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En Quito, el covid-19 se combate con la unión entre vecinos

Moradores de Chillogallo limpiaron las afueras de sus viviendas el martes 5 de mayo del 2020, a las 11:00. Fotos: Galo Paguay / EL COMERCIO

Moradores de Chillogallo limpiaron las afueras de sus viviendas el martes 5 de mayo del 2020, a las 11:00. Fotos: Galo Paguay / EL COMERCIO

Moradores de Chillogallo limpiaron las afueras de sus viviendas el martes 5 de mayo del 2020, a las 11:00. Fotos: Galo Paguay / EL COMERCIO

La gente se volcó a las calles y con esfuerzo trapeó el cemento, las veredas y los ingresos a sus casas. Con mascarillas y respetando la distancia entre ellos, vecinos de Chillogallo, en el sur de Quito, salieron unos pocos metros de sus hogares para -como ellos dicen- ‘hacer patria’. Desin­fectaron las vías de su barrio.

No recibieron fondos del Gobierno. Tampoco tienen empleos con grandes sueldos, de hecho la mayoría se dedica al trabajo informal o emprendimientos, por lo que no cuentan con ingresos fijos. Pero se organizaron, consiguieron donaciones de la empresa privada y apoyan el hombro para luchar contra la pandemia.

Ana Vargas es presidenta del sector y encabeza el proyecto Mi barrio limpio y desinfectado. Chillogallo es un populoso caserío del sur de la ciudad, conformado por 15 manzanas.

Sus calles principales siempre han sido concurridas, pero desde que empezó la pandemia del covid-19 y cerraron las ferias informales de Las Cuadras y San Roque, estas vías se llenaron de comerciantes. Son al menos 200 ambulantes que cada día llegan a ofertar sus productos. Se amontonan a la intemperie. Bloquean el paso. Sin mascarillas. Sin salubridad.

Caminar por esas calles es entrar en una feria cualquiera antes de la emergencia sanitaria. “Por favor, no se puede vender aquí. Estamos en emergencia”, le dice una vecina a una comerciante y la respuesta la asusta: “De algo tengo que morir”.

Los vecinos aseguran que los operativos no son suficientes. La informalidad trae no solo temor por contagios, sino vuelve insegura la zona. El centro infantil fue víctima de robo, se llevaron los televisores.

El temor de contagiarse del virus ha hecho que la comunidad se organice para intentar, en algo, evitar la propagación.

Ana cuenta que la directiva está comprometida y ha conseguido el apoyo de Holcim, que colabora con la maquinaria pesada y asumió hacer un recorrido por calles durante cuatro días (de lunes a jueves) y esparcir por áreas públicas, agua con detergente y un químico que elimina el virus. El trabajo se reali­zará por etapas.

Los vecinos de La Tola entregaron raciones de alimentos a las familias necesitadas.

Con donaciones lograron reunir 425 kilos de detergente. Cada casa entregó 2 kilos y cada conjunto, 5 kilos. Una mezcladoras necesita 25 kilos de detergente, con ello se desin­fectan 1 500 metros o, lo que es igual, 1,5 cuadras.
El líquido permitirá que las calles queden limpias por al menos 20 días.

Malú Alcocer también vive en este sector y cuenta que la gran mayoría de vecinos salió a fregar las calles en lugar de esperar que la autoridad lo hiciera, aunque admite que el apoyo del Municipio ha sido clave. La AMT y Emaseo también han colaborado.

Limpiaron la calzada, la iglesia, la plaza, el centro de salud y el cementerio. Además, hicieron refrigerios para entregar al personal de la empresa privada que les ayudó.

La Ciudadela Tarqui, en la Mena, donde viven 5 200 personas, no se queda atrás. Allí la organización se centró en la solidaridad. Este no es un barrio de viviendas lujosas ni donde hay abundancia material; pero lo que tienen lo comparten. Fernanda Pérez, líder del sector, contó que en tres ocasiones hicieron donaciones y repartieron canastas solidarias a los más necesitados. Se dio prioridad a los abuelitos que viven solos.

Para ubicar a las familias crearon un ‘link’ donde los mismos vecinos podían registrarse. Están inscritas unas 300 personas de escasos recursos. La mayoría tiene algún tipo de discapacidad.

Apoyar no es fácil. Golpearon puertas y recibieron ayuda de tiendas, panaderías y verdulerías. Para la distribución, se contactan con los jefes de manzana. “De lo poco que tenemos, decidimos ayudar”.

San Blas es otro de los sectores donde la emergencia motivó la organización. Juan Carlos Rojas, presidente del barrio, cuenta que apenas iniciada la pandemia se activó un banco de alimentos. La gente donó y se armaron canastas para entregar a las familias más necesitadas. Identificaron 236 familias vulnerables, de las cuales 114 estaban en situación de extrema pobreza.

Doña Luzmila no está segura de su edad. Solo sabe que pasa de los 80 años. Vive sola, por lo que la ración de alimentos que recibe es su sostén. En la primera etapa hicieron 63 canastas, cada una con arroz, azúcar, avena, fideos, leche granos, sardinas, papel higiénico y jabón. La ayuda se extendió gracias al apoyo del MIES.

Para poder mantener las distancias, pintaron las aceras en las afueras de 20 locales comerciales. La pintura la consiguieron con autogestión. También levantaron una plataforma digital llamada Minka Huasi, significa ‘trabajo en casa’, donde interactúan varios colectivos y otros barrios. Así se apoyan, ayudan y se enteran de las iniciativas que llevan a cabo en otros sectores.

En Los Cipreses, en Ponceano (norte), también se organizaron para desinfectar las calles y las llantas de los autos. Heriberto Villacrés, presidente, cuenta que contactaron a distribuidores de carnes, lácteos, frutas y verduras para que ingresen al sector a entregar a domicilio y evitar salir de casa. Se verifica que cumplan con estándares de calidad; y no se comercializan los productos con quien no use mascarilla.

Esta semana se pintarán ­círculos afuera de las tiendas, para mantener la distancia.

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