30 de January de 2012 00:04

‘Uno de los riesgos que corríamos era que violaran a nuestras hijas’

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La mujer huyó de Colombia hace cuatro años con su familia  por temor a la violencia  de los  grupos subversivos. Ella, su esposo  e hijos   solicitan    refugio.

Con el oro que sacaba de las minas podía mantener a mi familia. Soy de un pueblo pequeño de Nariño, en el sur de Colombia. Este se encuentra rodeado de selva y ríos. Como crecí allá, incluso conocí hasta los rincones más pequeños. Con nostalgia digo que ese lugar era tranquilo hace cinco años.

Poco a poco, los grupos irregulares de Colombia llegaron con sus armas a amenazarnos y a sembrar temor. La violencia se apoderó del ambiente y vivíamos en zozobra. Los armados minaban los campos. Lo hacían a partir de las seis de la tarde y desde esa hora ya no podíamos salir como lo hacíamos antes. No vivíamos en paz porque eran personas violentas y no sabíamos en quién confiar.

Uno de los mayores riesgos que corríamos era que violaran a nuestras hijas. Sentía temor por la mayor, porque los desconocidos la molestaban y no la dejaban tranquila. Incluso uno de ellos me dijo que se la iba a llevar. Por ese motivo nunca la dejaba sola.

No podíamos continuar en ese lugar porque mis hijos estaban creciendo y no era un buen sitio para vivir. Cuando son adolescentes, los chicos creen que enlistarse en los grupos guerrilleros es bueno. Lamentablemente, miran al uniforme como algo bonito.

Siempre me he preocupado por su bienestar y la decisión de venir a Ecuador la tomé por ellos. Estuve junto a mi hija hasta el 2008; en ese año ella salió primero a un sitio más seguro. Mi familia y yo permanecimos ocho meses más en el pueblo y nos fuimos.

Antes de salir, hubo un enfrentamiento armado. Ocurrió en una de las localidades cercanas al pueblo de donde vivíamos. Mis niños presenciaron toda esa matanza. Vieron los cadáveres, también a los heridos. Eso motivó que yo apresurara mi salida.

Prácticamente huimos de la noche a la mañana. Aunque la idea de salir de allí la tomé desde hace mucho tiempo. Alcanzamos a coger un poco de ropa, de todos modos no teníamos más que llevar. Nunca nadie nos amenazó para abandonar mi pueblo. Pero tuvimos mucho miedo por ese conflicto que hubo en otro pueblo.

No hay buses en donde nosotros vivimos. Mis hijos y yo tuvimos que caminar dos horas y media para llegar hasta donde sí los hay.

Tomamos un vehículo y el viaje al Ecuador duró dos días. En ese momento sentí mucha nostalgia y dolor porque dejaba a las personas con las que crecí. Recordar a mis amigos y familiares, en las circunstancias en las que estaba, fue muy duro. Siempre le llega el sentimiento a alguien que escapa.

Recuerdo que llegamos a Sucumbíos en el 2008. No conocíamos a nadie pero lo más importante fue que logré reencontrarme con mi hija mayor. Acá, había personas que nos decían que los colombianos llegamos para robar. Que somos malos. Pero otros comentaban que trabajar con nosotros es mejor porque somos luchadores. Esos comentarios nos daban ánimos para luchar.

Logramos conseguir un pequeño cuarto para vivir. Pero las cosas se complicaron mucho. No teníamos trabajo y mi esposo conseguía empleo de forma esporádica. Por mi parte me dediqué solo a cuidar a mis hijos. De vez en cuando trabajaba pelando pollos, pero no era mucho.

En vista de esto, decidimos irnos a Lago Agrio. Aunque la situación seguía difícil, hubo personas que nos ayudaban. Me explicaron a qué oficinas tengo que acudir para conseguir el permiso de refugio en el país. Mi esposo es ayudante de construcción y yo vendo comida. Trabajamos duro para educar a nuestros hijos. Vivo cuatro años en este país y ahora me siento una ecuatoriana más.

Refugiados en el país

En Sucumbíos y  Orellana viven 13 605 refugiados reconocidos por la Cancillería y el Alto Comisionado de Naciones Unidas para Refugiados (Acnur). De ellos, el 99% de los solicitantes de asilo son colombianos.  

En el 2011, la Dirección  de Refugio (DR), adscrita al Ministerio de Relaciones Exteriores, autorizó el trámite de 2 285 solicitudes de refugio a foráneos que viven en Sucumbíos y Orellana. En Ecuador existirían 55 092 personas   refugiadas.   Alrededor del 70% son mujeres, niñas y niños.

 

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