30 de July de 2012 00:01

Más muertes violentas en Cuenca

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Lo asesinaron con una metralleta. Ocurrió la noche del pasado 8 de junio, en el barrio Cayambe, un sector céntrico de la capital azuaya. Se trataba del crimen de Marco M. y que fue el sexto caso perpetrado en aquel sector y que consta en los registros oficiales.

Según cifras de la Policía Judicial, 37 homicidios y asesinatos se registraron el año pasado y llevan contabilizados 20 en lo que va del primer semestre en Azuay. Hay alarma en Cuenca pues las últimas muertes han sido violentas.

Uno de los casos que llamó la atención de la gente fue el de Liliana P. A ella la golpearon, violaron, estrangularon y quemaron. Todo eso reveló su cuerpo en el momento de la autopsia a la adolescente de14 años, que se realizó tras hallar su cadáver en una quebrada del sector de Sinincay, en el norte de esa urbe, el 8 de julio.

Cuatro días después, una pareja de 86 años fue asesinada en la parroquia Saransol, ubicada al oriente de Cuenca, en el cantón Chordeleg. Allí los cuerpos fueron hallados una semana después de ser atados de pies y manos, en su casa de adobe. Los peritajes forenses determinaron que los ancianos murieron por traumatismos graves en la cabeza, presuntamente ocasionados por picos, herramientas que se utilizan en labores de agricultura.

Los reportes de homicidios continuaron a mediados del mes. Las hermanas Maricela (22 años) y Moraima P. (24 años) fueron asesinadas en su casa y a una de ellas también la quemaron. Los bomberos encontraron abiertas las llaves de la cocina y el gas escapándose. El fiscal de Azuay, Lizardo Martínez, advierte que los sospechosos intentaron “disfrazar la figura del delito para hacer creer que se trató de un incendio y borrar las evidencias”. Pese a ser crímenes cometidos con perfiles similares, los casos de Liliana P. y de las hermanas no mantienen relación, según el fiscal Martínez.

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Fabricio Zabala, director del Consejo de Seguridad Ciudadana (CSC), reconoce que la violencia va en aumento, pero “aún está en niveles controlables”.

¿Cómo entender la violencia en estos hechos? Lenin Bolaños, jefe del Comando de Policía de Azuay, no descarta que las muertes registradas en el barrio Cayambe estén relacionadas a “ajustes de cuentas” entre agrupaciones delictivas que operan en la zona y que pugnan con armas estos territorios para la venta de droga.

La figura de ‘ajustes’ aún es mencionada por los agentes, pese a que en su visita al país, en el 2010, el relator especial de la ONU para las ejecuciones extrajudiciales, Philip Alston, la cuestionara tras asegurar que al usarla “no se realizan mayores diligencias para esclarecer las muertes”.

Entre tanto, la Policía de Azuay mantiene identificadas cinco zonas de alta inseguridad en Cuenca. Cuatro de ellas tienen como delitos principales las muertes violentas, el expendio de droga y los asaltos a mano armada.

Sin embargo, ninguna de las cinco muertes registradas en la segunda semana de julio fue en estas zonas, sino en otras consideradas ‘tranquilas’. Para el concejal Wilson Muñoz, esto confirma que la violencia y criminalidad se extendió a todo el territorio cuencano. El fiscal Martínez discrepa. Su apreciación es que en Cuenca “aún existen áreas controladas y seguras, pero que no por eso debemos despreocuparnos”.

En el 2011 también llamó la atención de la opinión pública de Cuenca el asesinato del empresario Jaime Vega de La Cuadra y de sus dos hijos. Hecho sin esclarecer ocurrido en su casa, en un barrio residencial. La esposa de Vega fue declarada desaparecida.

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Para Zabala, la Policía ha realizado labores de Inteligencia para frenar la violencia en la urbe. Solo en este año, los uniformados desarticularon 14 bandas en la provincia. En Cuenca, el año anterior también se detuvo a tres extranjeros, buscados por la Interpol y la DEA, por supuestos delitos de narcotráfico y lavado de dinero. Uno de ellos vivía en un barrio residencial de Cuenca. En poder de los detenidos se encontraron armas, dinero y varios documentos.

El estudio del Observatorio de Seguridad de Ciudadana determinó que los índices de criminalidad por año registran cinco homicidios por cada 100 000 habitantes en Cuenca. Para Zabala, esas cifras están por debajo de lo que establece la Organización Panamericana de la Salud (10 por cada 100 000 habitantes) para considerar insegura a una ciudad. Pero admite que no dejan de preocupar estos casos a las autoridades y sociedad.

A Miriam M., la muerte de su hija Liliana P. la desconcierta. Ella pasa horas afuera de su casa. La menor es quien desapareció de forma misteriosa frente al portón de su vivienda y fue hallada siete días después en una quebrada de Sinincay. “Acá nunca tuvimos casos macabros”, indica con voz temerosa María M., la campesina que encontró aquel cadáver en una de sus propiedades.

La respuesta ciudadana

Tras los asesinatos  registrados en Tomebamba y Sinincay, sus habitantes se organizaron con  la creación de brigadas de seguridad. Ahora se alistan para convertirse en vigilantes.

En el barrio Cayambe,  tras la última muerte registrada en junio pasado, el Consejo de Seguridad Ciudadana ubicó cámaras de videovigilancia, mejoraron
la iluminación y señalización y reactivaron la Unidad de Policía Comunitaria.

Punto de vista

Marco Salamea/Sociólogo: 'El problema es la indolencia’

Hasta hace unos dos años, el cuencano era sensible y se estremecía con los esporádicos hechos de violencia y criminalidad. Pero cada vez aumenta la indolencia en una sociedad más grande  y compleja. Esto, sumado a la impunidad, genera un contexto social más proclive a que aumente el irrespeto a la vida.

La violencia, crueldad y brutalidad se ha incrementado. Ocurren hechos que no tienen parangón en la historia local como los cinco asesinatos registrados en menos de una semana. Estas situaciones no solo son temas policiales sino tienen  que ver con el cambio en el modelo cultural e ideológico de la sociedad.

El antisocial tiene una mentalidad enferma y calculadora. Asesina por robar o  por cualquier otra cosa. Ellos adquieren  este tipo de personalidades  a través de la  influencia de los medios audiovisuales, sobre  todo  aquellos que exhiben cotidianamente  los hechos de violencia.

Hay una suerte de normalización de la violencia brutal a través de  titulares y programas televisivos que exhiben violencia y sexismo, y que se asientan en los hogares. Esta influencia no se compara con la educación de los jóvenes dentro de la familia y en la escuela. Hace falta una reeducación de la gente en el valor de la vida.

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