8 de julio de 2018 00:00

Cuando refugiarse o migrar es marginarse

Foto: Refugiados rohingyas

En tierra de nadie Los refugiados rohingyas huyen de una persecución étnica que sufren de parte de las autoridades de Myanmar, sin que la comunidad internacional muestre preocupación como con otras poblaciones.

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Santiago Estrella

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La historia de la humanidad es la historia de los desplazamientos. Pero hoy asistimos, unos horrorizados y otros impávidos, al drama de los refugiados y de los migrantes. Es una tragedia del siglo que se parece poco a la emigración de los pioneros.

Los migrantes de hoy son personas que tratan de escapar de sus miserables realidades y se encuentran con algo muchas veces peor. Unos se van y queman las naves por decisión propia; otros no tienen alternativa.
El hilo que separa las definiciones de las palabras refugiado, migrante, desplazado o exiliado es demasiado delgado. Pero en este caso es necesario conocer las distinciones porque definen las motivaciones de quienes se sienten compelidos a dejar sus tierras en busca de un futuro quizá -y no siempre- mejor.

Los refugiados son aquellos que se ven forzados a cruzar las fronteras porque huyen de conflictos armados o persecución y no tienen posibilidad alguna de volver a sus países de origen hasta que se solucione el conflicto. En sí es igual a un exiliado, pero este término tiene más un sentido de clase: al exilio van las élites intelectuales y políticas, que no serán encerradas en campos donde se los amontone hasta dar trámite a sus solicitudes, como ocurre con los refugiados.

El migrante puede volver; el refugiado no: su vida corre peligro. El Comisionado de Naciones Unidas para los refugiados y los migrantes (Acnur) dice que el Estado en el que nació protege al migrante. Una verdad parcial: se va porque ese Estado es insuficiente y no lo protegió mientras vivía allí.
Y están los desplazados: aquellos que peregrinan en su propio país, como ocurre en Yemen o Siria, por ejemplo. Y las causas son las mismas: guerras internas, persecuciones, hambruna.

No hay día en que las agencias de noticias, los diarios y la televisión no muestren imágenes y noticias de refugiados en el Mediterráneo, vendidos como esclavos en Libia, víctimas de las violaciones extremas de los derechos humanos. Y aun así, prefieren ocupar el lugar de un ‘no-ser’ en un ‘no-lugar’.

Hay que imaginarlo. Supongamos que usted nació en Nigeria. Es posible que logre su sueño de irse, pero podrá morir en el Mediterráneo, podrá ser atrapado y vendido como esclavo en Libia o, en el mejor de los casos, ser rescatado en el mar por alguna ONG y llevado a un puerto europeo en donde no lo quieren. Pero todo eso no importa: la utopía es más fuerte, y pesa sobre los peligros.

Y ahí entran en acción los países europeos. Italia no los quiere. Luego hay países que ofrecen un cupo: Portugal, España, Francia, entre otros. Pero solo quieren una parte de ellos. Los rescatados en el buque Aquarius, todos llevados a Valencia ante la negativa de Italia y de Malta, dicen que si les dieran a escoger preferirían ir a Francia. Pero en el fondo, quieren llegar a Italia, en donde ahora un Gobierno eurófobo y nacionalista se niega rotundamente.

Tampoco los quieren en Austria o en Hungría. Europa se divide. Alemania, líder regional, busca un acuerdo migratorio general que supere las dificultades que muchos han visto como una amenaza para la Unión Europea. Pero a la canciller alemana Ángela Merkel le cuesta mantener unificado a su propio Gobierno y la coalición con los líderes bávaros, sustancial para su administración, puede tambalear porque no están de acuerdo con su posición.
El migrante, como se dijo, puede recibir protección de su Estado, según la definición que da el Acnur.

Ecuador, por ejemplo, hasta el año pasado tenía -según la Cancillería- cerca de 60 000 refugiados. Los colombianos eran el 98,35%. Y venían huyendo de la violencia en su país. El fenómeno no es algo nuevo: data desde hace mucho tiempo, aunque los años 2009 y 2010 fueron los de más afluencia:
(34 224 y 29 097 solicitantes, respectivamente).

En el mundo, las cifras finales del 2017 muestran que hubo más de 68 millones, tres millones más que en el 2016.
En ese sentido, el flujo de venezolanos que ha llegado a Ecuador y a la región son propiamente migrantes: pocos son los que no podrían volver a su país. No es el caso de los miles de colombianos que llegaron fundamentalmente al norte, por temor a la violencia producto de enfrentamientos entre el ejército regular, las guerrillas y los paramilitares.

En la frontera mexicano-estadounidense, los procesos judiciales se multiplican por miles. Para muchos -entre ellos, la administración Trump- son migrantes que salen de sus países porque no encuentran oportunidades para una vida digna en su propio país.

Muchos solicitan asilo (es el término que más se lee en los informes) porque afirman que si vuelven sus vidas corren peligro, pues han sido amenazados por las pandillas, por ejemplo. A Trump no se le ocurre mejor idea que separar a niños de sus padres mientras se resuelven los procesos legales. El mundo entero lo criticó y, minado por la presión interna, debió decretar el fin de esa política. Pero el repudio sigue.

Al otro lado del mundo, a Bangladesh han llegado desde Myanmar los rohingyas, el pueblo sin Estado y sin amigos, los musulmanes que el mundo ha olvidado. Y aunque están ahí por generaciones, el Gobierno de Myanmar los considera inmigrantes ilegales y sufrieron una represión sin límites que ni el Papa denunció en su visita a Birmania.

Solos, sin ayuda y despreciados por los locales, migrantes y refugiados tienen un destino marcado por la marginalidad.

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