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37 heladeros cuidan la tradición

El vapor que sale de un bloque de hielo seco se ve a tres metros. Conos con una porción de helado de guanábana reposan sobre él, en el cochecito que está junto a la puerta de la Escuela Sucre, en las calles Sucre y Montúfar.Héctor Haro, de 80 años, coge más helado del balde de plástico que está dentro de su cochecito de madera pintado de blanco y celeste. Lo apoya en el hielo seco, le da una forma cónica y lo deja allí. “Qué dice, vecinito”, le saluda un transeúnte. “Póngame unito”.

El heladero luce un mandil blanco y un gorro blanco con visera negra. Toma el helado, lo sumerge en una tarrina que contiene arrope de mora y se lo entrega. El cliente lo saborea despacio. “¡Qué buenos que son estos heladitos!”, dice. Paga los USD 0,25 y sigue caminando.

Haro nació en San Alfonso, Chimborazo, pero vive en Quito desde los 10 años. No recuerda cuándo fue exactamente que empezó a preparar los helados de paila, pero cuenta que fue en Riobamba donde aprendió la receta. “En ese tiempo hacíamos con hielo de agua. Se le saca las pepas a la guanábana, se hace el jugo, se le pone el huevo y el azúcar y se mezcla en la paila”.

Lleva 60 años ofreciendo los deliciosos helados en la esquina de la escuela. “Sí vendo, gracias a taita Diosito. Más es a la hora de la salida de los guaguas. Ya me conocen”, asegura. Comparte la esquina con un lustrabotas y con vendedores de dulces y periódicos.

Don Héctor, como le dicen sus vecinos, es parte del Sindicato de Heladeros, que tiene su sede en el sector de El Pintado. Allí se reúnen una vez por mes. No recuerda con exactitud cuántos heladeros eran cuando él empezó a trabajar, pero cree que más de 200. Ahora son 37 socios.

“Somos poquitos ya. Los compañeros nos han ido botando, se han ido al otro mundo”. Dice que a muchos les gustaba tomar, pero que ahora hay controles de los mismos socios, para cuidar su imagen. “Tenemos que vender aseados, con educación. Hay que atraer al cliente, no espantarle”.

Actualmente, Angélica Colombo es la presidenta del Grupo, que tiene sede desde la prefectura de Fabián Alarcón (1984-1988). También recibió apoyo del gobierno de León Febres Cordero.

Arsenio Guamán tiene su carrito en la Guayaquil y Briceño, afuera del Banco Central. Fue funcionario del Registro Civil, pero luego optó por los helados. Recuerda que los heladeros hicieron una minga para construir su sede.

Al contrario de muchos de sus compañeros, no vende únicamente helados de guanábana. Ayer ofreció helados de frutilla, por USD 0,50. “No se puede vender a menos, la fruta está cara y hay mucha competencia con los Bon Ice y los helados de palo”. Por eso ofrece variedad. En su puesto se puede probar, dependiendo del día, sabores como naranjilla, mora, guanábana o ron pasas.

Sus nueve hijos le han pedido que deje de trabajar, pero él no quiere. “De gana me voy a ir. Aquí se ve gente, se conversa, a veces con cólera, a veces con risas y a veces con gas lacrimógeno”. Cuando el edificio del Congreso se incendió, los diputados sesionaban en el Banco Central y las ‘bullas’ llegaban a la Guayaquil. “Una vez tocó salir corriendo por las bombas y las piedras, me tocó dejar botando el carrito, pero luego le encontré ahí mismo, enterito”.

En la Plaza de San Francisco hay cuatro heladeros ofreciendo los tradicionales conos. En la esquina de la Sucre y Cuenca está Lidia Guaita, desde hace 15 años. Su tío Víctor Manuel Escobar le heredó el coche. Su hermano trabaja en la esquina de la Bolívar, con el carrito que le dejó su padre, Francisco Guaita.

Ella vende helados de diferentes precios. Da porciones de USD 0,30, 0,25 y hasta de 0,15 para los niños que tienen menos dinero para comprar la refrescante golosina. Ayer hacía frío en Quito.

Aunque la venta bajó para los heladeros por el clima, no faltó el goloso que abrigado bajo su chompa se animó a probar un helado y endulzar el paladar.

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