Teoría de la culpa ajena

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Fabián Corral B.

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La historia, la literatura, el discurso político, las ciencias sociales y las visiones comunes de la gente están, casi sin excepción, ancladas en la teoría de la culpa ajena. Ella es el aire ideológico que respira el país. Es el código para entender algunos procesos, para desentrañar no pocas doctrinas, incluso para interpretar comportamientos que son la moneda corriente en nuestro medio. La excusa de las responsabilidades propias, la justificación perpetua son pautas dominantes en la vida cotidiana.

En efecto, los textos de historia dicen que no somos culpables de nada, que hemos sido víctimas indefensas de sistemas perversos y de conspiraciones tenebrosas. La literatura, salvo notables excepciones, expresa complejos nacidos de la teoría de la culpa ajena. Toneladas de libritos y folletos escritos por cientistas sociales van en idéntica dirección. Las cátedras en colegios y universidades dejan el sabor de la frustración, el fermento del rencor, y no se diga el discurso político que, desde siempre, apunta a incrementar la popularidad que deja esa entonación tercermundista.

La nueva izquierda latinoamericana responde a esa “cultura de la queja”, a esa transferencia de responsabilidad de los fracasos propios hacia los “otros”: los distantes conquistadores, los más cercanos explotadores contemporáneos, las agencias internacionales, el Primer Mundo, el liberalismo, etc.  Las versiones criollas del socialismo son intentos seudo científicos de articular ese modo de ser, son utopías cuyo punto de partida es nuestra angelical inocencia y la diabólica culpa de los otros. Son la expresión “racional” de la necesidad de tener un enemigo: el “cuco” de los niños, encarnación de la maldad. Así, la conciencia se sumerge en la paz y así  se enmascaran las  mediocridades.

El sistemático uso de la teoría de la culpa ajena -que ha sido también el comodín de cierta derecha  pragmática- revela un infantilismo alarmante. No se puede ser país, ni continente, ni sociedad responsable, sin asumir la historia verdadera, sin hacerse cargo de los riesgos y los fracasos. No se puede vivir bajo el paraguas de las excusas, alentando  la conmiseración del mundo, haciendo de víctimas, proclamando explotaciones ajenas sin mirar la viga que está en el ojo, sin  afirmarnos en lo que somos y  sin  entender que de nuestras desventuras respondemos primero nosotros y, a veces, solamente nosotros. El que vivimos es un mundo escéptico, informado y brutalmente objetivo, de modo que insistir en llegar a él con el discurso del  explotado, resulta tardío y lamentable.

Quizás, el giro más importante que debamos hacer sea seguir la dura  recomendación del Canciller brasilero en los días de la invasión peruana y del Protocolo de Río de Janeiro: “Primero sean país”. Sí, primero hay que ser país y eso implica archivar para siempre la teoría de la culpa ajena.

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