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Tanatólogos conviven con la muerte y el dolor de la gente

En el laboratorio de tanatopraxia de la funeraria Vidanova (Quito). Allí se trabaja en el tratamiento de restos. Foto: Diego Pallero / EL COMERCIO

Las dos chicas lloraban junto al ataúd y querían abrazarlo. Gritaban y se negaban a aceptar que su padre murió por covid-19. Trataron de abrir la caja para verlo por última vez, pero en la funeraria les advirtieron que estaba en una bolsa especial y que deben cumplir los protocolos de bioseguridad.

Uno de ellos era Miguel Ortiz, presidente de la Asociación de Tanatólogos del Ecuador. Se encontraba en ‘shock’ y no lograba asimilar lo que había sucedido, puesto que la víctima era un compañero de servicios exequiales con quien había trabajado en varias ocasiones. “Fue un momento muy difícil. Lo que hacíamos antes con él, en ese momento nos tocó aplicar”.

¿En qué consiste el trabajo de un especialista en tanatología? Ortiz explica que es una disciplina científica que se encarga de encontrar el sentido a la muerte, sus ritos y significado desde un ámbito profesional, el cual integra a la persona como un ser biológico. También brindan apoyo psicológico a los deudos para que logren aceptar el duelo en plenitud.

A eso se suma que se encargan de recibir los cuerpos en los laboratorios de tanatopraxia para preservarlos. Primero los sacan de la funda para cadáveres y sobre una mesa de acero les hacen una incisión para buscar la arteria carótida femoral y luego usar líquidos preservantes. Al final los embalan y los llevan a los hornos de cremación o los entierran.
A las víctimas del coronavirus provenientes de las salas UCI de los hospitales, les retiran los tubos de respiración artificial que llevan incrustados en las fosas nasales y tráquea. Les quitan los esparadrapos pegados junto a la nariz y boca.

Los tanatólogos utilizan un traje de nitrilo para sus tareas. Foto: Diego Pallero / EL COMERCIO

Desde el 2020 hasta la primera semana del 2022, 3 533 personas fallecieron por covid-19, según los informes de la Secretaría de Salud del Municipio. Las parroquias urbanas con mayor incidencia son Chillogallo, Cotocollao, Belisario Quevedo, Centro Histórico, La Magdalena y Guamaní.

En el mismo período se levantaron 674 cadáveres en viviendas, espacios públicos, centros geriátricos o consultorios médicos particulares a los que han llegado pacientes con un alto grado de contagio del virus, de acuerdo con los registros de la Empresa Pública Metropolitana de Gestión Integral de Residuos Sólidos (Emgirs – EP). Esos cuerpos fueron trasladados primero a los laboratorios de tanatopraxia de las funerarias en donde primero les hicieron un proceso de preservación y luego los cremaron o inhumaron.

Los meses más críticos fueron julio y agosto del 2020 cuando comenzó la emergencia sanitaria, así como abril y mayo del 2021. De ahí se ha marcado un descenso de muertes en el Distrito Metropolitano, pero con la presencia de la variante Ómicron se prevé un incremento de infecciones.

José Guevara, coordinador para eventos covid-19 de la Emgirs, informó que uno de los últimos casos fue el de un hombre, de 65 años, quien murió en su vivienda pese a que recibió la tercera dosis. “Tuvo contacto con familiares que se enfermaron de covid-19”. Aclaró que, del total de muertos por coronavirus en la capital, un 6% ocurrió en casas o sitios público; el resto, en centros asistenciales.

Otro fallecimiento fue el de una mujer de 90 años. Los cuerpos fueron transportados primero a las funerarias. Les colocaron etiquetas resistentes a la humedad, para garantizar su plena identificación.

Simón Intriago, Edith Trujillo, Jorge Saraguro y Miguel Ortiz. Foto: Diego Pallero / EL COMERCIO

La Asociación de Tanatólogos del Ecuador cuenta con 33 socios acreditados a escala nacional, quienes tienen estudios especializados en la manipulación, manejo y preservación de cadáveres.

En los laboratorios, aplican protocolos para el manejo de personas fallecidas con el coronavirus, el cual fue emitido por el Comité de Operaciones de Emergencia (COE) nacional y obliga a las funerarias a cumplir normas legales y de asepsia. Siempre deben emplear un traje de bioseguridad de nitrilo de una sola puesta, botas de caucho, guantes y mascarillas que cubren toda la cara.

Simón Intriago tiene 25 años de experiencia y es tecnólogo en tanatopraxia graduado en el Tecnológico de Antioquía en Colombia. Cuenta que lo más complicado al inicio de la pandemia fue cuando trabajaron en jornadas extenuantes.

Hubo días en los que le tocó tratar hasta nueve cadáveres de personas que murieron por el virus. La muerte que más le impactó fue la de un adolescente de 13 años. “Mi hija tiene la misma edad y no pude contenerme, lloré de pena porque me acordaba de ella mientras estaba en el laboratorio”.

Ahora, él se cuida todo el tiempo para no contagiar a sus familiares. Se lava las manos varias veces al día y utiliza alcohol para desinfectarse. Señala que en la actualidad recibe un promedio de dos cadáveres por coronavirus.

La tanatóloga Edith Trujillo también se protege para no infectarse, pues el 2021 se enfermó y presentó síntomas leves. Se conmueve al recordar el deceso de una doctora que laboró en las salas UCI de un hospital público y su cadáver arribó a su laboratorio. Cada vez que lo recuerda, piensa en sus hijos, de 30 y 18 años. Por eso, trata de ser más cuidadosa en su desempeño.

Jorge Saraguro ha laborado por más de 30 años en esa área y ha recibido decenas de cadáveres de gente que murió en medio de balaceras o accidentes. Sin embargo, lo más difícil para él -dice- ha sido trabajar con quienes fenecieron por la pandemia debido a que es una enfermedad que ‘mata gente’ de forma masiva.

“Cada vez que podía me ponía mucho alcohol, hasta en el pelo. En la peor época de la emergencia sanitaria tuve que trabajar con 10 cadáveres”. No tenía un horario determinado, muchas veces salía a trabajar durante las horas de la madrugada.