan por encontrar la verdad tras el asesinato de sus hijas

En la imagen, Ruth Montenegro, madre de Valentina Cosíos (11), recorre las calles de la ciudad, liderando la marcha Vivas Nos Queremos el sábado 24 de noviembre del 2018. Foto: Eduardo Terán/ EL COMERCIO.

En la imagen, Ruth Montenegro, madre de Valentina Cosíos (11), recorre las calles de la ciudad, liderando la marcha Vivas Nos Queremos el sábado 24 de noviembre del 2018. Foto: Eduardo Terán/ EL COMERCIO.

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Karol Noroña
Redactora (I)
knorona@elcomercio.com

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No se resignan a que los cuerpos de sus niñas -vulneradas, violentadas, heridas, asesinadas por la violencia machista- sean su única defensa ante la inoperancia. Hipatia Alzamora, Ruth Montenegro y Elizabeth Rodríguez, madres de Samira Palma (24), Valentina Cosíos (11) y Juliana Campoverde (18) construyen, a través de sus voces, la memoria de sus hijas.

Lo hacen en un contexto nacional que registró más de 600 muertes por violencia de género desde el 1 de enero del 2014 hasta el 18 de noviembre del 2018, según un informe la Asociación Latinoamericana para el Desarrollo Alternativo. Y en el que se genera un femicidio cada tres días. En lo que va del 2018, 75 mujeres ecuatorianas han sido violentamente asesinadas solo por el hecho de ser mujer. Ellas, sus madres, demandan respuestas del Estado ecuatoriano.

Samira


A Samira la mató Óscar Y. Él, quien fue su pareja sentimental, la golpeó y la asfixió con un cordón en su departamento. Después, transportó su cuerpo en un taxi, todavía con el uniforme con el que Samira realizaba su internado en un centro de salud de la capital. Lo abandonó en una quebrada ubicada en Chillogallo, en el sur de Quito. Su cuerpo fue encontrado el 22 de febrero del 2018. Él confesó el asesinato en el hogar de Samira, cuando Vanessa, su hermana, lo llamó para preguntarle si la había visto. Luego, se acogió al silencio.

Seis meses después, el 21 de agosto del 2018, Óscar Y. fue sentenciado a 13 años por homicidio, aún cuando su familia inició una denuncia por femicidio. La justicia ecuatoriana determinó que no existían relaciones de poder o control por parte del acusado y que a Samira no la asesinaron por el hecho de ser mujer. Su familia apelará el próximo 11 de diciembre del 2018 para que Óscar Y. sea procesado por delito de femicidio.

En el hogar de Hipatia Alzamora, en el sector de Quitumbe, en el sur de Quito, la sonrisa de Samira protagoniza la sala. Su compromiso con el valor de la vida. Las ganas de conocer al mundo y de contribuir a él desde la medicina, sobre todo, con la ginecología. De armar su maleta, a los 24 años, y salir al exterior para respirar nuevos aires. Esos eran los sueños de Samira Palma. Su cabello, ondulado, y su mirada abierta, componen la fotografía que su madre sostiene en manos.

Hipatia Alzamora, madre de Samira Palma, sostiene la fotografía de su hija. A ella, que tenía 24 años, la asesinó su pareja sentimental y lo sentenciaron a 13 años por homicidio. Su familia apelará para que el crimen sea procesado como femicidio. Foto: EL

Hipatia Alzamora, madre de Samira Palma, sostiene la fotografía de su hija. A ella, que tenía 24 años, la asesinó su pareja sentimental y lo sentenciaron a 13 años por homicidio. Su familia apelará para que el crimen sea procesado como femicidio. Foto: EL COMERCIO.

Nació en octubre de 1993. Era el primer embarazo de Hipatia y, como todo primerizo, Samira era esperada con ansias e incertidumbre. Su niñez fue sencilla, pero feliz. “Mi hija fue una excelente estudiante en la escuelita. Fue la mejor egresada y abanderada. Desde pequeña demostró cómo era: hábil para los estudios. Confiaba mucho en ella, tal como he hecho con todas mis hijas. A ella no le gustaba mucho salir, decía que aquí pasaba mejor”, cuenta su madre.

