30 de August de 2011 00:01

El arquitecto cuya pasión son las cámaras fotográficas

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Marco Bahamonde Cabezas no es un excéntrico. Tampoco alguien que ha perdido la chaveta. Peor aún una de esas personas que husmean hasta en los mercados de pulgas, buscando objetos valiosos y baratos para revenderlos a precio de oro .

No, Marco Bahamonde es, simplemente, un coleccionista. Selecto, exigente y obstinado, eso sí.

Lo que pasa es que este espigado, delgado y pelícano sesentón no colecciona llaveros ni cajas de fósforos, tampoco recuerdos de matrimonio. Lo que reúne son cámaras fotográficas. De todos los modelos y de todas las marcas. Desde las de cuerda y manga hasta las digitales más avanzadas.

Ese pasatiempo costoso es lo que sorprende a muchas personas, explica su colega, el arquitecto Iván Cattani, quien aplaude y admira las más de 100 cámaras fotográficas que posee su amigo.

Otros piensan que, por su costoso ‘hobby’, es un millonario. Lo que tampoco es verdad. Bahamonde es un hombre acomodado que, muchas veces, “ha realizado verdaderos sacrificios económicos por conseguir un modelo especialmente raro”, explica su compañera de toda la vida, Mireya Acosta. Ella lo conoció cuando apenas tenía 15 años en una fiesta de su mejor amiga.

“El encuentro fue como un flash que terminó en matrimonio... Hasta ahora”, cuenta la dama, mientras afirma que apoya sin reservas el pasatiempo de su cónyuge. Actividad que también aceptan los hijos de la pareja, Érika y Paúl, aunque solo este último muestra interés en continuarlo.

Érika estudio para chef en la Universidad San Francisco de Quito y Paúl producción de radio y televisión en el Instituto Cuesta Ordóñez. Ninguno de los dos sacó esa pasión por las cámaras, aunque gustan de tomar fotos.

Costoso sí es, admite Bahamonde. La que más esfuerzos y dinero le demandó fue una Mamiya, por la cual pagó 12 000 sucres, en el tiempo de la compra, un dineral. La cámara que inició la serie, una Zeiss Icon alemana de 1930, también costó lo suyo (500 sucres). Eso sucedió hace 20 años.

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Aunque siempre le gustó la fotografía, fue cuando trabajaba para el Instituto de Patrimonio Cultural (IPC) y tuvo que realizar un inventario de los bienes existentes en el Castillo Larrea, en la av. 12 de Octubre, cuando despertó en él la obsesión del coleccionista.

Carlos Manuel Larrea poseía una colección de cámaras fotográficas única, rememora Bahamonde como en un ‘flash back’. “Luego de muchas solicitudes me cedió parte de ese tesoro”.

Fue el inicio. Las otras cámaras y filmadoras fueron acomodándose poco a poco en las dos estanterías que posee en la sala de su casa en El Batán. Y desde allí retan con sus cíclopes ojos de cristal pulido a todos quienes tienen la suerte de admirarlas. “Algunas son regalos. Otras fueron adquiridas en anticuarios. Otras más las obtuve casi por casualidad”.

Lo cierto es que la colección tiene ejemplares muy valiosos. Unos clásicos e icónicos (como la Nikon F3), otros raros (como la Minox para espías) y algunos superespecializados (como la Nikonos V, que fotografía dentro del mar).

La Minox para espías, por ejemplo, es una minicámara de 10 cm de largo que fue usada con profusión por los espías en la Segunda Guerra Mundial.

Es una cámara con sistema de rastrillo y puede realizar muchas tomas seguidas, explica Bahamonde con autoridad.

Hay cámaras de cintura, como la Kodak Brownie, que enfocan precisamente desde esa parte del cuerpo. También hay filmadoras de cuerda, como la suiza Bolex o la francesa Francine Pathe. Tampoco faltan las primeras instantáneas como las ahora ya obsoletas Polaroid. Ni las Konica, Rolei, Minolta o Mamiya.

Las cámaras de cintura también son curiosas. ¿Por qué? porque enfocan colocadas en la cintura de la persona que las opera. Esta observa y enfoca desde su cabeza. Para eso, explica Bahamonde, se debe tener un buen pulso y una “mirada de águila”.

“Y ya le puse el ojo a otra preciosa cámara antigua, otra clásica”, afirma Bahamonde mientras enfoca hacia el Pichincha con una Voigtlander Braunsch Wieg Heliar 4,5. “Alemana, por supuesto, y que nunca falla”.

HOJA DE VIDA

Marco Bahamonde Cabezas

Su experiencia. Nació el 25 de diciembre de 1951, en Quito. La escuela la estudió en La Salle y el colegio en el San Pedro Pascual. Se graduó de arquitecto en la Universidad Central en 1981.

30 años de profesión. Trabajó en el Instituto de Patrimonio Cultural y el Museo del Banco central. Hoy es contratista del Municipio de Quito y, habitualmente, colabora con el Instituto Metropolitano de Patrimonio (IMP), antes el Fonsal.

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