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Un Rockefeller en Quito, 1942

En 1942, Nelson Rockefeller llegó a Quito y en la pequeña y pobretona capital se regó la novedad de que era uno de los mayores millonarios -¡multimillonarios!- de los Estados Unidos, es decir, del mundo. ¿Para qué venía? Pues, tenía el encargo de invitar al presidente ecuatoriano Carlos Alberto Arroyo del Río para que visitara al presidente estadounidense Franklin Delano Roosevelt.

¿Un gringo muy rico? En efecto, la fortuna de míster Nelson Rockefeller se calculaba en USD 1 000 millones. Sabroso botín, pero poco en relación con su abuelo, John D. Rockefeller (1836-1937), cuya insólita riqueza llegó a los USD 6 000 millones, por lo menos. O sea el hombre más rico del mundo.

Rockefeller nieto visitó al presidente Arroyo del Río en el Palacio de Gobierno de la Plaza Grande, luego de alojare en la residencia del Embajador de su país. El gobernante ecuatoriano lo recibió acompañado del canciller Julio Tobar Donoso.

-Muchas gracias por la invitación, señor Coordinador de Asuntos Latinoamericanos. Espero ir en noviembre. Salude al presidente Roosevelt y dígale, don Nelson, que estamos junto a Estados Unidos en esta terrible guerra mundial.

El millonario visitante se dirigió luego a una muestra de pintura y en buen español saludó al artista expositor, el joven (23 años) Oswaldo Guayasamín.

-Sus cuadros son muy interesantes. ¿Me puede vender algunos? Bueno, gracias, Osvaldo.

Al día siguiente se dio una vuelta por el Centro Histórico de Quito y, aunque lo vio descuidado, tuvo frases elogiosas.

-Lindas iglesias e interesantes cuadros. ¿Se puede comprar algunos? No esperaba encontrarme estas bellezas.

Por la estrecha ciudad andina circularon las inquietas nuevas.

-El gringo millonario le compró seis cuadros al indio Guayasamín, quien va a comprarse un departamento.

-Señor Guayasamín, por si acaso, carajo.

-Y dicen que el gringo Rockefeller se va a comprar todos los cuadros del Centro Histórico.

John D. Rockefeller –descendiente de inmigrantes judío-alemanes- nació en la clase media de los Estados Unidos, en Ritchford, cerca de Nueva York. Mostró condiciones para los negocios hasta convertirse en un súper exponente del “sueño americano”, llevado por ese tiempo a extremos.

El petróleo fue su afición y luego su obsesión. Sus biógrafos dicen que mostró astucia, ingenio, dedicación y pocos escrúpulos. Fue adueñándose de la extracción, la refinación y el transporte, con la base de su gigantesca empresa

Standard Oil, hasta tener en sus manos el 90% del oro negro de los Estados Unidos. Logró, además, monopolizar ese negocio en varios países extranjeros, entre ellos Venezuela.

Tan gigantesco y despampanante fue su dominio de petróleo y dólares que el gobierno de los Estados Unidos llegó a entablar una dura y compleja batalla en pos de la “desmonopolización”. Tras una larga lucha logró dividir al imperio Rockefeller en 37 empresas, entre ellas la Exxon, la Chevron, la Conoco y otras igualmente grandes.

John, el multimillonario, dejó todo a John, su hijo único.

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