En el colegio 24 de Mayo su vida social cambió. “Cuando terminaba sexto curso me presentó a su primer enamorado. Yo le decía ‘piolín’ (ríe). Le dije que sí me gustaba para que esté con él. ‘¿Segura?’, me decía. Siento como que Sami tenía la autoestima baja. Yo, como madre le decía ‘Mamita, tú eres una niña linda, eres bella’. Eso les recuerdo a mis pequeñas, que todas son hermosas”, recuerda.

Era momento de tomar una decisión. Samira debía escoger su carrera y siempre la tuvo muy clara: quería ser doctora. No tenía bases, pues se graduó exitosamente en ciencias exactas pero, para la sorpresa de sus padres, ingresó -en su primer intento- a la Universidad Central del Ecuador.

Era una carrera demandante pero ella la disfrutaba, era dedicada. Su madre recuerda que era ayudante de cátedra y que su profesor, a veces, la contactaba en la noche. “Ay mami, así son los doctores. En algún momento yo también he de ser así, alguna vez me he de desquitar. Es duro”, bromeaba Samira, según lo cuenta Hipatia. Entonces, su hija ingresó al internado y, después de su experiencia en el Hospital Enrique Garcés, decidió que su especialización estaría orientada en la ginecología.

“Yo decía: ¿De verdad tanta felicidad? Le daba gracias a Dios por bendecirme con las hijas que tengo”.

Hipatia Alzamora, madre de Samira Palma. Foto: Captura de pantalla.

Los semestres pasaban y, a la par, su familia se reencontró con la de Óscar Y., quien fue compañero de escuela de Vanessa, su hermana menor. A ella nunca le cayó bien, pero con Samira, Óscar Y. comenzó a formar una amistad. Salían a bailar, él la recogía después de sus guardias e incluso jugó fútbol con el padre de Samira, que lo invitaba siempre que podía.

Hipatia no recuerda la fecha exacta, pero sí que su hija llegó una madrugada sin avisar. Samira le había dicho que se iba a bailar, pero no contestó su teléfono. Cuando llegó, su madre la regañó. Notó que estaba tomada. “Le dije, ¿De dónde vienes? Ella me dijo que era su vida. Yo sabía que salió con Óscar y se me salió decirle que él no me gustaba para que sea su enamorado. Era un chico tranquilo pero no me daba esa confianza. Ella sabía eso”, recuerda.

Después, Óscar se acercó a Hipatia para pedirle que le diera más permisos a Samira. “Es que quiero que me de permiso para salir con ella, por ejemplo, cuando vaya a jugar en Latacunga. Yo le decía que él permiso Sami lo tenía, pero si es que lo que realmente estaba preguntando Óscar era si le daba mi aprobación para que esté con ella, mi respuesta iba a ser siempre que no”, cuenta.

Si el joven era un agresor, la familia de Samira no lo percibió pero sí incomodaba a sus padres su presencia excesiva en la vida de su hija.

El 21 de febrero del 2018, Samira iba a una guardia rutinaria. Le pidió la bendición a su madre y salió. Pero no regresó. Le envió un mensaje a su madre diciéndole que le habían cambiado la guardia y que volvería al día siguiente. No contestó más. A las 02:00 del 22 de febrero, llovía. Hipatia lo recuerda porque se levantó para recoger la ropa.

Después de un par de horas, recibió una llamada. Habían encontrado a su hija muerta. En el reconocimiento del cadáver, sus amigos de universidad le contaron a Hipatia que Óscar era su pareja, que la hostigaba, la manipulaba y la acosaba diariamente. “Me llegué a enterar cuando ya la mató. ¿Por qué no me alertaron antes? Nosotros, como padres, pudimos haber hecho algo”, dice Hipatia.

En su hogar, la memoria de Samira es inminente. “Era una niña alegre, responsable. Una hija buena. Busco justicia porque mi hija era una niña justa...”. Hipatia respira, la mano de Vanessa la apoya. “No solo mataron a Samira, quebraron a mi familia. Se llevaron una parte de mi corazón. Ella ya no está, sus sueños ya no están. No quiero que me pida perdón, quiero saber por qué la mató”.

Sí, el dolor sigue ahí. Jamás se irá, dice. Pero ahora, la tragedia toma un nuevo sentido: una familia que busca unirse para luchar por la memoria de Samira.

