29 de January de 2012 00:01

Los rieles juntaron a los descendientes de los rebeldes

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La búsqueda concluyó en el cementerio de Yaguachi. Fue junto a la tumba del liberal Pedro J. Montero, general leal al ex presidente Eloy Alfaro Delgado. El grupo de familiares de siete combatientes radicales de la Revolución Liberal al fin se había reunido.

La historia cuenta que Alfaro y los generales Montero, Flavio y Medardo Alfaro, Ulpiano Páez, Manuel Serrano y el periodista Luciano Coral fueron capturados hace 100 años, asesinados, arrastrados e incinerados.

Nelson Coral, motivado por lo que ese episodio significó para su familia, ubicó a los descendientes de seis de los siete caídos el 25 y el 28 enero de 1912. Pero la tarea del bisnieto del periodista Coral, hasta esta semana, estuvo incompleta. En los cinco años que se dedicó a esa investigación encontró a tres familias en Quito, una en Guayaquil y otra en Machala.

Los descendientes se reunieron en Guayaquil el miércoles pasado, en lo que llamaron el Tren de la Cultura, con la esperanza de que el eco de sus actos en la prensa llegara a los oídos de algún Montero. Era la primera parada de un viaje por parte de la Ruta del Ferrocarril. Pero fue en Yaguachi, ciudad natal del general y uno de los tres lugares donde los alfaristas enfrentaron sus últimas batallas, en enero de 1912, donde sucedió el histórico encuentro...

¡Apareció un Montero!

La bocina del ferrocarril arrancó a Yaguachi -por un momento- de su letargo. El grupo desembarcó en la estación para avanzar hacia el cementerio. Lo hizo bajo un sol inclemente. La delegación llegó al camposanto para visitar la tumba del general Montero. Ese miércoles 25 se cumplían 100 años de su asesinato. Ante la muerte, la felicidad brilló con la grata sorpresa de encontrarse allí con Aura Lavalle Montero.

La mujer había llegado minutos antes para rendir un homenaje a su abuelo como cada año. “Siempre me sentí sola”, dijo. Y como si se tratara de un pariente perdido, los Alfaro, Coral y Puente -este último descendiente de Ulpiano Páez-, la acogieron en el colectivo que desde ese momento sería de siete familias. Eduardo Puente fue uno de los primeros en reconocerla y llamó al resto. Juntos estuvieron en la apertura de la urna del militar caído, adornada con una placa dorada y su retrato.

A Aura Lavalle Montero le fue fácil identificarse con las familias. “Nos une la injusticia y el dolor”. Intercambió números telefónicos con los allegados de los militares alfaristas y pidió a los miembros del Tren de la Cultura que la “llamaran cuando quieran”.

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La reivindicación de los generales olvidados

Una guayabera blanca y un sombrero. Julio Alfaro Mieles, bisnieto de Medardo Alfaro, hermano de Eloy, resaltaba entre los viajeros por su traje y su carácter. Se embarcó en el Tren de la Cultura con cinco de sus 13 hermanos, todos con la misma vestimenta.

“Necesitamos un parque de la ‘Revolución Alfarista’, donde estén los monumentos a todos”, solicitó en Durán, la estación donde el ferrocarril inició esta travesía. Para Julio Alfaro y el resto de los descendientes, los caídos fueron siete y no solo uno. Consideran que cada militar, así como el periodista, fueron piezas claves de la revolución del Viejo Luchador.

Con esa consigna animaba al grupo. En Naranjito, desde el desayuno, ya pedía vivas para Alfaro y el resto de los asesinados. Se siente orgulloso de llevar el apellido. ¿Por qué no me pusiste Eloy?, le pregunté un día a mi padre. A Eloy no lo hizo grande su nombre sino sus actos, me dijo.

La bandera: el rechazo a la impunidad

Primero el río Guayas, después la laguna de Yambo (Cotopaxi). Los dos lugares se sumaron a la lista de los puntos recorridos por el Tren de la Cultura que llevaba a los familiares de las víctimas del 28 de enero de 1912.

El miércoles en Guayaquil, Eloy Alfaro Reyes llevó su cruz desde Quito. “¿Trajeron la suya?”, preguntaba con insistencia al grupo desde la capital, que se embarcó en un bus en la Universidad Salesiana la noche del martes, para trasladarse a Guayaquil. Tenía razón para preocuparse, pues el plan era lanzar cruces al río Guayas como homenaje a los trabajadores asesinados el 15 de Noviembre de 1922 y que fueron arrojados a la corriente. Cuando subieron a los botes para el ritual, la delegación ya había conseguido sus cruces, unas de madera, otras de cartón. Incluso unas pintadas con el rostro de Alfaro. Se detuvieron en medio del trayecto hacia el muelle del ferrocarril de Durán y las lanzaron.

El viernes 27, en Yambo, Alfaro Reyes recibió a Pedro Restrepo, padre de los hermanos Santiago y Andrés, desaparecidos en 1988. “Para nosotros el 28 de enero de 1912 se fundó la impunidad en el Ecuador como política de Estado”, dijo el tataranieto del General. Flores y corazones esperaban a Restrepo en el sector donde se cree que los restos de los menores fueron arrojados.

Allí dijo: “Cada vez que leo a Eloy Alfaro, pienso en cuánta falta le hizo a Colombia un Eloy Alfaro”. Se embarcó en el bus que transportaba al grupo y más tarde en el ferrocarril que los llevó hasta la estación de Chimbacalle, en Quito. Cientos de estudiantes los recibieron con euforia. Hubo música y bailarines. Los descendientes se bajaron del ferrocarril con la esperanza de que los colegios aprendan parte de la historia del país en esta ruta de rieles que evoca tragedia, pero también vida.

Tres días de viaje

94 kilómetros  recorrieron en ferrocarril  los descendientes  en los tramos Durán-Yaguachi, Alausí-Nariz del Diablo y El  Boliche-Chimbacalle. Usaron buses para conectar estas rutas.  

Los familiares  que viajaron fueron los de Eloy Alfaro, Medardo Alfaro, Ulpiano Páez y Luciano Coral. Las familias de Manuel Serrano y del militar Flavio Alfaro se unieron  en Quito.  Aura Lavalle Montero  no viajó.

20 integrantes  del Ballet Nacional Ecuador fueron parte de  la delegación. El escritor Jaime Galarza también los acompañó.


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