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Conductores lidian con la informalidad en vías congestionadas

En la Eloy Alfaro y 6 de Diciembre un conductor se niega a que le limpien el vidrio.

En la Eloy Alfaro y 6 de Diciembre un conductor se niega a que le limpien el vidrio.

En la avenida Naciones Unidas, un joven pide colaboración entre los vehículos. Foto: Diego Pallero / EL COMERCIO

El ruido de los motores de los autos, los gritos de los ayudantes de los buses anunciando las próximas paradas, el sonido del pito cuando hay algún problema en las vías, no son los únicos elementos que distraen y afectan a los conductores.

En medio de los estresantes embotellamientos en el norte de Quito, otras voces se suman al ruido que no para. Este Diario lo constató el pasado miércoles 20 de marzo de 2019, en un recorrido entre las 09:30 y las 12:30, en siete intersecciones de 11 avenidas de la ciudad.

Esas voces son las más insistentes y vienen de quienes gritan “empanadas 2 por un dólar”, “selfies”, “agua helada”, “maní”, “papas”, “chifles”, “cargadores”, “jugo’e coco”, “colas”, “plumas” y un largo etcétera.

Para algunos, esos anuncios son un alivio, pues les permiten sofocar el calor de mañanas soleadas como la de ayer, con alguna bebida fría para calmar la sed. También ayudan a saciar el hambre, con alguna golosina o fruta mientras se pierde tiempo dentro del auto.

Johanna Vera dice que siente tristeza cuando ella no necesita lo que ofrecen los informales, y a la vez quiere ayudarlos. Pero es difícil hacerlo cuando la cantidad de personas que insisten en varias esquinas agobia a los conductores.

Según la edición 2018 de la tabla global sobre tráfico Inrix, en Quito se pierden 173 horas al año en medio de los atascos viales. Esa es la vitrina perfecta para quienes se dedican a labores informales en la ciudad.

Una botella de agua jabonosa y una herramienta de limpieza están entre los objetos más conocidos en los semáforos. Los portan personas que ofrecen un lavado rápido del parabrisas del auto a cambio de unas monedas. Para algunos, es una oportunidad de mejorar la visibilidad. Pero otros rechazan la oferta porque no tienen dinero a la mano, no necesitan el servicio o lo ven como un potencial riesgo.

En la Eloy Alfaro y 6 de Diciembre un conductor se niega a que le limpien el vidrio. Foto: Diego Pallero / EL COMERCIO

Fernando Oña cuenta que gasta entre tres y cuatro dólares al día en comprar productos en la calle o en limpiezas de parabrisas. Afirma que así siente que evita ataques de la delincuencia y viaja tranquilo.

En la avenida Amazonas y sus intersecciones con las avenidas Gaspar de Villarroel, Río Coca y El Inca, por ejemplo, existen puntos con numerosos vendedores y limpiaparabrisas. También hay personas que solicitan ayuda económica o alimentos, debido a que padecen enfermedades, han sufrido mutilaciones de sus extremidades o son migrantes.

Este Diario recibió ayer una queja, que señala que el martes un malabarista agredió a una mujer, cerca de un restaurante de comida rápida. La persona que relató el hecho dijo que los vecinos de la Jipijapa tienen un chat en el que comparten cualquier incidente. Según el testimonio, el año pasado hubo una gresca entre grupos de comerciantes informales en la intersección de la Amazonas con la Río Coca y, recientemente, otro en la Juan de Ascaray.

Ayer, en el semáforo de la av. Eloy Alfaro y 6 de Diciembre, un grupo de tres refugiados limpiaba parabrisas: Eduardo, John y Miguel, que vinieron de Buenaventura, Colombia.

Cuentan que hay personas que son “demasiado groseras y otras que son buenas, nos colaboran. Algunos nos esquivan y nos quieren lanzar el carro. Recibimos discriminación, nos dicen que volvamos a nuestro país”, relata Eduardo. Miguel señala que también hay gente que dialoga y se ríe con ellos o les regala dulces o comida.

Ellos se acercaban solos o en grupo a los conductores. En media hora, solo cuatro de las decenas de carros que se detenían en esa intersección les permitieron trabajar. Otros cerraban los vidrios o les pedían no hacer la limpieza.

En la av. Amazonas venden accesorios para los asientos y ventanas de los carros. Foto: Diego Pallero / EL COMERCIO

Este tipo de actividad suele molestar a algunas personas. Clemencia Cárdenas afirma que se pone “histérica”. Ella conduce de 10:00 a 17:00 todos los días y cuenta que se estresa por tantas ofertas en las vías. “Los vendedores ambulantes son demasiado: se cruzan, se enojan e incluso causan miedo. Dejo que me limpien el parabrisas a veces, porque me da pena. Sé que hay gente que no tiene nada y necesita, y cuando tengo dinero, les doy”.

La Agencia Metropolitana de Control señala que en las calles de la ciudad trabajan unos 11 000 comerciantes autónomos no regularizados y otros 4 700 con permisos. Y datos del INEC revelan que ocho de cada 100 personas residentes en Quito no tenían empleo en diciembre de 2018.

Elmer Mora tuvo que dedicarse al taxismo luego de quedar desempleado. Afirma que se le ha vuelto difícil conseguir trabajo. “Me molesta y a la vez me da un poco de nostalgia al ver que tanta gente anda en la desocupación”, dice, al referirse a las ventas que hay en puntos como la NN.UU. en su cruce con la av. De los Shyris y la República del Salvador o la América y Mariana de Jesús.

Por eso, cuando tiene sueltos y siente empatía con la persona que se acerca a su ventana, le paga entre 20 y 25 centavos para que limpie sus vidrios.