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Parroquias rurales de Quito controlan accesos para evitar contagios

En el ingreso a Perucho hay un puesto de desinfección vehicular y peatonal. Foto: cortesía GAD Perucho.

En el ingreso a Perucho hay un puesto de desinfección vehicular y peatonal. Foto: cortesía GAD Perucho.

En el ingreso a Perucho hay un puesto de desinfección vehicular y peatonal. Foto: cortesía GAD Perucho.

Siempre fueron parroquias tranquilas y silenciosas. Pero desde la llegada del covid-19, esa quietud aumentó. Las plazas vacías, los mercados cerrados, las calles polvorientas rodeadas de montañas, las asemeja a pueblos fantasma.

Las parroquias rurales más alejadas de Quito son las que menos casos positivos tienen. La capital está conformada por 32 parroquias urbanas y 33 rurales. Hasta el sábado 23 de mayo del 2020 Quito tenía 3 132 contagiados. Según el último reporte del COE provincial, apenas 56 se ubicaban en 12 de las parroquias rurales.

Hay zonas donde no ha habido un solo caso positivo. Donde el pueblo sabe del virus, de las largas filas en bancos, mercados y farmacias, solo por lo que ha visto en la tele. En Perucho y Lloa no se han detectado infectados. En La Merced, Puéllaro, Nono, Pacto y Gualea, uno o dos por parroquia.

La cuarentena hizo que algunos poblados de las periferias cierren sus puertas. Hay zonas en el sector norcentral de la capital donde se colocaron obstáculos en los caminos de acceso para que los foráneos no ingresen. En ese sector se ubica Perucho, donde el 25% de su población tiene más de 65 años; 40 de ellos superan los 90, por lo que la llegada del virus podría ser fatal.

Con 789 habitantes, y 930 hectáreas (es la parroquia más pequeña) la comunidad ha logrado blindarse. David Ayala, vocal de la comisión de proyectos del GAD, cuenta que se instaló un control vehicular al ingreso al pueblo.

Todos los autos que llegan a abastecerse de las frutas cítricas que se producen en esa tierra son desinfectados. Autoridades y moradores trabajan en la limpieza de vías y espacios públicos, pese a que pocas personas circulan por allí.

La gente del centro poblado se dedica a la agricultura. Producen mandarina, limón, aguacate, fréjol, vainita y tomate. Y en la parte alta, hay cultivos de maíz y habas.

Cuando el virus llegó a Quito lo primero que hicieron fue reunirse con los presidentes de la mancomunidad. Buscaron colaboración en la Junta de regantes y empezaron las medidas de seguridad. Los abuelos dejaron de salir a la plaza a recibir el sol en las mañanas y la iglesia de madera se cerró.

No hay mercado. Cada semana, llegan camiones a comercializar productos de parroquias cercanas, pero antes de entrar, se desinfectan.

En Gualea, a dos horas de Quito, el control es más minucioso. “De aquí nadie entra y nadie sale”, fue la disposición de la autoridad local. Lo cuenta Washington Portilla, presidente de la Junta Parroquial.

Aquí viven 3 000 personas, y la mayoría se dedica a la ganadería y agricultura. Siembran verde, zanahoria, maíz y sábila. Además son productores de leche, quesos, panela y puntas.

La vía principal, que une a 10 recintos, tiene gran movimiento de camiones por lo que colocaron controles las 24 horas.

Con el apoyo de la Policía, de la Tenencia Política y de los presidentes de los barrios, instalaron los puestos. La comunidad colabora para dar el alimento a los voluntarios.

La parroquia ha invertido USD 5 000 en mascarillas, trajes, alcohol y químicos para desinfectar los camiones. Cada semana fumigan las calles.

En la entrada a Nono, hay un letrero que prohíbe el ingreso de personas al poblado. Foto: Digo Pallero/EL COMERCIO.

La cuarentena poco se siente tierra adentro. En la finca de los hermanos Portilla, como los trabajadores no están en contacto con extraños no utilizan trajes de seguridad. Cortar la caña es de por sí complicado y requiere esfuerzo, al igual que la siembra y cosecha de frutas, por lo que las personas que cumplen estas labores no se cubren nariz ni boca.

El primer contagiado en esta parroquia fue un hombre que, antes de que el brote del virus llegara a Quito, fue llevado a un hospital de la urbe para ser intervenido, pero la cirugía se postergó, el señor se contagió y hace tres semanas murió.

La vecindad formó una comisión para hablar con los familiares, quienes aceptaron estar en cuarentena y la cumplieron con la supervisión del pueblo.

En Nono (a 25 minutos al noroccidente de la capital) el día a día es similar. Al llegar al poblado la comunidad colocó un letrero que advierte que está prohibido el ingreso y que solo los residentes pueden pasar.

Allí viven 1 750 personas. La mayoría, las pocas veces que salen a las calles lo hacen protegidas, pero hay un grupo vulnerable que no. A algunos adultos mayores no les gusta usar mascarilla, y otros no tienen para comprarla. A inicio de semana, el Municipio visitó el poblado y entregó mascarillas a las personas de escasos recursos de este sector.

El ambiente no es el mismo en todas las parroquias rurales. Hay algunas que registran más contagios. Calderón, la zona mas habitada (400 000 personas) y la de mayor crecimiento urbanístico, es una de ellas.

Rosa Salazar, presidenta del GAD, asegura que como gobierno han realizado varias actividades como campañas de educación, prevención, desinfección de vías, entre otras.

Se han reunido con los 400 dirigentes de la zona para trabajar y han destinado el 5% del presupuesto, es decir USD 98 224 para todas las labores de bioseguridad y ayudas.

En Pomasqui, la zona con más movimiento es la que rodea a la vía principal: la Córdova Galarza. Hay comercios y ventas ambulantes que forman aglomeraciones.

Expertos en epidemiología proponen, justamente, que la reactivación del Distrito debe empezar por estas zonas rurales alejadas, siempre y cuando en las últimas tres semanas no hayan presentado muertes ni nuevos casos.

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