15 de February de 2011 00:00

En el bus, el pasajero está desprotegido

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Cada vez que Mariana Pullas se sube al bus, procura sentarse lo más cerca posible del controlador. Tiene miedo de ser asaltada.

Vive en Caupicho, en el sur de Quito, y todos los días utiliza la línea Marín-Caupicho para ir y regresar de su trabajo. Tiene 34 años, es de estatura pequeña y figura delgada, recordó que un viernes de enero tuvo que sentarse en un asiento de la última fila.

En la parada de Pueblo solo Pueblo se subieron dos tipos con mal aspecto, “usaban ropas anchas y gorras”. Uno de ellos se sentó junto a Pullas y el otro en el asiento de adelante. El desconocido la amenazó con un cuchillo que escondía debajo de la manga de la chompa. “Dame todo”.

Ella trabaja limpiando unas oficinas en el sector de La Mariscal y gana el sueldo básico. “Ese día se me llevaron USD 30 y no tuve para comer toda la semana”.

El jueves pasado, a las 20:00, la unidad 54 que cubría la ruta Marín-Caupicho estaba repleta. A esa hora, los usuarios tomaban el bus en La Marín y en la avenida Napo. Se escuchaba música rocolera. En la avenida Napo, a las 20:15, se subió Fausto Vásquez, un estudiante. Desde hace dos semanas, antes de subir al bus pone su teléfono en modo de vibrador, “por miedo a que me lo roben”.

Cristian Achig, conductor de la unidad, reconoció que dentro del bus ocurren asaltos esporádicos.

“Ya los tenemos identificados a algunos delincuentes, pero hay momentos que se suben sin que los veamos. No podemos hacer nada, porque luego vienen las represalias”, aseguró.

Desde hace pocos días, 33 policías metropolitanos viajan en los articulados del trolebús, de la ecovía y del metrobús. En grupos de tres, tienen la misión de detener a quienes intentan robar a los pasajeros. Eso es parte de un plan para dar más seguridad en el transporte público municipal, pero en los buses convencionales, los usuarios aún viajan desprotegidos.

Las operadoras de buses 21 de Julio y Bellavista llegan a los barrios San Juan, Toctiuco y La Chorrera, en el centro occidente de Quito. Los usuarios de estas dos líneas denuncian la inseguridad en el transporte y en las paradas, especialmente. Manuel Onofre, habitante del sector, contó que hay robos en la parada junto al mercado de Toctiuco.

Allí, desde las 19:00, el servicio de buses no es continuo. Eso ocasiona la aglomeración de pasajeros. “Hay robos y arranches por el amontonamiento de gente. Hay vendedores que se suben a los buses y obligan a la gente a comprar caramelos. Los taxistas no quieren subir hasta la parte alta”.Según los conductores, la zonas más peligrosas son entre San Juan y las siete paradas que hay hasta Toctiuco. El sábado, el chofer de una de las unidades, quien no se identificó, denunció que la mayoría de delincuentes se sube a los buses como vendedores. “No podemos impedirles que ingresen porque nos amenazan”.

Según la Policía, la mayoría de robos en los buses no se denuncia. La semana pasada Mayra N., de 25 años, y su novio fueron asaltados cuando viajaban en un bus. “Fue al mediodía. Subieron dos tipos que vestían ropa deportiva. Tenían trencitas”.

Uno de ellos avanzó hacia atrás, su enamorado volteó a verlo y el desconocido se enojó. “Veían si los pasajeros tenían relojes, anillos o pulseras. Fue horrible”.

El mayor Silvio Dávila, jefe de la Brigada de Delitos contra la Propiedad, aseguró que el delito más común que se da dentro del trasporte masivo es el hurto de objetos. La principal modalidad es aprovechar el tumulto para arranchar las cosas de valor, billeteras y celulares. “Los delincuentes también esperan que se queden pocas personas”.

A las 19:46 del jueves pasado, el bus de la Cooperativa Guadalajara avanzaba por la avenida Jorge Garcés, en el Comité del Pueblo. La instalación improvisada de negocios de comida, ropa, juguetes entre otros, hacía que el tránsito se vuelva más lento.

Los pocos usuarios que ocupaban los asientos de las últimas filas caminaron por el pasillo para ubicarse cerca de la puerta. La razón: el bus dejaba la transitada calle para tomar la Carlos Fortines, entrada a La Bota.

Eran las 20:15, cuando Vanessa Paredes, estudiante universitaria, se sentó sobre una colchoneta ploma que cubría el motor del bus. “Prefiero sentarme aquí que en un asiento, a esta hora el barrio se vuelve más peligroso. Las personas que se suben en la av. La Bota a vender caramelos son las que te roban” aseguró.

Ella vive en la calle Julio Yánez. Luego de que ella se baja del bus, Marco T., chofer de la unidad, cierra las puertas. “ Es para evitar que se suban a pedir dinero a los usuarios. También acelero más. Esto solo se puede hacer en la noche, porque en la mañana es imposible impedir que se suban”.

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