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Accidentes viales dejan profundas heridas de por vida

Ana Ibujes sufrió un golpe en su columna en 2017. Asiste a tres sesiones de rehabilitación cada semana en Ibarra. Foto: cortesía

Las historias se repiten. Son personas que sufrieron fracturas, golpes, dislocaciones o amputaciones en accidentes de tránsito. Unos casos son recientes, otros datan de hace más de 10 años. Las secuelas son permanentes.

Cada mañana el quiteño Juan Diego Betancourt toma sus muletas a un costado de su cama y acude a trabajar. Las necesita para caminar.

Hace cuatro meses chocó contra una camioneta cuando se dirigía de Quito a Esmeraldas. Los fierros retorcidos de su auto se incrustaron en la pierna. Perdió la conciencia y despertó al segundo día en el hospital. Ahí vio a su madre.

Los médicos le dijeron que tuvieron que amputar la extremidad derecha desde la rodilla para abajo. “Solo cerré los ojos y me puse a llorar”.

Las cifras oficiales señalan que solo en los cinco primeros meses de este 2021 los siniestros viales han dejado 6 350 lesionados. Los casos se concentran en Guayas, Pichincha, Manabí y Los Ríos.

Kelvin Villaprado sopla botellas para recuperarse de la fractura de costillas. El año anterior sufrió las lesiones. Foto: cortesía

En datos del Ministerio de Salud se observa que los ingresos a hospitales se dan por fracturas de huesos, por daños en órganos, por golpes en la columna y también por traumatismos en el cerebro.

Las personas que sufren lesiones graves en accidentes saben que tras recibir el alta en los hospitales, invertirán tiempo y dinero en su recuperación. Juan Diego, por ejemplo, invierte USD 180 en sesiones psicológicas. “Tuve la idea de quitarme la vida. Hoy eso está superado”, señaló.

La Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal) calcula, en un estudio del 2018, que los costos sociales y económicos de las lesiones por tránsito ascienden al 1% del Producto Nacional Bruto en países de la región. Esto se traduce en cerca de USD 900 millones en Ecuador.

El cálculo de la Cepal incluye los gastos por atención médica, hospitalizaciones, medicinas, terapias y subsidios.

La profesora ibarreña Anita Ibujes, por ejemplo, acude tres veces por semana a un servicio público de rehabilitación física. Ahí tiene sesiones de 15 minutos. Quedó paralizada de la cintura para abajo luego de que un bus interprovincial se volcara por exceso de velocidad en Otavalo, hace cuatro años.

La mujer de 48 años sufrió una lesión en la columna. Destina cerca de USD 700 de su propio dinero para pagar otras terapias en un centro privado. Con el dinero también compra pañales para adulto, analgésicos, movilización y paga a una persona que la asiste en casa.

Jorge Claudio suspendió las sesiones de rehabilitación que inició tras ser aplastado por un vehículo en 2019. Foto: cortesía

Los ejercicios que Anita realiza fortalecen sus músculos. Para lograrlo agarra con sus manos unas cuerdas y ejercita su abdomen y la espalda. También levanta pesas.

El fisioterapeuta Paúl Bustamante señala que los tratamientos son largos. “Tenemos que trabajar poco a poco en la circulación de la sangre, en la movilidad de sus articulaciones y en el fortalecimiento de los músculos”. Él tiene pacientes que atiende desde hace más de 10 años. Entre ellos hay gente en silla de ruedas o que sufre el síndrome del latigazo (cuando la columna sufre un movimiento brusco).

Otras personas tienen lesiones en sus costillas. Es el caso de Kelvin Villaprado, de 52 años. Él es electricista y maestro albañil.

El año anterior, su motocicleta cayó en un hueco cuando circulaba hacia Santo Domingo. Por la velocidad a la que iba, voló por encima. Los médicos le colocaron clavos y platinas. Para recuperarse de las lesiones, sopla botellas y sigue consejos de amigos. “Me dicen que levante la mano lentamente y luego la baje”. No tiene dinero para pagar un tratamiento.

En otro lugar del país, en Bahía de Caráquez, Jorge Claudio hace ejercicios en su casa. Lo ayuda su esposa y también se guía por videos de Internet. No le avanza el dinero para contratar un servicio privado.

Sus problemas se iniciaron el 21 de abril del 2019. Recuerda que ese día estaba de paso en Baños, en Tungurahua. Cuando caminaba por la vereda sintió un golpe violento. Un vehículo se subió a la vereda y lo aplastó contra una pared.

El golpe le lesionó la cadera, el hueso sacro y la cabeza del fémur. Fue llevado de inmediato a Quito por atención médica. Dice que el hospital público estaba lleno y no fue atendido. Tuvo que acudir a una clínica. Dos años después de este siniestro tiene problemas. Sus huesos se soldaron y hoy la pierna derecha es más larga que la izquierda. Utiliza alzas que ayudan a estabilizarse. “Cada día siento más dolor”.

Asegura que sus hijos de 5 y 8 años le dan fuerza. Camina con complicaciones cuando produce miel de abeja. Así obtiene recursos para vivir.

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