16 de August de 2009 00:00

Teoría de la nostalgia

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Gonzalo Maldonado Albán

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“Hola ñaño. ¿Puedo irle a ver?” Era un mensaje de texto que mi hermana me enviaba por celular. Eran las 7 de la mañana de un sábado de inicios de agosto del año pasado. Le contesté que claro, que viniera; que yo le daría desayuno aquí en mi departamento.

Por aquel entonces ella vivía muy cerca, así que pocos minutos después llegaba vestida con un buzo de deporte celeste y una bolsita de pan en la mano. Estaba delgadísima y pálida, pero tenía la nariz un poco roja por el frío.  Había salido temprano a caminar por un parque del barrio porque no había podido dormir bien en toda la noche.

“Tal vez el próximo año ya no esté aquí”, me dijo. “Creo que no debo irme de viaje, sino estar con mis hijas”, agregó. Convine con ella en que lo mejor sería posponer un trabajo que debía hacer fuera del país y unirse con mis sobrinas que ya estaban en la playa, con mis papás.

Intenté hacer un par de chistes; aligerar el ambiente con alguna ocurrencia peregrina. Ella siguió mi conversación con algo de desgano, aunque siempre estuvo dispuesta a reírse de lo que yo dijera. “A la final no desayunamos. ¿Quiere venir a mi casa?”, me preguntó. Decliné su invitación -me arrepiento tanto de eso- y nos despedimos con un abrazo. Fue la última vez que hablamos.

Diez días más tarde, mi padre debía traerla en avión desde Manta para internarla de urgencia en un hospital. El cuerpo exangüe de mi hermana finalmente se daba por vencido en su lucha contra el cáncer.

Ha pasado un año de todo aquello y ni la filosofía ni la religión han podido atenuar el vacío dejado por ella. Tal vez sea porque la razón resulta demasiado cruel para explicar la desaparición física de alguien a quien amamos; y porque la fe exige unos saltos al vacío que la cabeza de uno jamás podrá aceptar.

Solo la poesía de José Hierro me ha ayudado a sobrellevar la certeza de que mi hermana no volverá a escribirme ni a visitarme aquí en mi casa. “Es duro perderte, saber que ni soles, ni siglos, ni vientos,/saber que ni mares ni noches podrán devolvernos tu rostro”, dice este poeta español.

Imitando a José Hierro hoy quiero decir esto para conjurar la nostalgia de mi hermana: Duerme dulce princesa, en tu lecho de roca./Sueña todos los sueños; sueña que te soñamos./Sobre ti pasarán los mares; de ti nacerán las flores y las hierbas./Estarás en las gotas de cada aguacero y en el verdor de líquenes y musguitos./Ahora cabes en mis manos y en mi aliento./Eres el viento que mueve las hojas y que arrebola mi pelo./Ahora giras con las galaxias y tus facciones están hechas de estrellas./Duerme dulce princesa, el sueño que habitaremos contigo.

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