13 de agosto de 2019 00:00

Recoger la basura del Centro Histórico es más costoso

125 operarios barren a diario calles como la Cumandá (San Roque), del Centro Histórico de Quito, en tres horarios.

125 operarios barren a diario calles como la Cumandá (San Roque), del Centro Histórico de Quito, en tres horarios. Foto: Julio Estrella / EL COMERCIO

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Ana María Carvajal
Redactora (I)

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El costo de la recolección de basura en la Administración Zonal Manuela Sáenz casi duplica el valor general del resto de la ciudad. Mientras el promedio para el resto de la urbe es de USD 66 por tonelada, en esta zona, de la que forma parte el Centro Histórico, alcanza los USD 120.

Usualmente, en este sector se recogen unas 220 toneladas de desechos diarios, que representan el 10% del total recolectado en Quito. 24 de ellas se levantan en el Centro.

Yolanda Gaete, gerenta de Emaseo, señala que esta zona no es la que más basura produce en la ciudad, porque se ha despoblado y se ha convertido mayoritariamente en comercial, institucional y turística. Pero mantenerla limpia es complejo, porque hay puntos de difícil acceso para los recolectores, por lo empinado y estrecho de sus calles.

La Zona Manuela Sáenz está entre las avenidas 5 de Junio y Patria, los barrios de Toctiuco, La Colmena y Los Dos Puentes y el desvío de la autopista General Rumiñahui a la av. Simón Bolívar. Pero el área que más atención demanda es el Centro Histórico, porque es Patrimonio Cultural de la Humanidad.

Para preservarlo, Emaseo destina una mayor cantidad de recursos que a otras zonas: barrido manual, barrido mecánico, hidrolavado, cobertura a pie con contenedores pequeños y recolectores con ‘lifters’, para levantar contenedores soterrados en 59 islas (ver cuadro).

Con esos se presta el servicio a las áreas residenciales, a los tres mercados que hay en la zona y a los más de 6 800 locales comerciales que hay solo en el Centro Histórico.

Julio Ávila es una de las personas que trabajan para mantener el área lo más limpia posible. Pero en los alrededores del mercado de San Roque se vuelve difícil. “Aquí se pasa y es como que no se hubiera barrido, porque está el mercado”, dice, mientras con su escoba acomoda en su pala fundas, papeles y residuos orgánicos de la calle Cumandá. En la acera y en la calzada quedan impregnados restos de alimentos.

La recolección


Los días más complejos son martes, viernes y sábado, porque hay feria, por eso ayer fue un día tranquilo. Sin embargo, junto a su compañero, a las 10:00 ya había llenado ocho fundas grandes de basura desde que empezaron su turno, a las 06:00. El problema -dice- no es solo el mercado, sino también las ventas ambulantes.

Estas abundan en otros sitios como en las vías peatonales de la García Moreno, Venezuela y Chile o la Plaza Grande. Fernando Escobar tiene un local en los bajos de la Catedral desde hace 31 años y cuenta que la limpieza allí es intermitente. Ayer, cuando llegó antes de las 06:00, la plaza era un “desastre” que tuvieron que limpiar los trabajadores de Emaseo.

Cuenta que los lunes, en Quitunes, por los parlantes piden a la gente mantener limpio el Centro y toda la ciudad, pero “esa comunicación se va al piso, porque botan basura en la calle, habiendo tachos. No sabemos cuándo se va a erradicar la mala costumbre. Sería bueno que multen; porque si no nos meten la mano al bolsillo, no pasa nada”.

Otro punto conflictivo es La Marín, donde pasan varias líneas de buses y están las estaciones de la Ecovía, de buses interparroquiales y el corredor Sur-Oriental. Según María Cepeda, quien trabaja allí hace 20 años, el mayor problema son las ventas ambulantes, porque tanto usuarios como vendedores dejan desperdicios en la calle y la acera. El problema es mayor después de las 17:00, cuando los vendedores terminan su jornada y dejan los cartones en cualquier lugar.

Para Michelle Alvarado, quien trabaja en El Tianguez, en San Francisco, hace falta educación ambiental y control de la mendicidad. Así, la gente dejará de botar la basura en cualquier sitio y se evitará el mal olor que queda en puntos como el atrio de San Francisco, en donde la orina y el excremento dejan su huella.

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