1 de January de 2012 00:03

Los recuerdos que guarda la 24 de Mayo

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El sonido del motor de los buses interprovinciales, las voces de los vendedores informales y los carteles de las películas de Cantinflas exhibiéndose a la entrada de los teatros Puerta del Sol y Avenida son los recuerdos más latentes de Blanca Caisapanta, quien vivía en la av. 24 de Mayo.

Son las 10:00 del miércoles 28 de diciembre. Mientras la mujer de 53 años camina por el renovado bulevar, desde la intersección con la calle Venezuela, los recuerdos siguen saltando a su mente. Su padre, Aurelio Caisapanta, carpintero, era el dueño de un Niño Jesús de Caspicara.

Cada 25 de diciembre le ofrecían una misa en la Iglesia del Robo (24 de Mayo y García Moreno). Ahora, a la entrada del templo hay un letrero de madera con la frase Centro Católico de Obreros (1906-2006). En el interior se ve un altillo de madera destinado para el coro. En su niñez, Blanca formó parte del grupo que cantaba en la capilla.

Frente a la iglesia está la Unidad de Policía Comunitaria del sector. Cerca de la puerta se muestra un cartel escrito a mano: ‘Los maestros, albañiles, carpinteros plomeros y pintores estamos en la Plaza Victoria (San Roque)’. Antes de que se inaugure la restauración de la av. 24 de Mayo, ellos permanecía junto a la UPC.

Manuel Onofre permanece de pie en la esquina de las calles Benalcázar y 24 de Mayo. En su hombro derecho sostiene una mochila azul de tela. Ahí guarda sus herramientas de plomero.

Con detenimiento mira el nuevo mobiliario que se instaló a lo largo de la 24 de Mayo: bancas de madera bien lacada, luminarias, jardineras, etc., que le dieron otra cara a ese sector de la ciudad.

Juan Chicaiza, un ambateño de 82 años, movió su puesto de trabajo a la calle Bahía de Caráquez. Permaneció 25 años, donde ahora se levantan cuatro atractivas plazas, rodeadas de un bulevar. Cuando llegó a Quito tenía 19 años y la terminal de buses interprovinciales funcionaba allí. Lavaba carros y compró un pequeño cajón de betunero con el cual recorría el centro de la ciudad.

Cuando recuerda que reunía dinero para ingresar a las funciones continuas del cine Bolívar (Venezuela y Sucre) y ver las películas de Pedro Infante, sonríe y las arrugas alrededor de sus ojos se acentúan más.

Por la acera de su puesto de trabajo pasea una mujer de estatura mediana, su cabello está recogido y usa gafas. Un uniformado se le acerca y le pide que se retire.

Ella camina renegando hasta el pasaje Barahona. Allí se encuentra con otras seis mujeres, que al igual que ella fueron retiradas del bulevar y de las principales calles del Centro Histórico.

Elena es manaba y llegó a Quito hace 40 años. Ella trabajaba en uno de los burdeles de la calle Loja. Cuando estos sitios de tolerancia fueron reubicados hacia La Cantera (San Roque) decidió quedarse en la calle. Eso ya hace 10 años, en la administración de Paco Moncayo.

Parada en una esquina y agitando su cartera ve el paso de otras personas, que llegan atraídas por el nuevo bulevar. Durante el fin de semana hubo una exposición sobre la historia y los oficios tradicionales del sector. Entre risas, Elena, se queja: “Pero aquí no salimos las dueñas de la 24. Por historia nos merecemos un pedazo de calle en el sitio que hemos permanecido por tanto tiempo”.

Jacinto Beltrán vive en La Loma Grande y recuerda que en la 24 de Mayo funcionaban las cachinerías del Centro. Había inseguridad. Camina hacia la calle Imbabura y con su mano señala el lugar donde funcionaba Radio Cosmopolita. En la casa continua funcionaba el bar Casa Blanca. Allí permanecían los músicos hasta que algún cliente enamorado los contratara para las tradicionales serenatas quiteñas.

En las noches, la arquitectura colonial del sector resalta con la buena luminación que fue instalada. A lo largo de las cuatro plazas hay exposiciones fotográficas y algunos negocios, como el del reciclador Andrés Veloz, cambiaron a cafeterías. En la Venezuela, la 24 de Mayo se une con La Ronda . Los moradores esperan que el bulevar se convierta en sitio de encuentro cultural.

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