2 de noviembre de 2019 00:00

Un rezador y dos animeros oran por las almas de los difuntos

José Santos Muñoz personifica al Ángel Kalpay (Ángel que recorre) en las comunidades indígenas de Cotacachi. Pascual Guamán es el Animero de Patate, que camina junto a varias personas mientras reza por quienes fallecieron. Fotos: Álvaro Pineda para EL COM

José Santos Muñoz personifica al Ángel Kalpay (Ángel que recorre) en las comunidades indígenas de Cotacachi. Pascual Guamán es el Animero de Patate, que camina junto a varias personas mientras reza por quienes fallecieron. Fotos: Álvaro Pineda para EL COMERCIO y cortesía

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Cristina Márquez
Washington Benalcázar y Modesto Moreta
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El Ángel Kalpay de Cotacachi y los animeros de Patate y Penipe salen a rezar por las almas que dejaron este mundo. Lo hacen antes o durante el Día de los Difuntos, que se celebra hoy, 2 de noviembre.

Cada 1 de noviembre, desde hace dos décadas, José Santos Muñoz visita las casas de las comunidades kichwas de Cotacachi (Imbabura), para rezar por el descanso de las almas.

Más conocido como Ángel Kalpay (Ángel que Recorre), este hombre, de 67 años, es una especie de intermediario entre el mundo de los vivos y el mundo espiritual de los muertos.

Como la mayoría de rezadores de la localidad, lleva una campana de bronce en la mano izquierda, que hace repicar para anunciar su paso por cada sector.

En la otra sostiene con firmeza un crucifijo y un rosario blanco. También transporta un envase con agua bendita. Sobre la cabeza lleva un pañuelo rosa.

Los familiares de los difuntos lo invitan a ingresar en las viviendas, para que eleve una oración a Dios. Mientras aboga por el descanso eterno de los muertos, sostiene una flor que sumerge en el agua y luego salpica sobre altares levantados en los inmuebles. La tarea se extiende desde las 07:00 hasta las 18:00. A cambio recibe panes, bananos o cualquier fruta.

Cuando el Ángel Kalpay sale de una casa corre a otra, pues solo tiene un día al año para interceder por los fallecidos. También visita los panteones. “Las almitas se alegran cuando alguien ora por ellas”, asegura Muñoz, quien también es sacristán en la iglesia San Vicente Ferrer, de Quiroga.

Cuando era niño había una veintena de rezadores en Cotacachi, rememora. Ahora hay unos ocho. Lamenta que los jóvenes no quieran conservar la tradición y le preocupa que ya nadie rece por las almas.

Ángel Ruiz recorrió las calles de Penipe (Chimborazo) para cumplir con su novena de oraciones a los difuntos. Foto: Raúl Diaz para EL COMERCIO

Ángel Ruiz recorrió las calles de Penipe (Chimborazo) para cumplir con su novena de oraciones a los difuntos. Foto: Raúl Diaz para EL COMERCIO

En Patate (Tungurahua), el recorrido del Animero lleva 104 años. La tradición está en manos de Pascual Guamán, quien hace 10 años heredó esta costumbre de su padre.

Unos 15 días antes del 2 de noviembre, el hombre -de 40 años- comienza con su visita al cementerio y el recorrido por las calles céntricas y el sector rural del cantón. Ataviado con una túnica blanca lleva un bastón y de su cuello cuelga un crucifijo. Camina junto con cuatro jóvenes, quienes le sucederán en el cargo. Uno de ellos porta una campana que hace sonar en cada esquina.

¡Un padrenuestro y un avemaría, por las benditas almas del purgatorio y por la bendición a Dios!, repiten al finalizar una cuadra, donde paran y rezan.

Guamán explica que el animero es un pastor de las almas que están en el purgatorio y reza por su descanso eterno. “Hacemos hincapié en las almitas de personas que fallecieron en accidentes o se suicidaron, para que Dios interceda por ellos y no sean almas en pena”.

Su periplo se inicia en el cementerio a las 21:00. El 1 de noviembre es el último día de la caminata que se extiende hasta las 05:00. Al escuchar el llamado de Guamán, algunas personas salen de sus casas y se unen al rezo o les brindan algo de tomar.

“Son cuatro generaciones que mantenemos viva esta tradición. Hay jóvenes que desean seguir y me acompañan durante los 15 días que dura este ritual”, cuenta este personaje.

El canto de Ángel Ruiz volvió a escucharse este año en las calles adoquinadas de Penipe (Chimborazo). Él viste una túnica blanca y lleva un cráneo humano y una campana de bronce, que repica tres veces en las 59 esquinas del cantón.

Él se dedica a la ganadería para sostener a su familia, pero a partir del 23 de septiembre se convierte en el animero de Penipe. Él guía a las almas y las ayuda a llegar al cementerio. “Recordad, almas dormidas, rezarás un padrenuestro y un avemaría por las benditas almas del santo purgatorio por el amor a Dios”, repite mientras camina. En ocasiones, los curiosos salen a la medianoche para acompañarlo, pero a veces camina solo.

Cuenta que nunca tuvo una experiencia paranormal, pero que al caminar siente como si decenas de personas lo acompañaran, por eso respeta las dos reglas básicas de los animeros: no mirar atrás y nunca conversar con nadie mientras reza.

Ángel cumplió 70 años y empezó su oficio a los 15 años, cuando su padre Ángel le pidió que lo relevara. Su abuelo también fue animero y el heredó el oficio de Federico Alvear, un hacendado para el que trabajaba en los años 40.

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