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Alta migración irregular de Ambatillo a Estados Unidos

Por la migración se observa unas 200 casas abandonadas en Ambatillo, en Ambato. Foto: Glenda Giacometti / EL COMERCIO

Martha y su esposo Mario estaban angustiados cuando partieron con destino hacia Estados Unidos. Se dedicaban a fabricar calzado y la situación económica no era buena. Desde marzo del 2020, cuando empezó la pandemia, su negocio se fue a pique y quedaron en la desocupación.

Su historia la cuenta Manuel, padre de Martha, quien permanece en Ambatillo, una pequeña parroquia de Ambato, en Tungurahua. Dice que su hija y su yerno se contactaron con ‘enganchadores’, quienes les ofrecieron emigrar a EE.UU. “Se fueron junto con dos de mis tres nietos pequeños. USD 30 000 les costó el viaje, consiguieron un crédito que ya están pagando”.

El hombre de 60 años junta sus manos y las eleva al cielo. Dice que es una bendición que sus familiares hayan llegado bien. El viaje duró 16 días y él rezaba durante las noches.

En un inicio, les llamaban por teléfono casi a diario. “La angustia era grande”. Un día, Martha les dijo que estaban próximos a llegar a su destino, pero luego pasaron tres días sin contactarse.

“Mi corazón se tranquilizó cuando sonó el celular. Era mi hija, para contarme que toda la familia ya estaba en EE.UU.”, recuerda Manuel.

Más familias se han ido de Ambatillo. Desde hace tres meses, la Junta Parroquial coordina rondas nocturnas para que los delincuentes no entren a las casas de hormigón armado de hasta cuatro plantas, que hoy lucen abandonadas.

Sus dueños están en Estados Unidos. Otras casas quedaron a cargo de los familiares. “No queremos robos ni asaltos en el pueblo”, comenta Luis Chuncha, secretario de la Junta Parroquial. Dos grupos de 10 personas salen a las guardias entre las 22:00 a 02:00, y otra que se realiza en la madrugada.

Otros vecinos de la parroquia comparten sus historias. Un hombre cuenta que su familiar ya llegó y que envía USD 1 000 mensuales. Casi todo se va para pagar ‘los préstamos’ que hicieron para contratar a los coyoteros.

Chuncha sabe que los 11 barrios de Ambatillo se están quedando vacíos. En un censo realizado entre abril y mayo de este año se determinó que más de 200 casas de estas zonas quedaron abandonadas por la migración irregular.

De hecho, antes del 2020 había un registro de 750 familias que vivían en esta parroquia. Este año se contabilizaron 270 menos. Las autoridades indican que emigraron a EE.UU.

Es viernes y los locales comerciales de Ambatillo están cerrados. Ahí funcionaban talleres de calzado o tiendas. Desde este sector se fabricaban más de 2 000 pares semanales. La crisis económica generada por la pandemia hizo que las ventas bajaran y la mayoría quebrara.

“Cuando salen las familias dejan un documento firmado en donde se comprometen a seguir entregando sus aportes comunales. Aunque se vayan siguen perteneciendo a la comuna. En la información detallan al país que viajan y todas partieron a los EE.UU.”, afirma Chuncha. La mayoría llega vía aérea a México y luego cruza la frontera norte.

En mayo detectaron la salida de 20 nuevas familias y en junio vieron más migraciones semanales. Se trata de matrimonios jóvenes, entre 20 y 45 años. La mayoría sale con sus hijos. En otros casos, los encargan con familiares.

En el último censo se determinó que en la parroquia se están quedando personas mayores a los 46 años.

Chuncha asegura que anteriormente iniciaron una investigación para conocer quiénes eran los ‘enganchadores’ que ofrecen llevar a la gente a Estados Unidos, pero esta no finalizó porque no hay una sola denuncia oficial.

Teresa también emigró. Viajó con su esposo y pagaron USD 20 000. Ambos estaban en la desocupación y endeudados por las bajas ventas de calzado. Sus dos hijos menores de edad quedaron a cargo de sus tíos paternos. “Se fueron hace cuatro meses y se demoraron en cruzar. Estuvimos preocupados, cuenta Juan, hermano de Teresa.

En Ambatillo, la gente habla poco de lo que ocurre y de los ‘enganchadores’. Saben que ellos nunca llegan al pueblo y que los pagos se concretan afuera.

Hoy, la casa que construyó la pareja está abandonada. Juan hace rondas para cuidarla de ocupaciones o robos.

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