Valentina

“Quien te mató, tu canto no apagó. Este se multiplicó por todo el Ecuador, al son de una menos, vivas nos queremos”. La leyenda, composición de Ruth Montenegro, descansa sobre la fotografía de su hija, Sofía Valentina Cosíos Montenegro. Sus manos se pasean por la flauta traversa, el instrumento con el que la pequeña de 11 años ya visionaba una carrera en la música. Su mirada -fija en el lente, vivaz, curiosa- se complementa con un vestido azul. En esa imagen, Valentina estaba viva.

El 23 de junio del 2016, Valentina se despidió de su madre e ingresó a la escuela Global del Ecuador. En la tarde, debía ir al Conservatorio Nacional del Ecuador. Esa era su rutina diaria. Pero no regresó. Un día después, del 24 de junio del 2016, la encontró en el patio de entrada, a pocos pasos del acceso principal. Estaba muerta, tirada en el piso. A partir de ahí, sobre su muerte hubo silencio. Nadie la vio ni notó nada en su escuela particular, ubicada en la avenida 6 de Diciembre, norte de Quito.

Ruth Montenegro, madre de Valentina Cosíos (11), recuerda a su pequeña con alegría. Su niña siempre estuvo vinculada con el arte, la danza, la pintura y la música. Foto: Karol Noroña/ EL COMERCIO.

Ruth Montenegro, madre de Valentina Cosíos (11), recuerda a su pequeña con alegría. Su niña siempre estuvo vinculada con el arte, la danza, la pintura y la música. Foto: Karol Noroña/ EL COMERCIO.

El ministro de Educación del 2016, Augusto Espinosa, declaró, según recuerda Ruth, que al ser un hecho dentro de un colegio privado, no podía hacer nada. De la muerte de su hija, se dijo que fue accidental -que se golpeó la cabeza después de caer de una barra de juegos, aunque después se comprobó que nunca estuvo ahí- , que pudo haber tenido un ataque al corazón e incluso, que fue un suicidio. Su madre mantiene que Valentina fue lastimada, agredida sexualmente y asesinada.

Han pasado dos años y cinco meses y el Estado, asegura Montenegro, no ha dado ninguna respuesta efectiva. El Caso de Valentina todavía no ha pasado a instrucción fiscal, continúa en indagación previa, reservada.

El diálogo con Ruth se desarrolla en la Casa de la Cultura Ecuatoriana (CCE). Valentina la conocía muy bien, durante varios años ingresó a sus salas para practicar danza aunque después lo dejaría para dedicarse a la música. Su voz es resiliente. Para ella, los recuerdos de Valentina siempre fueron importantes -al igual que los de sus cuatro hijos- pero ahora que la pequeña no está, son más luminosos.

“Era una niña preciosa, un corazón puro. De esos seres humanos que siempre encuentra una razón para estar feliz. Curiosa, le gustaba preguntar más y más. A veces, agotaba las respuestas que yo le daba en su afán de conocer el mundo”, cuenta.

Nació el 12 de octubre del 2004. Y tan solo dos meses después, se inició su conexión con la música. Era diciembre y Ruth preparaba un disco recopilatorio de villancicos latinoamericanos. “Era pequeñita. Claro, estaba lactando durante la grabación y tenemos su vocecita en una de las canciones. Recuerdo que estábamos en el estudio y estuvo dormida un buen tiempo, hasta que se despertó con mucha hambre y empezó a pedir. Todavía tenemos la grabación”, rememora.

Cuando tenía seis años, Valentina quiso seguir los pasos de su hermano mayor Ismael, quien ya estudiaba en el Conservatorio Nacional de Música. Cuando llegó el momento de escoger un instrumento, fue irrevocable: la flauta traversa. Hasta el día de su muerte, fue primer atril dentro de la orquesta sinfónica de la institución.

Valentina era feliz. A veces, recuerda su madre, ella corría y la abrazaba por detrás. “Estoy contenta, mami. Yo le preguntaba ¿Por qué? Ella decía, no sé, siento que algo se me desborda del pecho”. Por eso a Ruth todavía la indigna cómo la institución educativa pudo haber regado el rumor de que la muerte de su hija fue por mano propia.

