24 de noviembre de 2019 00:00

Los primeros agricultores de Quito, en Cotocollao

Restos de un asentamiento humano antiguo, anterior a los Incas y a los Quitus.

Restos de un asentamiento humano antiguo, anterior a los Incas y a los Quitus.

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Redacción Tendencias

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En el norte de Quito, en una parroquia rural que se convirtió en urbana por el crecimiento de la ciudad, se encuentran los restos de un asentamiento humano antiguo, anterior a los Incas y a los Quitus.

Este está adosado al volcán Pichincha, regado por riachuelos que en su día transportaron suficiente agua como para abastecer las necesidades de sus habitantes.

Es la denominada Fase o Cultura Cotocollao, sitio poblado entre los años 2000 a.C. y 500 d.C. Los vestigios arqueológicos muestran que fueron casas asentadas sobre terrazas de cangahua, en un área de 800 por 350 metros.

El descubrimiento lo hizo el arqueólogo padre Pedro Porras, en 1974, cuando la zona no se había urbanizado y era un tupido bosque de eucaliptos. Al cortar algunos de ellos y arrancar sus raíces, los agricultores del lugar dieron cuenta de la presencia de cerámica antigua en la zona.

El arqueólogo padre Porras acudió al sitio y notó el buen estado de la cerámica, que se había preservado bien gracias a que el terreno era seco y bastante arenoso en la superficie.

Este, además, descansaba sobre capas de arcilla negra y de ceniza volcánica de tono claro -llamada ‘pugshi’ por los indígenas de la zona- o de cascajo en el que abundan restos de piedra pómez, producto de pasadas erupciones.

Cronistas coloniales como Pedro Cieza de León daban cuenta de que el sector estuvo cubierto por bosques andinos, reemplazados luego por eucaliptos en el siglo XIX.

A las investigaciones del padre Porras y sus alumnos de arqueología de la Pontificia Universidad Católica del Ecuador, entre 1974 y 1976, le siguieron los investigadores del Banco Central en los siguientes años, por eso los vestigios de la Cultura Cotocollao están en los museos de los Jesuitas y del Banco Central.

Pero no solo se encontraron restos de cerámica en el sitio sino también restos óseos. Antropólogos jesuitas determinaron con base en ellos que el promedio de estatura de los antiguos pobladores de Cotocollao era de 1,60 metros para los hombres y 1,50 para las mujeres, y que los individuos estaban afectados por enfermedades como caries dental, artritis ósea y osteoporosis.

Excavaciones intensivas realizadas luego por investigadores del Museo del Banco Central indican que el patrón de asentamiento no difería de otros poblados del período Formativo ecuatoriano. Es así que se hallaron cabañas de madera y ramas con revestimiento de arcilla, techo de paja, alguna división interior ocasional y una plazoleta en cuyo centro pudo existir algún montículo o una rústica pirámide ceremonial.

No se trata, en todo caso, de una aldea propiamente dicha, sino de un asentamiento estacionario de un pueblo en parte recolector-cazador, de agricultura incipiente. Una que otra tumba con ajuar funerario apuntan a una incipiente organización social jerarquizada, quizá con un jefe escogido por su avanzada edad o por su valor y conocimientos.

El historiador y arqueólogo Ramiro Andrade observa que entre los restos cerámicos encontrados se destacan pequeñas figuras de personajes con los brazos cruzados en el pecho sosteniendo algo que se asemeja a mazorcas de maíz, que pudieron ser usadas en un culto agrario precoz.

Se encontraron, además, morteros de piedra de base plana y con paredes rectas, bien elaboradas. Estos incluían decoraciones en las paredes externas que se repiten en los vasos de cerámica. También se hallaron orejeras, que eran objetos reservados para personajes importantes.

En los restos cerámicos de Cotocollao abundan asas, incisiones, acanalados, punteados, superficies pulidas, discos perforados y también obsidiana y basalto.

Hay evidencia de cultivo de maíz por parte de los habitantes del poblado, aunque la escasez de piedras de moler indica que el énfasis estuvo en otro producto, quizá la papa, según el padre Pedro Porras.

Asimismo, vértebras encontradas muestran que hubo consumo de pescado. Hay que recordar que lugares relativamente cercanos, como los sectores de Iñaquito o Turubamba, eran lagunas hasta la Colonia. También se pudieron encontrar restos óseos de venados, que seguramente eran parte de la dieta.

El padre Porras da cuenta que al lado norte de la excavación se encontró un hacinamiento de cadáveres que, según él, dado el deterioro de los huesos y el desorden, muy probablemente fueron víctimas de un aluvión. Este se constituyó en un aviso temprano de lo inconveniente de asentarse al borde de quebradas que bajan de las laderas de un volcán, en este caso del Rucu Pichincha.

Andrade resalta que Cotocollao es la cultura más antigua del norte del callejón interandino del país. En el valle de Los Chillos se encontraron cerámicas parecidas.

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