15 de February de 2011 00:00

Édgar Coral proviene de una familia humilde de Bachillero

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La casa de la familia Coral Almeida se levanta en la avenida América, entre Atahualpa y Cinco de Junio, centro de Portoviejo.

En la sencilla villa de un piso vive doña Eva Almeida Vera, la madre de Édgar Coral Almeida, dirigente del populoso barrio de Pisullí, localizado al noroccidente de Quito. Desde que se creó, hace ya 27 años, este sector ha vivido en medio de las constantes vicisitudes políticas.

La pugna entre dos bandos -uno que respalda a Coral y otro opositor- se acentúo a raíz de las declaraciones del presidente Rafael Correa, quien, el pasado 29 de enero, acusó a Coral de ser uno de los traficantes de tierras.

De origen humilde, sus familiares reconstruyen, a través de sus recuerdos, la niñez y juventud del polémico líder, quien, en la noche del 11 de noviembre de 1983, estuvo al frente de la ocupación de una hacienda del Ministerio de Salud Pública, hoy Pisullí, donde viven más de 8 000 personas.

Los pisuleños edificaron sus casas a una altura de 3200 metros.

En 1998, en la alcaldía de Roque Sevilla, consiguieron la luz eléctrica y el agua potable. Pisullí es un bullente barrio lleno de comercios, tiendas, ferreterías y un sinfín de negocios.

Doña Evita, como le nombran los vecinos, comparte la casa con su hija Eva. A sus 92 años se mantiene lúcida y el encanta pasar en la sala, en la que destacan las fotos antiguas de sus innumerables antepasados y las de sus hijos.

Una empleada le ayuda a preparar los alimentos y también en el arreglo de la casa.

Sobre un aparador de la sala se hallan tres álbumes, cubiertos de polvo. Allí se encuentran fotos de la infancia, adolescencia y juventud de Édgar Coral. A Sergio, su hermano mayor, le gana la nostalgia cuando mira fotos familiares.

Dice que Édgar fue un niño inquieto, un adolescente muy despierto, un joven decidido y un adulto lleno de logros.

Sergio, quien también acompaña a la madre, dice que salieron de Bachillero, el pueblo natal, hacia Tosagua, un cantón del norte de Manabí. “Nuestra infancia -dice- fue muy apegada a la naturaleza, nos encantaba la campiña manabita”. Portoviejo fue el siguiente destino, en una casa de las calles Espejo y Sucre. El padre se empleó en el ex Centro de Rehabilitación de Manabí (CRM). Y llegó a ser dirigente sindical.

Esta decisión influyó mucho en el pequeño Édgar, quien escuchaba con atención los altos y bajos de la vida sindical.

Doña Eva afirma que Édgar era un buen estudiante. “Por eso, cuando se hizo hombre, viajó a Quito a estudiar Arquitectura, primero, y luego Derecho”.

“Me dolió mucho -dice con su voz entrecortada-, pero la familia ya se acostumbró a ir de un lugar a otro, desde que salimos de Bachillero”. Eva, agobiada por el calor, observa una foto añeja, en blanco y negro. Sergio menciona que se trata de su abuela paterna, Raquel Córdova, quien nació en Túquerrez, Colombia.

Angelita Vera, la abuela materna, poseía una hacienda grande en Bachillero. Édgar Coral dijo que en su niñez escuchaba que allí se refugiaba el general Alfaro. “La abuela donó las tierras, pues era muy altruista”.

Conforme Édgar Coral crecía, sus convicciones políticas giraban a la izquierda y se afilió al MPD. Sergio confirma que cinco de los siete hermanos también militaron en ese partido.

Eva sonríe al recordar sus caminatas cotidianas, con Édgar, para ir desde Bachillero, a una hora al noreste de Portoviejo, a la escuelita de Tosagua. Se bañaban en el río Carrizal. La hermana dice que a Édgar le gustaba leer e ir al viejo cine Victoria, en Portoviejo.

“Luego contaba, con emoción y elocuencia, las películas a sus amigos y les cobraba unos centavitos, era un chico muy listo”.

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