“Cuando miro la historia de mi hija y otras en una situación familiar, nos encontramos con la misma respuesta: la responsabilidad recae sobre la víctima. Y en el caso de mi niña se la puso sobre su mano. Para mí fue un insulto a la memoria de alguien que fue chispa y alegría. No lo digo solo por ser mi guagua, pero yo que la viví como su madre veía cómo crecía, sus ganas de cantar, de saltar, de crear”.

Ruth Montenegro, madre de Valentina Cosíos. Foto: Captura de pantalla.

Frente al dolor y la inacción del Estado, Ruth encontró una nueva posibilidad de creación y lucha. Junto a Rosita Ortega, hermana de Vanessa Landínez Ortega, fundó el colectivo Vivas Nos Queremos, con el que ayer, sábado 24 de noviembre del 2018, salen a las calles. Ellas, junto a otras personas afectadas, claman por justicia y denuncian la inacción del Estado y la corrupción de funcionarios públicos en los procesos de juzgamiento.

“Yo le pregunto al Estado ¿hasta cuándo va a dar respuestas?, ¿cuántas niñas y mujeres más tenemos que seguir sumando?, ¿cuándo van a dejar de mirar a otro lado? Vemos con preocupación que la ley para erradicar la violencia de género no cuenta con asignación de presupuesto. Entiendo que el 92% de este presupuesto ha sido denegado. Sinceramente, sentimos que es una burla de nuestro dolor en la cara”.

“Esta fue una de las maneras que me permitió salir, que me permitió no quedarme en el dolor, destruida, sino encontrar en la muerte de Valentina no un por qué, sino un para qué, Un sentido de vida que va más allá de Valentina, que trasciende a otras vidas y a otros seres humanos”, señala.

Su lucha, dice, no terminará hasta que los culpables le hagan frente a la justicia. El mayor homenaje que Ruth le hace a su hija, todos los días, es buscar la alegría y, sobre todo, reconectarse con lo que fue parte de su vida: la música.

“Ella no nos quería en la tristeza, ni en la derrota. Ella nos quiere fuertes para seguir demandando justicia, para seguir exigiendo verdad y reparación. No solo para que encuentren a los asesinos, sino para que podamos continuar hacia adelante sin miedo, sin temor de que puedan dañarnos, lastimarnos, matarnos”.

Ruth, junto a su hija Nina, integran la fusión de voz y cuerdas Mujer, canto y memoria. El próximo 30 de noviembre y 1 de diciembre del 2018 estarán presentes en el Ciclo Internacional de Mujeres Compositoras Sonora 2018, en la CCE.

Ruth se despide, mira la foto de Valentina y le sonríe. La guarda y dice que a su pequeña le gustaba la canción Antipatriarca de Ana Tijoux. En el salón se recuerdan sus primeros versos “yo puedo ser tu hermana, tu hija, Tamara, Pamela o Valentina... mujer fuerte, insurgente, independiente y valiente. Rompiendo las cadenas de lo indiferente”.

Juliana

Son las 15:30. Llueve levemente, el tráfico comienza a pausarse. Elizabeth Rodríguez y Absalón Campoverde esperan en la sala de una casa, ubicada en un conjunto residencial en el sector La Biloxi, en el sur de Quito. Al ingresar, el primer rostro que aparece es el de su hija, Juliana Campoverde. Se despliega una historia fotográfica: ella -de mirada curiosa, sonriente y cabello lacio- en la playa. Luego, en el cerro del volcán Cotopaxi, con sus hermanos en un almuerzo familiar y, con mayor dimensión, una imagen de ella cuando se graduó del preescolar.

Sus imágenes descansan en el sillón principal de la vivienda, avivan su memoria. Pero Juliana no está ahí desde hace seis años. La última vez que su madre la vio fue el 7 de julio del 2012. Para sus padres, Juliana no es un nombre más, no es un cuerpo más que se hermana con las cifras de violencia en Ecuador. Ellos luchan para que no suceda.

Juliana desapareció el pasado sábado 7 de julio del 2012 a manos de Jonathan C., el pastor de la iglesia evangélica a la que asistieron durante diez años. Elizabeth Rodríguez y su familia claman justicia. Foto: Karol Noroña/ EL COMERCIO.

