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Rituales con armas y licor, para sepultar a miembros de bandas

Ayer, 17 de diciembre del 2020, agentes de la Policía Nacional patrullaron el barrio El Arbolito, en Durán-Guayas. Foto: EL COMERCIO

Ayer, 17 de diciembre del 2020, agentes de la Policía Nacional patrullaron el barrio El Arbolito, en Durán-Guayas. Foto: EL COMERCIO

Ayer, 17 de diciembre del 2020, agentes de la Policía Nacional patrullaron el barrio El Arbolito, en Durán-Guayas. Foto: EL COMERCIO

El ataúd permaneció en medio de la calle y seis motos empezaron a rodar en círculos. Se escucharon tres disparos al aire y un hombre se acercó al féretro, lo abrazó y lo abrió.

Del pantalón sacó una pistola, dejó caer sus balas y la puso junto al cuerpo. “Te vas armado, hermano”, le dijo al fallecido, mientras el resto se bajaba de las motos para dar el adiós.

El dueño de la funeraria que les vendió el cofre recuerda estas escenas. “Uno a uno dejaban las pistolas y los revólveres en el ataúd”. En el último funeral de este tipo al que él asistió, vio cómo rociaban aguardiente en el rostro del difunto. Sonaba una bachata.

Cuenta que este año ha tenido más servicios de esa clase, pues cada semana hay asesinatos por ajustes de cuentas en el Puerto Principal. Solo en los últimos ocho días, en esa urbe y en Durán hubo 10 crímenes.

En este año, Guayas reporta más de 400 muertes violentas.

La Policía asegura que las redes ilícitas entraron en ‘guerra’ por disputas de territorio para la venta de narcóticos.

Partes policiales y datos de Inteligencia muestran que integrantes de bandas enemigas intentan llegar a los cementerios y desatar enfrentamientos.

Por eso, la Policía despliega dispositivos con motorizados y patrulleros para monitorear los funerales. Esta estrategia la ejecutan en Guayas, Manabí, Esmeraldas, El Oro y Los Ríos.

Esa intervención ha permitido identificar a otros miembros de los grupos delictivos.

Los dueños de funerarias en Babahoyo también han estado presentes en esos rituales. Una mujer, que administra uno de estos negocios, cuenta que hace tres meses vio la despedida a un joven de 30 años, con disparos al aire. “Lo sacaron del cofre y lo subieron a una moto. Nosotros solo observamos; no podemos decir nada”.

En Quevedo, los investigadores saben que los cabecillas organizan estas despedidas. Contratan servicios exequiales, cantantes y bóvedas.

“Un día llegó a mi funeraria un joven. No tenía más de 25 años. Sacó un fajo de dinero de una mochila y me pidió la caja más cara. Le vendí una en USD 1 500. Lo único que me pidió es que en el funeral se escuchara solo bachata”, relata el propietario de una funeraria.

Los investigadores advierten que estos casos empezaron a tomar fuerza hace tres años, pues emulan a las mafias colombianas y mexicanas.

En El Oro también hay reportes. Allí la Policía conoce que los líderes trasladan a los difuntos a las fincas que tienen en el cordón fronterizo.

“Llevan música, trago, drogas y hasta mujeres. Se encierran dos o tres días y ahí mismo les sepultan”, cuenta un agente que trabaja en Huaquillas.

En Esmeraldas, en cambio, hay información de cómo los integrantes de redes delictivas compran el cofre, el nicho, las bebidas y la comida.

Los sospechosos se fijan mucho en el lugar de la sepultura. A los panteoneros les piden que pongan hasta tres capas de cemento para evitar que sus enemigos los desentierren y se venguen del difunto. “Esto suele pasar”, dicen uniformados.

Los sepultureros aceptaron hablar con este Diario e indican que, en los últimos años, los familiares, especialmente de cabecillas, han optado por enterrarlos en camposantos que tienen seguridad privada.

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