24 de October de 2011 00:04

‘La bala afectó mis intestinos, hígado...’

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Testimonio

Cuando me dispararon solo sentí algo caliente en la espalda. Estuve acostado boca abajo en el piso y un hombre se me acercó, alzó el chaleco antibalas que estaba puesto y descargó un tiro. En ese momento, reproché a Dios por lo que estaba pasando. Recuerdo que grité: ¿por qué a mí? Luego le pedí a Diosito que me dejara vivir para continuar con mi familia.

Ese día (28 de junio pasado) parecía algo normal, como en los 10 años que llevo en la Policía.

A las 07:30 llegué al cuartel donde trabajaba. Caminé desde mi casa, porque estaba a pocas cuadras de mi trabajo. En el momento que llegué fui directamente al vestidor y me puse las botas, el chaleco de dotación y el uniforme de montar, que es color verde aceituna. Después de 30 minutos nos ordenaron la formación.

Una vez recibidas las órdenes fui al estacionamiento y encendí mi motocicleta para iniciar el patrullaje. Me asignaron la 6 de Diciembre y Pinos (norte de Quito).

Conduje mi moto hasta ese lugar y en un banco del sector me encontré con dos compañeros.

Ellos iban en otra motocicleta. Cerca de las 09:30 recibí la llamada del jefe financiero de una empresa privada y me dijeron que debía escoltarlo en un traslado de valores. Nosotros ya le acompañamos en otras ocasiones al señor.

Nos encontramos con él por El Inca, se subió a su auto y nosotros le seguimos. Nos indicó que debíamos ir hasta un banco de La Prensa. Yo iba detrás de mis compañeros y nos dirigimos por el puente de El Labrador para arribar más rápido. Antes de llegar al aeropuerto me adelanté para ver si había espacio en el estacionamiento del banco. Cuando llegué a una esquina me cruzó un carro que golpeó a la moto y caí al piso. Fue allí cuando me dispararon.

El ataque al uniformado

Desde el piso vi que mis compañeros también estaban en el suelo. En ese momento sentí que una sombra me pasó encima, era el hombre que me disparó. No pude ver su rostro, porque estaba encapuchado. Un instante después ya no pude distinguir casi nada. Me desconecté de lo que ocurría a mi alrededor, tanto así que mis compañeros luego me contaron que una señora me había dado agua. Pero de eso no me acuerdo.

Me percaté que al sitio llegó un patrullero, porque otros habían escuchado el tiroteo. Una vez allí me subieron en el asiento posterior de la camioneta. Yo solo les rogaba que aceleraran lo que más pudieran para llegar al hospital. Creo que lo hicimos en unos cinco minutos, no estoy seguro. Por suerte me atendieron en seguida.

Dos meses internado

Cuando llegamos al hospital, me pusieron en un camilla y me llevaron al quirófano. Mientras cortaban el pantalón y las botas, los doctores me pidieron el número telefónico de algún familiar. Luego de eso me desconecté del mundo, pues quedé inconsciente y me desperté 15 días después.

Fue como si me levantara de un sueño muy largo. Cuando abrí los ojos me desconcerté al ver tubos en todas partes de mi cuerpo, quise hablar pero no pude.

Pedí una libreta a una doctora para escribir. Les pregunté qué me pasó y me explicaron lo ocurrido. No asimilaba el hecho de estar así. 15 días más estuve con un tubo dentro de mi cuerpo.

Eso me permitía respirar y mi evolución fue positiva. Pero después de ese lapso, se empeoró mi situación, porque no me dieron una vitamina a tiempo. Estuve a punto de tener un paro cardíaco. Debido a mi estado, únicamente podía tomar una leche especial. Luego de eso me daban una papilla, porque mi estómago continuaba muy débil.

Otro herido en la familia

Este tipo de atenciones nunca las recibió mi hermano. Él también fue policía y murió hace 20 años en las mismas circunstancias que viví. Su tarea era custodiar presos en una cárcel de Limón Indanza (Morona Santiago).

En esa época, las autoridades nos dijeron que supuestamente un preso le había disparado con su propia arma. Nos indicaron el croquis de cómo mi hermano se había arrastrado hasta el hospital. Y murió en la entrada.

Por eso me nació un resentimiento en contra de los policías, porque en esa época nadie hizo nada para salvarlo. Y no quería hacerme policía. Pero cuando tenía 24 años, e impulsado por la falta de trabajo, me animé a rendir las pruebas. La primera vez no aprobé, pues dijeron que tenía un problema en los ojos.

Fue al año siguiente que intenté nuevamente. Para entonces me había operado la vista y pasé los exámenes. Antes de entrar a la Policía, yo era cajero en una fábrica. Tenía trabajos esporádicos, de un lado a otro, aunque nada fijo.

Los efectos del disparo

La bala, calibre 9 milímetros, afectó mis intestinos, hígado, riñón... El proyectil ingresó por mi espalda baja y salió por el pecho.

Antes tenía rabia pero ahora no les guardo rencor a quienes me dispararon. Al fin y al cabo este es nuestro trabajo y debemos asumir las consecuencias.

Ahora mi cuerpo tiene la mitad de las fuerzas. Cuando estaba en óptimas condiciones, podía levantar en brazos a mi esposa. Lo hacía sin problemas, pero ahora no lo puedo hacer. Lo importante es que me recupero poco a poco.

Policías fallecidos 

Según el  Instituto de Seguridad Social de la Policía (Isspol), desde enero hasta octubre de este año   han fallecido 60  uniformados. Patricio Franco, comandante de la Policía, dijo que 21 agentes murieron en operativos.

El pasado  15 de octubre,  Vinicio G., de 28 años, recibió cuatro impactos de bala, en el sur de Quito. El hecho habría ocurrido porque supuestamente su esposa habría disparado por celos.

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