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La avenida 10 de Agosto es cuna de comerciantes

Por esta avenida circulan varias líneas de bus urbano; van hacia el sur y norte de la ciudad. Foto: Carlos Noriega / EL COMERCIO

La avenida 10 de Agosto representa más que un camino para cualquier quiteño. Por ella transitan a diario miles de personas y 140 000 vehículos cada mes. 

Al caminar por las amplias veredas se pueden ver desde los juguetes más novedosos hasta oler sabrosa comida tradicional. Igualmente, quienes pasan por ahí aprovechan para comprar las frutas de temporada o los periódicos que se vende en varios quioscos. 

Adela, por ejemplo, vende golosinas, agua y algún bocadillo a los transportistas que pasan por el puente de El Guambra. Conoce bien a sus vecinos y clientes y ha visto crecer a la ciudad hace casi medio siglo. 

La avenida se nombró por la fecha del Primer Grito de Independencia. Se extiende desde la calle Briceño, en el sector de San Blas, hasta la avenida El Labrador. Su longitud total es de 7,17 kilómetros y por ella circulan varias líneas de bus urbano y el articulado Trolebús

De acuerdo con el cronista de la ciudad, Patricio Guerra, los parques de La Alameda y El Ejido correspondían a los Ejidos de Añaquito en la época colonial. En ese tiempo, los otros terrenos del sector eran propiedad del rey.  

Ya con la creación de la República, se poblaron los sectores del norte, durante los últimos años del siglo XIX y principios del XX. El objetivo de la avenida, empedrada en sus orígenes, era unir a la ciudad con el poblado prehispánico de Cotocollao.   

“La 10 de Agosto, con la presencia del aeropuerto, se convierte en una especie de eje vial principal”, añade. Con la construcción del proyecto se instalaron en la zona instituciones educativas, financieras y un sinfín de comercios. 

En las décadas de los 70’s y 80’s del siglo pasado, el flujo vehicular creció y propició la construcción de pasos a desnivel. Hoy existen cuatro: Orellana, Eloy Alfaro, La Prensa y Galo Plaza.  

Los años setenta fueron claves para el crecimiento de la ciudad. En esta época se construyó el edificio Benalcázar Mil, de 22 pisos, que fue por años en el más alto de la ciudad. Al mismo tiempo se alzaba, a unas cuadras al norte, el intercambiador del puente de El Guambra, que proyectaba las nuevas necesidades de movilidad de la urbe.

En 1972, por esa calle desfiló el primer barril de petróleo extraído en la Amazonía ecuatoriana. Junto con el presidente Guillermo Rodríguez Lara, este fue trasladado desde la Plaza de Santo Domingo hasta el Templete de los Héroes, en el colegio militar Eloy Alfaro, donde permanece hasta hoy.  

Uno de los primeros transportes eléctricos de Sudamérica se mueve por la avenida, que hoy luce completamente pavimentada. El Trolebús fue inaugurado en 1995 y amplió sus rutas a lo largo de los años. Actualmente, llega a la estación norte de El Labrador, donde acaba la 10 de Agosto.  

Los negocios que funcionan en la avenida, sus propietarios y trabajadores han construido una de las zonas comerciales más grandes y transitadas del Quito moderno. Algunos son nuevos y otros llevan décadas siendo testigos silenciosos del crecimiento y cambio de la urbe.  

Guerra explica que el sector centro–norte se convirtió en una zona residencial y en sede para instituciones financieras y negocios. Mientras tanto, el sur quedó relegado para las viviendas de los obreros. 

“Ha sido un ícono; ha sido una vía que representa el desarrollo de Quito”, reflexiona el cronista. Cataloga a la 10 de Agosto como un punto estratégico y el más importante hasta la aparición de avenidas como la 6 de diciembre, Amazonas y América, en la década de los 80’s.  

Su importancia vial y comercial también coincide con su función social. La avenida ha sido históricamente escenario y ruta de movilizaciones. Al ser la que conduce al centro, donde reposa el Gobierno Central, ha presenciado movimientos importantes de rechazo político.  