Juliana desapareció el pasado sábado 7 de julio del 2012 a manos de Jonathan C., el pastor de la iglesia evangélica a la que asistieron durante diez años. Elizabeth Rodríguez y su familia claman justicia. Foto: Karol Noroña/ EL COMERCIO.

Ese sábado, era un día regular. Elizabeth Rodríguez y su hija, Juliana, se levantaron temprano. Les esperaba una rutina laboral por separado en dos locales en el que comercializaban productos naturistas. Salieron de su hogar, ubicado en el sur de Quito. Caminaban, a paso lento, por la avenida principal Mariscal Sucre, en el barrio la Biloxi. Elizabeth la despidió en la gasolinera del sector a las 09:00, junto a sus hijos, y continuaron su camino.

Solo eran casi seis cuadras hasta su negocio. A las 09:15, su esposo la llamó y le pidió que envíe a Juliana al local porque la estaba esperando. Le preguntó si estaba con su hijo menor porque, cuando la llamó, escuchó voces infantiles de fondo cuando contestaron el celular de Juliana y la voz de alguien que decía "dejen ese teléfono que no es suyo". No volvió más.

La Fiscalía tiene elementos para sostener que a Juliana la desapareció Jonathan C., su pastor espiritual, una figura en la que ella creía, confiaba. La justicia ecuatoriana formuló cargos en su contra por secuestro extorsivo después de que se descubrió que él hizo una llamada telefónica desde su celular, en el que colocó el chip o tarjeta SIM de Juliana el mismo día en el que desapareció, además de comprobar que la acosó a través del perfil de Facebook falso de ‘Juan Solano’. Pero las pruebas no eran nuevas. Se conocían desde el 2012 y fueron descartadas por diez fiscales durante la investigación del caso. Fue en este 2018, cuando el expediente de Juliana llegó a la fiscal Mayra Soria, dice Elizabeth, que el caso de su hija volvió a alumbrarse.

El 5 de septiembre del 2018, seis años después de la desaparición, Jonathan C. fue detenido; lo trasladaron a la cárcel de Latacunga. Su familia le pedía respuestas al líder religioso de la iglesia evangélica a la que asistieron durante diez años.

El 10 de noviembre del 2018, el sospechoso reveló -después de firmar un acuerdo de cooperación eficaz con la Fiscalía- que dejó su cuerpo en un espacio baldío, al borde de una quebrada en el sector Bellavista, en el norte de Quito. Y aunque se encontraron restos humanos -cuyos resultados de ADN se esperan para saber si pertenecen a Juliana- su madre no cree que su hija esté ahí.

A Juliana le apasionaban las ciencias biológicas pero, sobre todo, la música. Tenía 18 años y un viaje planificado hacia Argentina. Su voz era dulce, su personalidad, en cambio, generosa. Le interesaba la situación de los niños que trabajan en la calle. Ese fue el tema que trabajó en la monografía que presentó en el colegio Sagrado Corazón de Jesús Bethlemitas. A la par, Juliana y su familia asistían a una iglesia evangélica, liderada por el pastor Patricio C. y su hijo, Jonathan C.

Elizabeth Rodríguez, madre de Juliana Campoverde. Foto: Captura de pantalla.

Cuando habla de Juliana, Elizabeth mira fijamente las fotografías de su hija. Su voz, pausada, resquebrajada a momentos, dice que se siente orgullosa de la mujer a la que había criado. Siete kilos y 50 centímetros. Esas eran las dimensiones exactas de su pequeña, que nació el 21 de agosto de 1993. Era una niña feliz, elocuente. El paso de los años la volvió una adolescente atenta, responsable, de sangre liviana. Así la recuerda su madre.

“Ella llevaba a muchos jóvenes a la iglesia. La querían mucho y formó parte del coro. Su voz era dulce, a la gente le gustaba. Realmente, no lo entiendo. Nunca supimos lo que en su mente maquinaban mientras ella crecía. Jonathan C. no actuó solo. No pudo haberle hecho eso a mi niña solo. Duele que hayan utilizado la palabra de Dios para manipularla”. Y así fue.

