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¿Dónde descansan los héroes caídos de la ‘Guerra del 41’?

El sarcófago del soldado desconocido, en el centro del Templete de los Héroes. Foto: Diego Pallero / EL COMERCIO

Cuando Patricia Villagómez aparece en medio de cañones y rifles del museo, hace una pregunta: ¿quieren ver a los combatientes? Entonces busca entre sus bolsillos una llave y apresura el paso hacia el ingreso principal del edificio.

Ella es la encargada del Templete de los Héroes, en el interior del Colegio Militar Eloy Alfaro, ubicado en la Orellana y Amazonas (norte). Con dificultad abre el candado de las pesadas puertas de hierro y aparece la sala de los sarcófagos con los restos de los hombres caídos en la Guerra del 41.

Era el 5 de julio de 1941 y el Ecuador se enfrentaba al poderoso ejército peruano. A ese acontecimiento histórico se lo conoce como la Guerra del 41, el cual duró seis meses y 24 días, y terminó con la firma del Protocolo de Río de Janeiro, el 29 de enero de 1942.

Al cumplirse 80 años de aquella derrota, viene bien recordar dónde yacen los héroes de esa guerra que, como dice Sebastián Donoso, miembro de la Academia Nacional de Historia, marcó a los ecuatorianos porque se perdieron 200 000 kilómetros cuadrados y el acceso al Amazonas.

En los costados de la cámara, de alrededor de 10 por 12 metros, están 40 sepulcros de madera de cedro y roble de unos 60 por 50 centímetros. En su interior, explica Villagómez, se guardan osamentas y pertenencias (zapatos, guantes, diarios, cartas, armas pequeñas…) de los combatientes.

Allí están el mayor Galo Molina; capitanes, tenientes, subtenientes, cabos, soldados. En total 23.

La construcción de ese lugar la ideó el general Marcos Gándara, profesor de Historia Militar, y se encargó la obra al arquitecto uruguayo Jones Odriozola, autor del primer plan regulador del crecimiento de Quito. La inauguración fue en 1943.

¿Dónde está el resto de los compatriotas caídos? Villagómez comenta que es difícil precisarlo, en todo caso “se sabe que hubo alrededor de 1 000 bajas y del lado peruano 110”.

Ese dato aún se coteja en el Centro de Estudios Históricos del Ejército, informa el teniente coronel Juan Sánchez, director de esa dependencia que alberga documentos inéditos de la Guerra del 41, una conflagración que “debe llenar de orgullo al ecuatoriano”, asegura.

Los restos de los soldados y las reliquias de las guerra están en el Colegio Eloy Alfaro. Foto: Diego Pallero / EL COMERCIO

Dice eso porque, según datos del Centro, Ecuador estuvo en desventaja numérica. En la línea de frontera estuvieron 1 407 hombres del lado ecuatoriano, aunque en los dos primeros días solo 771, sin mayor armamento ni uniformes.

Pese a esas circunstancias, defendieron sus posiciones de Quebrada Seca, Chacras y Huaquillas, frente a 7 300 soldados peruanos apoyados por artillería y fuerza aérea.

El historiador Donoso también pondera el arrojo de los nuestros y sugiere que se levante otro templete acorde al valor de aquellos hombres que ofrendaron su vida. Esa es la idea detrás del heroísmo, “porque los héroes no siempre son los que ganan las guerras”.

En la sala de los sarcófagos hay algo más: en el centro está una estructura de piedra y sobre ella otro sarcófago del soldado desconocido, custodiado por dos ángeles de la victoria. Dentro de la roca hay una urna con un fragmento del cráneo del general Eloy Alfaro.

Al salir de esa estancia, en el pasillo se observan fotografías de los diversos conflictos bélicos con los peruanos, la de 1941, 1981 y 1995. Lo que más llama la atención es una foto del traslado de los restos del teniente Hugo Ortiz y sus hombres, en 1943, al Templete de los Héroes de la Escuela Superior Militar Eloy Alfaro.

La visita a estos lugares, más la sala de armas que está a un costado, la puede hacer gratuitamente cualquier día de la semana, desde las 09:00. Quienes más se interesan por conocer esa historia, asegura Villagómez, son turistas extranjeros.

Algunos deudos de los próceres también van, sobre todo la hija de Maximiliano Rodríguez, doña Victoria. Es “bien viejecita, suele venir cada Día de Difuntos y en el cumpleaños de su padre, en enero”.

Mientras hace la visita, recuerda Villagómez, suele contar que no conoció a su padre porque ella aún estaba en el vientre de su madre; pero él sí la memorizó en su corazón con una foto que le llegó dentro de una carta de su esposa.

El sarcófago del cabo Luis Minacho también suele tener una flor de sus descendientes. Junto a él está la tumba de su hijo, quien también murió en la guerra, según Villagómez. “Al ser huérfano de madre, el pequeño de 12 años vivía en el campamento, bajo el cuidado de las mujeres de la cocina”.

No hay certificación oficial de esos detalles, pero la guía lo sigue contando pegada al sarcófago del niño Minacho.

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