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En Puéllaro, la producción de huevos resistió a la pandemia

Marcelo Quishpe, a diario, recolecta los huevos que se producen en la Granja Avícola Dioselina, en el norte de la parroquia de Puéllaro. Foto: Galo Paguay / EL COMERCIO

No es Portoviejo ni Latacunga, mucho menos Ambato, esa urbe que lleva adosada la vena comercial a su ADN y cuya producción de huevos supera el millón de unidades diarias. No obstante, Puéllaro es considerado El Dorado para los residentes de la capital que no conciben la vida sin un desayuno reforzado con dos huevos (tibios, cocinados, fritos, revueltos o en omelette…) o cuya principal fuente de proteínas es la carne de pollo.

Lo cierto es que esta parroquia rural del cantón Quito, puerta de entrada a ese paraíso en descubrimiento llamado La Ruta Escondida, es el principal productor de huevos de gallina (blancos, dorados, verdecitos…) y de pollos de toda gama (para carne, en pie, criollitos, runas…) de todo el Distrito Metropolitano y de Pichincha.

Este pueblecito cobija a 5 800 habitantes. Está emplazado 70 km al noroeste de Quito, tiene un área de 72,28 km2 y una altitud de 2020 metros sobre el nivel del mar, ideal para la producción de frutas de alta gama y la cría idónea de animales de corral.

Bucólico y tranquilo desde su fundación española atribuida al regidor español Pedro de Puelles (de allí su nombre), Puéllaro cambió radicalmente su fisonomía a partir de 1952.

En esa fecha, el Dr. Carlos Camacho y su esposa, Beatriz Saá, crearon el primer gran programa avícola con la importación de 1 200 aves de postura Leghorn, las que acomodaron en la parte de la hacienda Alchipichí que le tocó en herencia a la matrona.

A las modestas casitas de bahareque y teja de arcilla que exhalaban bocanadas de humo por sus chimeneas familiares y conformaban el paisaje de los barrios Matriz, Aloguincho, Alchipichí, Coyagal y Pinguilla, se sumaron sin tregua galpones diseñados para criar gallinas de gran puesta como Leghorn y Liper y poner a punto de paladar aves de carne de razas como la Broiler.

A Los Camacho Saá se sumaron otros pioneros como Laura, Jaime y Arturo Torres, Fabián Bucheli y empresas como Alchipichí Cía. Ltda, Avicea, Avirico, Huevo Selecto

Hoy, confirma el médico veterinario Édgar Navarrete Torres, funcionario de Avirico, los productores (que entre 1980 y 1990 llegaron a 65) ponen en circulación entre 430 000 y 450 000 huevos de gallina diarios y proyectan criar y vender 1 500 000 pollos en este 2021.

Obviamente, explica Navarrete, la ciencia y la tecnología se han sumado para optimizar una producción que tiene muchas barreras, entre ellas la cantidad de enfermedades que pueden acabar, sin eufemismos, con la producción en menos de lo que canta un gallo.

Para que bronquitis, influenza aviar, viruela o la llamada Newcastle se controlen con efectividad, las empresas tienen programas de vacunación integrales y periódicos. Además, la asepsia de las instalaciones es total y el equipamiento y vestido de trabajadores y visitantes parecidos al de los laboratorios más avanzados.

El quid del negocio es ese, explica Navarrete; que los pollitos se mantengan limpios, sin hambre ni sed y los huevos, libres de suciedades y bacterias. Lo que se logra con la estricta aplicación de las normas RAM y normas de bienestar animal.

Paradójicamente, explica René Mosquera, vicepresidente del GAD de Puéllaro, la pandemia afectó la producción avícola de forma inesperada. Antes del suceso, los avicultores estaban yéndose a la quiebra porque los precios de venta no recuperaban los de producción. Y las pérdidas aumentaban sin pausa.

En la Panamericana Norte hay una de las bodegas más grandes donde se almacenan los huevos se los distribuye en el Distrito. Foto: Galo Paguay / EL COMERCIO

En la pandemia, en cambio, el valor de las cubetas de 30 huevos se disparó y de costar USD 2,50 subió hasta USD 3,50. Esa escalada de precios tuvo su punto más crítico entre abril y agosto del año pasado.

Fabricio Lumiquinga, uno de los socios de la avícola La Dioselina, ubicada 500 metros antes de Oyacoto, en la vía Guayllabamba-Cayambe, refuerza lo manifestado por Mosquera.

Según Llumiquinga, el covid no ha tenido consecuencias drásticas. Las 4 500 cubetas semanales de huevos que vendían solo se redujeron a 4 000 y eso al principio, luego se normalizaron. El incremento en los precios de venta al público de las cubetas se ha mantenido y no hay visos de que esto cambie pronto.

La publicidad de Dioselina es un indicador de esta realidad: Precio por cubeta ya clasificada en dólares: extragrueso, 3,60; grueso, 3,30; mediano, 3,25; medianito; 3,15.

Ese es el lado bueno de la moneda de la pandemia. La venta de los pollos, que es la otra fuente de ingresos de las avícolas, transita, en cambio, por la calle de la amargura… La venta se realiza cuando las aves tienen entre siete y ocho semanas y se hace -como se dice en el argot avícola- en pie, es decir se comercian los pollos con plumas, tal como están, explica Mosquera.

Este negocio sufrió una variación tremenda debido al remezón que trajo la pandemia del covid-19, confirma Llumiquinga, cuya empresa vende hasta 12 000 pollitos semanales.

“Hubo un momento que la libra bajó de USD 1 hasta 0,60 y 0,55 centavos, lo que fue una catástrofe. Hoy mismo, la libra está en USD 0,80 y no parece que cambie pronto”, expresa el emprendedor con pesimismo evidente.

Y eso no es todo. Otro nubarrón se cierne sobre los avicultores de esta parroquia. Es la Ordenanza municipal 19, que prohíbe tener aves en jaulas y pollos de crecimiento rápido, afirma Navarrete. La aplicación efectiva de esa regla, dice, acabaría con las avícolas de la zona y, posiblemente, crearía una batahola en cuestiones de precios, provisiones, ofertas y demandas. Ese es el escenario.