6 de July de 2012 00:03

La gente que da vida al patrimonio mundial

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Trabajadores  públicos o privados, comerciantes, visitantes extranjeros y quienes cruzan  la urbe para escuchar misa son algunos de los  rostros  de las 282 000 personas que a   diario transitan por las 320 hectáreas del  Centro Histórico.

Al recorrer la plaza revive su infancia

Geoff Kooke
Turista estadounidense

En la plaza de San Francisco, la mañana de miércoles  transcurre y el sol  calienta el empedrado. Geoff  Kooke, estadounidense, llegó a Quito el lunes pasado.   

El de este turista es   uno de los rostros que transita por el Centro Histórico, considerado  el mejor conservado de Latinoamérica.  
Kooke visita las joyas patrimoniales, como lo hicieron los  438 741turistas  que arribaron a la ciudad en el 2011,  según datos de Quito Turismo.

Con su cámara colgando del cuello y una sonrisa amplia, Kooke  no pierde la oportunidad para, entre cada disparo, recordar su infancia en Quito.

Desde los 4 a los 8 años vivió en la ciudad.  Recuerda pocas imágenes  de aquella época: una ciudad pequeña y con gente amigable.
Mientras observa la exposición de fotos sobre pueblos del Ecuador, desplegada al pie de la iglesia -que para 1536 apenas empezaba a levantarse-, presenta a su esposa, Kale  Kooke.

Él es  católico y a sus 62 años, al volver a Quito, no podía dejar de visitar las iglesias de la capital.

Que ama Latinoamérica,  exclama con entusiasmo, este nativo de Minnesota. Sus primeros 18 años los pasó recorriendo varias ciudades de  Ecuador,   Venezuela, Perú y Uruguay.

Apenas   ha estado una hora en el Centro y se muestra maravillado.    Camina por la plaza y no desvía su mirada del   Panecillo. “Ahí estuvimos ayer”, comenta Geoff.   Una vez en la cima se dio cuenta de cómo ha cambiado la ciudad desde que era niño.

El sol es cada vez más fuerte y Kooke   no se preocupa por apresurar el paso, por el contrario, prefiere mirar con detenimiento el atrio del  templo de Cantuña.

Los  esposos Kooke no son los únicos en admirar la belleza de San Francisco.  En la mañana del miércoles, turistas nacionales y extranjeros recorren la histórica plaza, en grupos.

Él y su esposa retornarán hoy a  Estados Unidos.  Los dos son parte de la lista de personas que, según Quito  Turismo, prefieren el Centro Histórico de entre los  2 692    atractivos turísticos registrados en el país.  

Su vida pasa entre aromas y esencias  

Fanny Fueltala
Comerciante del  C.C. Hermano Miguel.


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Fanny Fueltala es una de las comerciantes más antiguas del Ipiales. Todos los días, con su cabellera plateada y luciendo  un mandil, donde guarda sus manos ya  cuarteadas por el trabajo,  atiende a sus clientes que llegan en busca de velas.   

En los locales 518 y 519 del Centro Comercial Hermano Miguel, la mujer de 66 años es uno de los rostros que no faltan de 08:00 a 19:00.

Desde hace 42 años la comerciante ha sido testigo de la transformación del las calles del Centro Histórico. Recuerda que  hace una década los vendedores dejaron las vías para ingresar a los siete Centros Comerciales del Ahorro (BBB), ubicados en el Centro.

Fueltala no olvida aquel día, que con su hijo aún en el vientre, llegó desde Tulcán a la calle Chile e Imbabura, su primer hogar en la capital. Ella es una de las 18 vendedoras de la Asociación Paz y Justicia,  que se tomaban la ‘media vía’, actualmente el Pasaje Sanguña. Ofertaba ponchos colombianos, ollas de presión y zapatos de caucho.  

De esa mercadería pasó a la venta de confites, también traídos de Colombia, y  a las esencias y velas.  Mientras atiende a sus clientes -con una voz que deja entrever que los años no han desvanecido el acento carchense-  Fueltala  rememora los días en los cuales, junto con sus compañeros, con plásticos en mano, se amanecían  cuidando su mercadería.

Desde su puesto -donde resaltan velas multicolores y frascos ordenadamente dispuestos en las perchas, vio crecer a sus cuatro hijos. Los educó y ahora comparte con tres de ellos el oficio. En ese  lugar ha sobrellevado la   muerte de su esposo,  hace 24 años. “Vivo de los clientes, aunque sea vendo una velita, pero no regreso a casa con las manos vacías”.

Entre inciensos y esencias, Fueltala cuenta que sus clientes  la bautizan a diario. Unos días es ‘Rosita’ y otros ‘Marujita’.  El suyo es uno de los 5 500 rostros de los vendedores de los  BBB  y la única que en el Hermano Miguel  puede proveer de la vela Santa Rita, traída  desde Pasto.  Con una mirada dulce y firme dice que volverá hasta que le den las fuerzas.    

