22 de mayo de 2019 18:27

243 residentes del Instituto de  Neurociencias de Guayaquil tienen fe en reencontrarse con sus familias

Los residentes del Instituto de Neurociencias de Guayaquil pasan sus días en talleres. Foto: Mario Faustos / EL COMERCIO

Los residentes del Instituto de Neurociencias de Guayaquil pasan sus días en talleres. Foto: Mario Faustos / EL COMERCIO

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Elena Paucar

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El día llega y César despierta. Sobre un estante, junto a su cama, le acompaña siempre una foto de su familia.

Es el día de visitas. El hombre de 69 años se arregla, elige la mejor camisa, se pone un sombrero y sale de su habitación en el Instituto de Neurociencias de Guayaquil junto a su fiel bastón.

Se sienta en una banca y espera por horas. Nadie llega por él.

César ha esperado a su familia durante los últimos 19 años. Su historia se resume en un video de 1 minuto que es parte de la campaña Tengo fe, una iniciativa de la Junta de Beneficencia de Guayaquil, presentada este miércoles 22 de mayo de 2019 para crear conciencia en la necesidad que tienen los residentes de acercarse a sus familiares.

“Algunas familias vienen, pero no quieren reinsertarlos. En otros casos no sabemos definitivamente dónde están. Y en otros casos sabemos dónde están, pero no quieren visitarlos”, dice Andrés Aspiazu, inspector del Instituto.

En el 2006 cerca de 700 usuarios vivían en este lugar. A través de distintas iniciativas lograron que cerca de 400 vuelvan a sus hogares. 243 aún esperan tener esa oportunidad.

243 residentes esperan a sus familiares para regresar a casa. Foto: Mario Faustos / EL COMERCIO

243 residentes esperan a sus familiares para regresar a casa. Foto: Mario Faustos / EL COMERCIO


Susana Ordóñez es la jefa de residencias y cuenta que algunos llevan aquí 30 años. Los terapeutas, médicos y enfermeros se han vuelto su familia. “Llegaron cuando eran niños y fueron abandonados. Se quedaron, crecieron y siguen esperando”.

El año pasado, con el apoyo del Ministerio del Interior, un grupo fue incluido en el listado de Desaparecidos, publicado en la página web de esa secretaría. Las fotos y datos de 198 usuarios aparecen al dar clic en el link Busco a mi familia.

Trastornos orgánicos, esquizofrenia, bipolaridad y epilepsia son algunos de los diagnósticos más comunes entre los residentes. A diario reciben la medicación que ha ayudado a estabilizarlos. Y sus horas transcurren entre talleres, actividades asignadas y esparcimiento.

Antonio ha pasado 19 de sus 58 años en el Instituto de Neurociencias. Una fotografía de su rostro esperanzador se ha convertido en símbolo de esta nueva campaña, que también busca voluntarios para visitas, organizar actividades o paseos.

Los rostros son la inspiración de Antonio. Puede pasar horas con un carboncillo en su mano, perfeccionando detalles en sus creaciones. Foto: Mario Faustos / EL COMERCIO

Los rostros son la inspiración de Antonio. Puede pasar horas con un carboncillo en su mano, perfeccionando detalles en sus creaciones. Foto: Mario Faustos / EL COMERCIO


Los rostros son la inspiración de Antonio. Puede pasar horas con un carboncillo en su mano, perfeccionando detalles en miradas y sonrisas sobre un papel que luego firma con las iniciales A.L. “Nunca he pensado en dibujar a mi familia… Casi no los recuerdo”, dice.

Los trastornos mentales y del comportamiento representan el 0,80% de todos los egresos hospitalarios en Ecuador. El Instituto Nacional de Estadísticas y Censos (INEC) reportó 9 092 egresos por esta causa en el 2017. Episodios depresivos, trastornos por uso de alcohol y sustancias psicoactivas, esquizofrenia, trastornos de ansiedad y por bipolaridad ocupan los primeros puestos de incidencia.

Pero el inspector del Instituto de Neurociencias recalca que el abordaje de estas enfermedades ha dado un giro en las últimas décadas. “Hay medicamentos que hoy permiten que las patologías siquiátricas sean controladas y, de una u otra manera, los pacientes pueden ser reinsertados a la sociedad con muy poco cuidado”.

En una de las paredes están los dibujos realizados por los residentes. Foto: Mario Faustos / EL COMERCIO

En una de las paredes están los dibujos realizados por los residentes. Foto: Mario Faustos / EL COMERCIO


Cuando Aída llegó al instituto tenía cerca de 20 años; sufría ataques epilépticos que hace mucho tiempo superó. Ahora, a sus 62 años, está convencida de que este es su hogar. “Me llevaron a mi casa en Quito, pero no me trataron bien. Cuando decidí regresar me despidieron rápido”.

Las paredes de la sala de talleres de Neurociencias están revestidas con los dibujos y manualidades de los residentes. Hay vitrinas con pulseras confeccionadas a mano y un rincón que atesora cuadros que bien podrían formar una galería.

Enfrente, una pizarra les recuerda con gráficos los pasos que deben seguir a diario para mantener el aseo personal. “Son estrategias para mejorar su condición de autonomía -dice la terapeuta Shaloon Castro-. No queremos que sean vistos como una carga cuando lleguen a sus casas”.

César, quien cada fin de semana se alista a la espera de visitas, tiene vagos recuerdos de su pasado. Cuando conversa repite su paso por la conscripción en Loja y que antes de su ingreso vivía con una tía que ya murió. “A veces venían parientes a visitarme... Ya no”.

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