Una de las movilizaciones más importantes fue en 1997, cuando una turba accedió por ese paso al Palacio de Carondelet para derribar al presidente Abdalá Bucaram. Desde entonces, la zona ubicada frente al parque El Ejido es un punto de encuentro con una fuerte carga simbólica de la ciudad y el país.  

Historias

‘Yo estoy aquí antes que el puente de El Guambra’ 

Adela de Vega tiene 67 años, cinco hijos, 11 nietos y un bisnieto. Lo cuenta feliz mientras atiende su pequeño quiosco bajo el puente de El Guambra.   

Antes que haya el puente que hoy pasa por encima de su cabeza, ella ya vendía “la auténtica salchipapa” a lo largo de la calle. “Sufrimos mucho porque nos llevaban (detenidos) con todo y mercadería a pasar la noche en la Comisaría”, recuerda.  

Se casó muy joven. Tenía poco menos de 15 años cuando se fue con su esposo, dos años mayor. Ambos vendían en la calle hasta que, no recuerda en qué año, el Municipio le dio esa estructura para trabajar.  

Quedó viuda antes de los 40 años y está orgullosa de haber formado a sus hijos con su trabajo en aquella caseta. Hoy todos han hecho su vida, pero no la olvidan. La visitan y ayudan en sus actividades. El mayor ya se jubiló y el segundo atiende un espacio similar a unos pasos de ella.  

Recuerda que la llegada del Trolebús significó un cambio en la afluencia de gente. Algunas líneas de buses desaparecieron y otras fueron redireccionadas. Entonces las ventas disminuyeron un poco.  

Hoy tiene temor de que lo mismo ocurra cuando el Metro entre en funcionamiento. Se aflige al pensarlo, pero se niega a retirarse de esa trinchera donde ha transcurrido su vida.  

‘La delincuencia está presente y, aunque vengan las autoridades, no se van’  

José Sanguño, de 66 años, y su esposa Lupe Vásconez, de 69, tienen su vidriería bajo el paso a desnivel de la avenida 10 de Agosto y Orellana desde 2004. Desde entonces han visto cambiar a la ciudad.  

“Hay más carros, pero menos gente”, lamenta la pareja. Eso ha provocado que prescindan de trabajadores que atendían en su local.   

Durante la pandemia han visto reducidos sus ingresos hasta en un 90%. "Muchos de los días venimos y no tenemos venta", reconoce Sanguño.  

Tienen tres hijos adultos que ya no dependen económicamente de sus padres. Eso les da un alivio a la hora de trasladarse a su negocio desde La Magdalena, en el sur capitalino.  

Un problema que han visto agravarse es la delincuencia. Frente a ellos habitan personas en pequeñas covachas, también bajo el puente.   

Vásconez cuenta que las autoridades llegan a desalojarlos, pero "más se demoran en mandarles que ellos en volver". Cree que eso influye también en que cada vez lleguen menos clientes.  

En su local venden e instalan todo lo relacionado a vidrios, aluminio, ventanas y otros accesorios. Su anhelo es recuperar la clientela que tuvieron alguna vez.  

En un recorrido de este Diario se pudo constatar que locales comerciales alrededor están cerrados y al menos una docena tienen letrero de "se arrienda". La zona, que alguna vez fue comercial, hoy trata de recuperarse para la subsistencia de los comerciantes.   

‘Nada ha cambiado; lo que sí es que cada vez pasan más carros’  

Alexandra Calderón atiende su local de repuestos de vehículos a diésel desde hace 14 años. Su negocio está en uno de los extremos de la avenida 10 de Agosto. Frente a ella se levantó el paso a desnivel de la Galo Plaza. Así se denomina al último tramo de la calle que llega hasta el extremo norte de Quito

Haciendo memoria, no cree que la ciudad haya cambiado drásticamente. Lo que sí destaca es el aumento de vehículos que circulan por esa arteria vial. Al mismo tiempo, los accidentes de tránsito que son más frecuentes por un trozo de cemento que divide los carriles y confunde a los conductores.  

Desde el mostrador ha visto “volar” a motociclistas y autos que pierden el control al maniobrar para esquivar esa división.   