Un viaje diario para recibir la eucaristía

Luz Usay  
Acude todos los días a escuchar misa

En 1978,    Quito fue la primera ciudad del mundo en ser declarada  Patrimonio Cultural de la Humanidad.  En esa fecha,  Luz Usuay tenía 26 años y ya acudía todos los días, junto con sus padres, a escuchar la  misa de 07:00, en la iglesia de Santo Domingo (Guayaquil y Rocafuerte).  

En ese tiempo, ella  vivía en el Centro.    Luego  de cuatro  años se mudó  a San José de Monjas, en el valle de Los Chillos.  La distancia no fue impedimento para que la mujer de pequeña estatura dejara de acudir a las eucaristías.

Es miércoles, al mediodía.  El sol capitalino obliga a los transeúntes a buscar alguna sombra para caminar. Por la mitad de la plaza de Santo Domingo avanza, apresurada,  Usuay. Pasa junto al monumento del Mariscal Antonio José de Sucre, saca de su pecho una chauchera (monedero),  le da USD 0,10  a un adulto mayor que permanece sentado en la puerta de la iglesia y entra por el nave  derecha.

Camina con tal cuidado que nadie se percata que entra con 10 minutos de retraso a la misa. Se arrodilla, se santigua y se sienta en la última banca de madera.

Transcurren 40 minutos de  la celebración religiosa. “La paz, esté  con nosotros”, dice el sacerdote que preside la misa.  “Y con tu espíritu”,  responde  Usuay e inmediatamente, con amabilidad, estrecha la mano de todas las personas que están junto a ella.

Después de levantar su mano y recibir la bendición del padre, camina hasta la imagen de san Judas Tadeo, el santo de los imposibles. 

Usuay tiene en su cartera una estampilla de  san ‘Juditas’, como  lo llama. Cierra sus ojos y pronuncia una oración. Junto a ella hay otras 11 personas  que miran fijamente  la imagen del santo y juntan sus manos.

Usuay mira su reloj. “Ya es la una y no dejé haciendo el almuerzo”, exclama y sale con la misma premura con la que llegó.  
     
La iglesia de Santo Domingo y su monasterio son  una de las estructuras religiosas más importantes de Quito. Fue construida por los dominicos,  en  1580.
  
Detrás de Usuay sale el resto de fieles, casi todos a paso apresurado y sin regresar a ver.


35 años de paso por la Plaza Mayor

Julio Hurtado
Trabaja en un consultorio jurídico

Por la calle Venezuela avanza, a paso lento, Julio Hurtado, de 64 años. Él  viste un impecable  terno gris y una corbata rosada que le regaló su nieta. Es hora del almuerzo, y como todos los días (de lunes a viernes), Hurtado cruza por la Plaza de la Independencia para llegar a un restaurante ubicado en la calle Manabí, que no tiene nombre, pero que él lo llama ‘la fonda’.

Hurtado siempre ha vivido en Píntag. Conoce con exactitud las calles del Centro.  La razón:  desde que se licenció de abogado, hace 35 años, trabaja en un estudio jurídico ubicado en las calles Bolívar y Venezuela.

Avanza,  y a su paso saluda con cuatro jubilados que permanecen sentados en una de las bancas de piedra de la plaza.

Para él ya no es novedoso ver turistas tomándose fotografías, niños lustrando zapatos, algún religioso que con un altavoz predicando o manifestantes frente a Carondelet o al Municipio. Tampoco a uno que otro comerciante informal, que cuidándose de que no lo vean los metropolitanos, oferta sus múltiples  productos.

“Una vez leí que se querían llevar el Palacio de Carondelet al sur de la ciudad. ¿A quién se le ocurriría semejante cosa?”, comenta,  mientras se detiene un instante en la esquina de las calles Chile y García Moreno. Hurtado es viudo y vive solo. Para él, la   Plaza de la Independencia es el símbolo más importante de la ciudad.

Cuenta que ahí se encuentran las edificaciones gubernamentales y religiosas más representativas de la urbe.  Todos los lunes es un espectador más de los cambios de Guardia Presidencial,  con los granaderos de Tarqui.
 
El abogado de 64 años recuerda perfectamente los hechos políticos que se han suscitado en ese sector.  Dos de ellos fueron las caídas de los ex presidentes Abdalá Bucarán y   Lucio Gutiérrez. “Nunca he necesitado mirar las noticias, las he podido ver en vivo”, comenta entre risas.
   
A las17:00, Hurtado camina por la  Chile hasta  La Marín. Ahí toma un bus hasta su casa, el recorrido dura una hora . “El viaje es lo de menos, no podría no regresar al Centro”, asegura  y se aleja.

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