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Luis Figueroa:‘siempre me atrajo esa vocación de investigar’

Luis Figueroa Simbaña muestra los equipos que utiliza en la Jefatura de Medicina Legal, en Quito. Foto: Vicente Costales / EL COMERCIO

‘Estoy acostumbrado a ver cadáveres y a percibir olores fuertes, pero lo que viví en Manabí me sorprendió. Hace cinco años estuve en esa provincia y colaboré con las autopsias tras el terremoto de 7.8 grados que se registró el 16 de abril del 2016. Fue una de las experiencias más intensas que he pasado.

Recuerdo que el sismo se produjo el sábado. Al siguiente día, la Policía convocó a los médicos legistas a la morgue, en el norte de Quito. Desde ahí nos trasladaron a Tababela y en un avión nos llevaron a Manta. Cuando íbamos a aterrizar, desde el cielo vi edificios destruidos y tuve una idea de lo que nos esperaba.

Éramos dos grupos. Cada uno estaba conformado por un médico a cargo de las autopsias y dos agentes de Criminalística que tomaban las huellas dactilares para identificar a los cuerpos.

El primer día trabajamos dentro del cementerio de Manta. Era una especie de capilla. A los fallecidos los habían colocado en ese lugar.

Obviamente no había contenedores para la conservación, como sí tenemos en las morgues. Los cadáveres estaban en estado de descomposición y el olor era insoportable.

Comenzamos a trabajar a las 12:00 y terminamos a las 04:00 del siguiente día. Luego me llevaron a Jama y trabajé debajo de una carpa. Vimos cuerpos con múltiples traumatismos. La mayoría murió porque sus cráneos o pechos fueron aplastados. Los socorristas sacaban cadáveres en medio de escombros. Hubo familias enteras que quedaron bajo los edificios. Examiné cerca de 100 cuerpos.

Hoy tengo 48 años. Los últimos 19 los he dedicado a la medicina legal. Calculo que durante estos años he realizado unas 5 000 autopsias y otras 14 000 pericias que tienen que ver con la valoración de lesiones por asaltos, grescas, violencia intrafamiliar, accidentes de tránsito.

En estos casos recibimos una orden fiscal y acudimos a los hospitales para analizar los casos y ver cuánto tiempo necesitarán para reponerse.

Somos muy rigurosos, pues de nuestro informe depende el resto de decisiones que se toman en los procesos.

En el caso de personas fallecidas trabajamos con equipos completos de sierras, pinzas y balanzas para pesar órganos y tejidos.

En los procedimientos es obligatorio usar traje antifluidos, porque cada autopsia dura cerca de una hora y eso nos protege ante cualquier riesgo de contraer enfermedades. Hoy tenemos cámaras que graban todo.

En casos de envenenamiento extraemos un poco de sangre y tejidos y enviamos al laboratorio. Tenemos una técnica llamada ‘humor vítreo’. Esta consiste en extraer el líquido del ojo con una jeringuilla. La idea es hacer exámenes toxicológicos para ver si ingirió alcohol o drogas que causaron su deceso.

Así he pasado todos estos años. Soy padre de familia, esposo, quiteño y médico legista. Estudié en el colegio Juan Montalvo y luego en la Universidad Central. Mis padres me alentaban a seguir medicina. Era mi sueño desde niño. Me gradué a los 22 años.

A veces la gente me pregunta por qué escogí la medicina legal. Les digo que tengo esa vocación de investigar, de conocer qué pasó con alguien y qué provocó su muerte. Siento que ayudo a cada familia de las víctimas a encontrar un poco de justicia y paz.

Me gusta que se sepa la verdad. Este es un trabajo que requiere preparación, respeto y sobre todo mucha precisión.
Además, elegí la especialización porque era nueva. Cuando me gradué fue la primera vez que abrieron el posgrado y me animé.

Entonces era un convenio entre la Central que nos daba el título, la Fiscalía que nos calificaba como peritos y la Policía que nos daba un grado oficial. Hoy soy capitán de esa institución. Para obtener ese grado estuve seis meses en la escuela de oficiales.

Sin duda uno se acostumbra a este trabajo. Es parte de tu profesión. Pero hay eventos que te afectan. Yo estuve de turno cuando pasó la tragedia de la discoteca Factory, en el 2008. Por las noticias nos enteramos que había un incendio y que había muertos.

Nos pidieron estar preparados. Nos dividimos en grupos para recibir los cuerpos, identificarlos, conseguir las órdenes para las autopsias y hacer los análisis. Así vimos que unos murieron por quemaduras y otros por asfixia. Es muy duro. Lo que más me afecta es ver a niños en las bandejas. Pienso en mis hijos y ruego a Dios que no les pase nada”.

Su trayectoria

Luis Figueroa  es médico por la Universidad Central, especializado en medicina forense. Tiene 48 años. Da clases de morfología macroscópica en la Universidad Católica del Ecuador. Nació y creció en Cotocollao-Quito.