En términos económicos, se alegra de que las cosas estén volviendo a la normalidad. Admite que sí ha visto su negocio cambiar a lo largo de los años.  

“Al principio había pocos almacenes de repuestos; hoy toda la cuadra está llena", asegura. Su fortaleza es que los clientes la conocen y llegan directamente a comprar ahí.  

La idea del negocio nació con su esposo. Él trabajaba en el medio y conocía de las herramientas y accesorios necesarios.  

Tiene dos hijas grandes. La mayor ya es independiente y trabaja en su propio negocio, ubicado junto a ella. La menor ayuda a organizar los productos del local comercial y atender a los clientes en los días libres.  

Aunque en la pandemia se redujeron drásticamente las ventas, hoy siente casi normalizado el trajín.   

‘Los vecinos de aquí somos históricos’  

Beatriz Caranqui, de 54 años, vende mote con fritada, hornado y chicha en la esquina de la 10 de Agosto y Corea. Todo el que pasa por ahí hace una pequeña parada para saludarla y, algunos, para ir comiendo.  

Ella empezó con un canasto en ese lugar hace 36 años. Su motivación: sus tres hijos, a quienes les dio los estudios con la venta del tradicional platillo.  

"Cuando yo llegué había un solo edificio; lo demás era postreros", recuerda con nostalgia. De sus vecinos, la mayoría han muerto y van quedando solo las generaciones más jóvenes.   

En estos años destaca cómo la ciudad ha crecido hacia el cielo. “Hay más edificios, más personas y más seguridad”, dice. En esa calle la gente transita segura y todos se cuidan entre sí, cuenta ´Bachita´ como la conocen con cariño.  

Para ella es lo primordial para que los clientes lleguen a comprar. No piensa retirarse pronto. "Trabajaré hasta que Dios me dé salud y vida", declara.  

Lo que caracteriza al sector es la unión entre vecinos. Todos se conocen y la gran mayoría han probado su sazón inconfundible.   

Bachita recuerda con un poco de dolor cuando “los municipalesle quitaban su canasto. “Fueron épocas duras”, admite. Pero como todo mal se supera, ella logró conseguir el permiso hace unos años y fue capacitada por la Agencia Distrital de Comercio para mejorar el proceso de preparación y venta de la comida.

‘Aquí empezó nuestro proyecto, pero ahora estamos abandonados’

Luis Valencia tiene 63 años y permanece de lunes a sábado en un pequeño puesto de venta de diversos artículos al pie del edificio Benalcázar Mil. Está ubicado en una hilera de estructuras iguales sobre la calle Riofrío, ocupada por 30 comerciantes.

Él trabaja en ese lugar desde 1993, cuando tenía una pequeña mesa de madera y vendía cromos y álbumes del personaje de moda. “Esta calle era conocida por eso (la venta de cromos). Todos venían a comprar y se quedaban a intercambiar los repetidos”, recuerda.

Con el paso del tiempo se organizaron para construir, con sus propios fondos, el pequeño complejo comercial. La calle se cerró en los 90’s por los constantes accidentes de tránsito y quedó para tránsito peatonal, cuenta Valencia.

El cambio más grande que ha vivido ha sido la llegada del Trolebús. Con ese sistema de transporte se redujo el número de personas que caminaban por este sector.

Con ello, poco a poco, los compradores se han reducido notoriamente. Él sigue abriendo con la fe que le deja el negocio que permitió educar a dos hijos. También “chauchea” con uno que otro trabajo de carpintería mientras espera paciente por alguna venta en el día.

En esa calle se vende desde comida hasta perfumes. “Pido que la gente no nos olvide y vengan a visitarnos”, añade.

Hoy se dedica a vender discos de música o películas, algunos artículos de bazar y los clásicos cromos, aunque solo en épocas populares. Para el Mundial de fútbol espera tener la visita de los clientes que se han ido perdiendo con el tiempo. 

“Estamos esperanzados en el Mundial para vender”, dice sin quitar la tranquila expresión de su rostro que antes contempló a generaciones de niños que se sentaban a pegar los cromos en su álbum favorito.

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