7 de July de 2012 23:58

En 40 años, se levantó la metrópoli

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Quito dejó su recato y timidez de ciudad chica para convertirse –en la década de los setenta- en una urbe bullanguera y cosmopolita.

Rompió los estrechos límites del Centro Histórico, siempre bello y enigmático, para crecer hacia el norte, el sur, y hacia las laderas occidentales.

El motivo: el petróleo, la inusitada y formidable riqueza, que empezaba a ser exportado.

El pasado 26 de junio se cumplieron 40 años de la exportación del primer barril de petróleo desde Balao, Esmeraldas.

La incipiente clase media -profesores, militares, burócratas, pequeños y medianos comerciantes- se fortaleció; los sueldos se duplicaron y el consumo aumentó.

Según Mario Paz y Miño, asesor económico, esta década fue positiva para los empresarios y nuevos comerciantes que aprovecharon las oportunidades financieras que se ofrecían.

“El consumismo se incrementó, asimismo los viajes al extranjero por las facilidades del Banco Central para el cambio de la moneda (1 dólar equivalía a 25 sucres)”.

“Se impulsó -dice Paz y Miño- la educación y la salud. Se invertía más en hospitales, educación, electrificación, las FF.AA. se modernizaron”.

El general Guillermo Rodríguez Lara, gobernante en esa época, abrió la válvula de Balao.

Ahí dijo que se inauguraba una nueva era de progreso para el Ecuador, pero no se podía solo depender del petróleo, sino de un crecimiento de la agricultura, de la industria, electrificación, etc.

Si Esmeraldas armó su farra, Quito hizo la suya. Siempre curiosa, ‘novelera’, y creativa a la hora de forjar las ‘bolas’ o rumores, en los cafés de moda -como el Madrilón y el Royal-, la ciudad saludó la llegada del petróleo. Por las estrechas calles céntricas y por la ancha avenida10 de Agosto, desfiló el primer barril de petróleo, cuatro días después del festejo en Balao. En 1971 se construyó el Centro Comercial Iñaquito (CCI), en una amplia pradera de bosques, de incipientes casas en El Batán, cerca del estadio Olímpico.

La Favorita, una tienda de víveres, se trasladó desde la Plaza de San Francisco a la av. Amazonas, la flamante vitrina para los jóvenes, y se convirtió en un supermercado similar a los de EE.UU., que la gente veía en los novedosos televisores a colores.

El Hotel Colón se levantaba frente a El Ejido y después los jóvenes y los oficinistas petroleros bailaban en la primera discoteca quiteña, La Licorne.

Los muchachos, con pantalones acampanados, zapatos de plataforma, chalecos ceñidos, y patillas abultadas. Ellas, de coquetos moños, minifaldas seductoras y botas de cuero.

Emilio Suasnavas, un dueño de un ‘minimarket’ de La Mariscal, sonríe con sus tres hijos cuando mira esas fotos. “Parece que los quiteños asistiéramos a una fiesta de disfraces, los pantalones eran celestes, verdes, amarillos”.

La Mariscal, que se quedó en la fiesta perpetua, se llenó de galerías. En un recodo de la Amazonas se abrió la galería Goríbar; en la Juan Rodríguez, La Galería; Las Artes, en la casona de la 6 de Diciembre; la Altamira; la Charpentier, que vendía ‘guayusas’.

“La adquisición de obras de arte era desenfrenada”, dice el conocido escritor Marco Antonio Rodríguez. “Los artistas trabajaban a contrarreloj para crear obras que demandaban los nuevos ricos”.

Copiando a los gringos apareció La Fuente (6 de Diciembre y Orellana), repleta de jóvenes ansiosos de un ‘milk shake’ o un ‘hot dog’. Se construyeron las ciudadelas Rumiñahui y La Ofelia, en el norte, y la Mena 1, en el sur.

Sergio Rosero vive en El Batán desde hace 55 años. Evoca las imágenes de una pequeña ciudad ambiciosa, de apenas 597 133 habitantes, según el censo que el INEC llevó a cabo en 1974. Rosero recuerda que su barrio estaba poco habitado, eran extensos potreros y bosques.

Hace 40 años comenzó la metamorfosis de Quito. Y continúa por los cuatro costados y los valles.



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