8 de septiembre de 2019 00:00

Un túnel de 1706 se abrió en el monasterio de El Carmen Bajo

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Betty Beltrán

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El Centro Histórico de Quito tiene un entramado inigualable de túneles y pasadizos en los que se gestaron innumerables leyendas. Muchos de esos espacios oscuros permanecen inexplorados, pero desde el pasado jueves uno de ellos -tras su rehabilitación- fue abierto.

Es el que cruza las entrañas del monasterio de El Carmen Bajo, ubicado en las calles Venezuela y Olmedo. El complejo arquitectónico carmelita se extiende sobre unos 5 400 metros cuadrados, y deja ver dos claustros de dos pisos: el de los Naranjos y el de la Magnolia.

El túnel salió a la luz para celebrar los 350 años de la fundación de la primera comunidad de la Orden Carmelitas Descalzas en Latacunga (8 de septiembre de 1669). Pero también para conmemorar que hace 41 años, un 8 de septiembre de 1978, la Unesco declaró a Quito como Patrimonio Cultural de la Humanidad.

Para festejar esos dos hechos, se presentó una exposición fotográfica sobre la vida cotidiana de estas religiosas que echaron raíces en Quito, tras el terre­moto que destruyó su casa en Latacunga, en 1698. También hubo un recorrido guiado por el pasadizo de piedra.

Esa estructura data de 1706, año en el cual las carmelitas lograron instalarse, de forma definitiva, en el lugar que actualmente ocupan (Centro de Quito). A la fecha, allí viven 11 religiosas de vida contemplativa.

La entrada del paso está en la Venezuela; tiene algo más de 30 metros en sentido oriente-occidente, y de ahí vira al sur para formar un sistema de bóvedas sobre anchos muros y columnas de piedra vista con cal; está a 3,50 metros de profundidad desde el nivel de la calle.

Aquello se hizo, indica Franklin Cárdenas, director de Ejecución de Proyectos Patrimoniales del Instituto Metropolitano de Patrimonio (IMP), para resolver el gran desnivel del complejo conventual. Ese sistema constructivo fue propio de las edificaciones del Centro, hacía 450 años.

Dentro del túnel hay una recreación de cómo las religiosas guardaban los alimentos. Foto: Betty Beltrán / EL COMERCIO

Dentro del túnel hay una recreación de cómo las religiosas guardaban los alimentos. Foto: Betty Beltrán / EL COMERCIO

En el caso del túnel de El Carmen Bajo, casi enseguida le dieron uso: para que las mulas que llegaban cargadas de alimentos puedan ingresar directo de la calle Venezuela camino a la Manabí. Además, acota Raúl Codena, coordinador del IMP, para que las religiosas mantuviesen su vida contemplativa.

Con el paso del tiempo, aquel espacio se cerró y nadie más supo de él. Hasta que, hace un año, el padre carmelita Carlos Alberto León se propuso hacer el libro ‘Desde las entrañas de El Carmen Bajo’ y preguntó sobre las bases del monasterio.

Pero ninguna hermana le dio razón y comenzó a abrir aquellas puertas que estaban cerradas con candados y cadenas corroídas por el tiempo. Tras la apertura de una de ellas se encontró con el túnel, que ni siquiera las religiosas con 60 años viviendo allí sabían que existía.

Cómo saberlo si -como subraya el padre León-, ni en las actas de la comunidad escritas en el Libro del Becerro (se llama así por el material que cubre el ejemplar), se mencionaba ese espacio. Esa bitácora se redactó entre 1669 y 1869.

El sistema constructivo de El Carmen Bajo, definido por las arquerías de descarga de piedra o de ladrillo y túneles, se replicó en otras edificaciones religiosas del Centro Histórico e incluso en las casas grandes y pequeñas.
Aquellos túneles por doquier, cree el cronista de la ­Ciudad, Patricio Guerra, dio pauta para que en el imaginario de la gente se crea que se levantaron para encuentros furtivos de los amantes. Pero -agrega- eran incluso para airear las humedades del lugar y desalojar las aguas lluvias.

Los ejemplos de esas estructuras abundan. Están bajo la iglesia de La Compañía, con dirección este; también en el templo de San Francisco, entre la capilla de Villacís y la nave central. No se quedan atrás las bocas de aireación del convento de Santo Domingo y del Hospital de la Real Misericordia.

Una cimentación parecida se observa incluso en el último patio de la Casa de Sucre (Venezuela 573 y Sucre); y en la Casa del Higo (García Moreno 7-37 y Manabí) son visibles unas arquerías de descarga.

Hay más ejemplos de esos lugares impenetrables. En el ala norte del actual Centro Cultural Metropolitano, donde antiguamente funcionó la Universidad Central del Ecuador, hay varios túneles por donde los estudiantes, tras las revueltas, escapaban de los policías.

Actualmente, hay algunas propuestas para incorporar esos pasadizos a rutas teatralizadas y mostrar a ese Quito mágico y fantasmagórico, indica Guerra; sin embargo -añade- antes de ­activar esos proyectos es necesario rehabilitarlos, tal cual hizo el IMP con el paso de El Carmen Bajo.

Porque, como asegura Cárdenas, ahí está el valor intangible de los monasterios, conventos y casas del Quito antiguo. Allí está el alma de cada predio.

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