28 de July de 2012 00:02

El arte en la calle rompe la rutina

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A las puertas de la noche, los murales de las calles De Los Pinos y Eloy Alfaro, frente a Solca, adquieren matices desmesurados. Se ingresa a un túnel de fantasías. Oníricas. De ternura y pesadilla.

En estos 300 metros de pared, un gigantesco lienzo, late el arte de la calle: abstracto, neofigurativo, feísta y, ante todo, irreverente y contestatario a todo poder.

Los pintores del grupo quiteño Detonarte (DNA) plasmaron, en el 2011, este proyecto.

Conforme la luna veraniega se agranda entre los árboles de pino y eucalipto, que flanquean la calle, los dibujos se tornan descomunales, integrados a la ciudad que se apresta a descansar de otro día fatigado, caluroso, de ruidos sinfín; urbe caótica en la que cada habitante va a cuestas con su única e irrepetible historia, talvez de fugaces alegrías e infortunios.

Coronado por el rótulo ‘Orar al raro’, un inmenso ratón, con rostro de niño, pisotea los edificios, en forma de cubos, de una ciudad.

La imagen -de tonos ocres y manchas . se destaca del resto por su marcado feísmo.

El ratón peludo y monstruoso, de 12 m de largo por 2 m de alto, es el monarca de la noche. Por la amplia vereda pasan los transeúntes apurados, mirando las figuras. En contraste se revela el dibujo del rostro blanco de un niño, ataviado con una capa verde.

El título es sugestivo: ‘El ángel verde y el ángel gris’. La cara de él es tierna, mas el perro que sujeta parece extraído de una ficción de pavor de Édgar Allan Poe.

Niñas arrebujadas en sus sueños, duendes, diablas; un tríptico de un pistolero pintado de negro con su Colt, ¡bang bang¡, seres sórdidos del infierno urbano y de las alcantarillas.

Las figuras, de colores cálidos y grises, se conjugan en esta zona de edificios de vivienda, de ciudadelas amuralladas, de decenas de ferreterías y boticas; y un tráfico incesante.

Aurelio Bastidas, empleado bancario, se dirige a su casa, en la calle De Los Guayacanes, hacia el oriente, al final de los murales.

“Los cuadros gigantes alegran la calle –dice- , me gustan las figuras de un pitufo y el del niño con cara de ángel”.

Un rótulo de neón con la leyenda ‘Tienda la salvación’ alumbra la calle de los murales.

Liz Espinoza, la propietaria, emigrante de Santo Domingo, atiende detrás de una puerta de gruesos barrotes, como de prisión. “Ya nadie está seguro”, se justifica. Le agrada el niño ángel. “El perro es horroroso”, sostiene.

Michael Navarrete, el hijo de 10 años y alumno del Colegio Técnico Don Bosco, escucha. “El pitufo es el más bonito, los otros son un poco feos”.

En la Eloy Alfaro, Danilo Viteri, de 19 años, ha concluido su tarea: repartir volantes para cursos infantiles de verano. “Las pinturas son geniales, en mi colegio hice figuras en contra de la violencia”.

Cerca, el guardia de Solca, Wilson Cedeño, oriundo de Tosagua, dice que la pared pertenece al complejo recreacional de la Aviación Civil. “Allí–explica- tienen canchas de basquetbol, vóley, índor, una guardería”.

El complejo ocupa una manzana. Cedeño, de 37 años, dice que las imágenes son una compañía.

Lleva 12 años de guardia en Solca. Pasadas las 19:00 del martes 24 de julio, el cielo sigue azul. La luna domina como el roedor en la urbe ficticia de cubos.

Ecuador, síntesis de color

En la mañana del miércoles 25 de julio, el sol abrasa. Un mural, de 25 m de largo por 4 de alto, da luz y alegría al parque de La Floresta, donde decenas de personas se arremolinan a saborear las ‘cosas finas’–mote con chicharrón, carne asada, morocho...

El mural, de tres espacios, simboliza la selva, expresada en el rostro de 2 m de un shuar; usa la corona de plumas rojas, negras y amarillas; se ven cascadas; en el del medio, un volcán y un colibrí -la Sierra-; en el último, las montañas de Quito, palmeras, y un grupo de casas del trópico.

Frente al parque está la tienda de María Tenenaula. Ella trabaja 20 años en el sector y confiesa que el mural, pintado por los chicos del Colegio Pitágoras, ha sido uno de los mejores que ha visto.

Los pasajeros que bajan a Guápulo miran la obra, en una pared de las calles Alfonso Perrier y av. De los Conquistadores. Fue hecha el pasado 9 de junio.

Darwin Tipán, quien despacha en Pika Rico Pan, un negocio frente al mural, dice que este quiebra la monotonía y tristeza de los caminantes. “Se detienen y sonríen al reconocerse en los colores de nuestro lindo país”.

Ellos juegan al crear

Al mediodía del jueves 26 de julio, un grupo de grafiteros jóvenes está a punto de concluir una obra más personal y familiar -iniciales de sus nombres y geometría diversa. El sitio: calle Tortuga e Isabela, Jipijapa.

Los envases de spray van de mano en mano. Dirigidos por Luther Delgado, un grafitero de 21 años y dueño de la tienda Octopuz (Grafstore), en El Caracol, se afanan en el sopor del verano.

Sus nombres y apodos: Doger, Flow y Marco Arias. “Así me expreso y soy feliz”, sostiene Flow, alto y desgarbado.

Arias, de 16 años, resume sus motivos: “En vez de dedicarnos a vicios, pintamos en vacaciones, muchos vecinos nos confunden con pandilleros, no es así, estamos en el camino del arte”.

La Y es otro sitio del mural. En agosto del 2009, el reconocido pintor Washington Mosquera creó allí un mural de 240 m².

Es una bella alegoría, en seis paneles, de la emancipación. Mosquera, gran dibujante y creador de ámbitos fantásticos, se queja por el deterioro de su obra.

“Duele. Es como que si le maltrataran a un hijo tuyo; al león, símbolo del poder ibérico, le han lanzado aceite quemado, la gente no colabora con el arte en la calle, que triza la rutina de la ciudad y la embellece; unos vándalos acaban con las obras”.

Mosquera, quien dice que el arte callejero despuntó hace 4 años, pide al Municipio que auspicie una intervención. En 20 figuras repasa la historia del país naciente: desde Manuela Sáenz, un corajudo Rumiñahui, y La Torera, figura de la ciudad de tradiciones.

A su vez, Miguel Betancourt, otro reconocido artista quiteño y viajero del mundo, califica al arte de la calle como lúdico y liberador. “No solo lo practican los jóvenes, también los adultos, es una actitud vital en favor del arte”.

Betancourt participó en la muestra de los colibríes, el ave símbolo de Quito. No imaginó que iba a tener tanta acogida en las calles de Quito, Guayaquil y Cuenca. No olvida el arte en la plaza Trafalgar Square, corazón de Londres.

Los artistas pintaban sus obras perdurables en la histórica plaza.

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