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El Teatro México, una de las cinco joyas de Chimbacalle

El Teatro se ubica en la calle Tomebamba y Antisana, a dos cuadras de la Estación del Ferrocarril.  Foto: Galo Paguay / EL COMERCIO

El Teatro se ubica en la calle Tomebamba y Antisana, a dos cuadras de la Estación del Ferrocarril. Foto: Galo Paguay / EL COMERCIO

El Teatro se ubica en la calle Tomebamba y Antisana, a dos cuadras de la Estación del Ferrocarril. Fotos: Galo Paguay / EL COMERCIO

Las luces del Teatro México están apagadas. El salón, que funcionó durante 50 años como una sala de cine, conserva esa magia que solo las tablas sobre las que han caído millones de aplausos pueden tener.

La voz de Marcelo Ortega, de 71 años, temblorosa pero festiva, corta afiladamente ese silencio. Este era el escondite de los enamorados. Aquí, en la luneta, se sentaba con su jorga y a veces con su chica.

El Teatro México, que hoy cumple 74 años, es el corazón de Chimbacalle. Los abuelos pasaron sus días de juventud sentados en esta misma sala, que en lugar de modernas butacas retráctiles como las que tiene hoy, contaba con sillas de madera. Aquí se enamoraron y rieron a carcajadas con sus amigos. Crecieron con películas mexicanas, de la mano de Cantinflas, la India María, Pedro Infante y, por supuesto, la diva María Félix.

Cuando Fernando Cobos, productor del Teatro México, habla de lugar se remonta a 1945, cuando fue inaugurado. En esos años, las casas abrieron negocios para dar entretenimiento a los obreros que trabajaban en la Estación del Ferrocarril. Fue el ‘boom’ de hoteles y restaurantes.

“En Chimbacalle solo vivíamos gente feliz”, repite con picardía don Marcelo, y continúa: “En cada esquina había una tienda, y cada tienda escondía una cantina”.

En la Estación del Ferrocarril, los visitantes pueden ingresar a uno de los vagones que, hace un año, se volvió un museo con la historia del tren.

De cada rincón del renovado teatro, el hombre guarda un recuerdo, como cuando engañaba al cuidador -que con linterna en mano mantenía el orden en la sala-, para obtener un mejor asiento.

Chimbacalle pasó de ser un caserío con 10 000 habitantes y se volvió una parroquia que hoy abraza a 192 barrios. Se extiende desde el Puente de Piedra (Machángara) hasta el Pobre Diablo (en la Napo).

La generación de don Marcelo creció de la mano del cine de oro mexicano, pero a finales de la década de los 90, la función acabó. Y el cine, segundo hogar de los guambras, se cerró. El polvo, las ratas y los viciosos fueron apropiándose del espacio. Hasta que en el 2004, el Fondo de Salvamento del Municipio lo recuperó, y volvió a abrirse pero ya no como cine sino como sala de espectáculos.

Los vecinos, en especial los de la vieja guardia, extrañaban las películas, por lo que liderados por Raúl ­Almendáriz, chimbacaleño de 63 años, se involucraron en el rescate de las tradiciones zonales.

El México no es la única joya de este barrio de raíces textileras. A pocas cuadras se encuentra la Estación del Ferrocarril, el Molino Royal, el Museo de la Ciencia y el Santuario de la Divina Misericordia.

Chimbacalle es nido de gente orgullosa de su tierra. Almendáriz sabe de memoria dónde están las casas patrimoniales y las riquezas arquitectónicas. Está convencido de que este es el único barrio del que nadie quiere irse, y los que se fueron, regresan.

El Molino Royal es otro de los lugares emblemáticos del barrio y que se visita en el recorrido que se realiza la noche del viernes, cada 15 días.

Los vecinos saben mejor que nadie, que el barrio les pertenece y, generosamente, lo comparten con el visitante. Las noches de los viernes hacen recorridos turísticos culturales, desde hace dos años. Todo organizado por la comunidad y apoyado por la autoridad.

Salen en la noche, con antorchas. Visitan el Museo de Ciencia, donde funcionó la fábrica La Industrial, un emprendimiento de principios del siglo pasado donde trabajaron los padres de Almendáriz.

En los 80 la fábrica dejó de funcionar y se volvió un reclusorio para recibir a los jóvenes en conflicto con la Ley. Luego quedó abandonado hasta que el Fonsal lo recuperó.

El Molino Royal, donde se tiene planeado pintar un mural, es otro de los atractivos.

Son seis torres que se divisan desde cualquier parte del barrio y que se construyeron por la visión de un empresario que quiso aprovechar el trigo que llegaba en el ferrocarril. Los vecinos hablaron con el dueño y consiguieron que permitiese que los visitantes ingresaran al molino. El lugar está intacto. Todavía huele a harina.

La Estación del Ferrocarril también marcó la vida de esta gente. Don Marcelo pasó su infancia allí, jugando a las ­escondidas entre los rieles y los vagones.

Hoy, el lugar donde funcionaba la imprenta pasó a ser el aula múltiple de eventos culturales. Un vagón que estaba sin uso se volvió un museo-taller hecho por el maestro Jerry Reinoso. En el vagón se exhiben los primeros pasajes de tren.

El recorrido incluye la visita al Santuario de la Divina Misericordia, donde la cofradía hace un montaje del rito de fe con música de la época, con cucuruchos. Finalmente se visita el Teatro México, donde los vecinos cuentan historias, desem­polvan anécdotas. Por cada uno de esos recuerdos y lugares, la buena vecindad y el amor a estas calles, don Marcelo tomó una importante decisión: que al morir sus cenizas se esparzan en Chimbacalle.

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