En esa iglesia, los feligreses debían contar sus proyectos de vida, objetivos y hasta detallar sus relaciones sentimentales. Era una regla para alimentar los consejos de sus ‘padres espirituales’. Parecía que todo iba bien, dice Elizabeth, hasta que notó que las palabras de los pares comenzaron a influir en cómo se desarrollaba Juliana. Ella, que quería viajar y estaba inscrita para la carrera de ciencias biológicas, dudaba de su futuro, pues ellos siempre le dijeron que no podía dejar la iglesia.

En noviembre del 2011, su hija le contó que recibió una solicitud de amistad de ‘Juan Solano’, un supuesto pastor consejero. Primero le enviaba salmos, le hablaba de la palabra de Dios. Él y Juliana entablaron una relación amistosa, aunque ella no podía verlo físicamente. Pero después, en una conversación, ‘Juan Solano’ le dijo que “el Señor le reveló que debía casarse con el hermano del pastor de jóvenes de la iglesia (Jonathan C.)”. Cuando Juliana habló con Jonathan C., él también afirmó que Dios le había ‘develado’ que su destino era casarse con su hermano.

“Juliana se asusta y me dice ‘mami, yo no me quiero casar con el hermano de Jonathan’. Cuando vio su preocupación, le expliqué claramente que nadie le tenía que decir que se case con una persona si no quería. Si yo como madre no tengo derecho a buscarle esposo, peor ellos. Le dije que debíamos salirnos de esa iglesia y así fue”, relata. Un mes y medio después, su hija desapareció.

Ese sábado, Juliana iba a celebrar su relación con Fabián Mendoza. Tenía el permiso de su padre y madre para hacerlo. Pero no pudo. Cuando su hija no llegó, Elizabeth supo que algo le había pasado. Lo que vino después, dice, fue el silencio.

Su padre denuncia la inoperancia del Estado. El caso de Juliana se procesó, durante cinco años, como un acto administrativo. Una figura jurídica que concentra todo lo que no se ha tipificado como un crimen. Desde el robo de una mascota hasta la devolución de un auto. Pero eso era el comienzo.

La primera fiscal que llevó el caso también era evangélica y, pese a los pedidos de Elizabeth y Absalón, no investigó a los pastores.

Ella les decía que esperaran, que seguramente estaba embarazada y volvería después de nueve meses para iniciar la crianza de su hijo. Que ella también era evangélica cristiana y que ellos no serían capaces de desaparecer a alguien. Pese a que en la hoja 23, del primer expediente del caso de Juliana, consta un reporte de llamadas telefónicas que se realizaron desde el número de la joven y sus padres solicitaron una triangulación de llamadas, la fiscal no hizo nada. Los episodios se replicaron con nueve fiscales más que no impulsaron ninguna acción para esclarecer la desaparición de Juliana.

“Todos sabemos que las primeras horas, los primeros días son cruciales. En esa primera semana de desaparición nosotros sabíamos exactamente que esos ‘pastores’ eran los culpables. Y no hicieron nada, les creyeron. Esa fiscal también tendrá que responder a la justicia en las próximas semanas”.

Elizabeth no confía en la información que reveló Jonathan C, tampoco cree que los restos de su hija estén en esa quebrada de Bellavista. “Lo que sí sabemos, es que siempre ha creado historias para tratar de distraer a la Policía y a la Fiscalía. Él quiere distorsionar la información. Por ejemplo, cuando pedimos la dirección IP para saber de qué computador salieron esas publicaciones en Facebook, se adelantó y dijo que Juliana había ido el tercer día de su desaparición. Puede que sea una nueva historia para hacernos pasar el tiempo”, señala.

Absalón y Elizabeth tienen una buena relación aunque tomaron rumbos separados hace más de una década. Se mantienen unidos para encontrar a Juliana. “No pararemos la búsqueda hasta alcanzar la verdad y justicia. Para nosotros ha sido una tortura, una muerte lenta. Sé que Dios nos dará la vida hasta llegar a saber la realidad de July. Porque la extrañamos a cada instante, porque la adoramos, porque ella se merece que luchemos”.

Para Elizabeth, su hija continúa con vida. Siente que no se ha ido, sigue hablando de ella en presente. "A Juliana le encanta cantar y por ella, la vida".

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