27 de September de 2009 00:00

La poesía como lucidez y extravío

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Rubén Darío Buitrón EL COMERCIO

Controvertida, polémica y alucinadamente exacta, la escritora argentina Alejandra Pizarnik murió como vivió: en un estado de lucidez y extravío que la llevó a existir y a escribir intensamente desde  lo profundo de los infiernos más íntimos y sensuales.

Su deseo esencial era vivir en la difícil coherencia  entre la cotidianidad y la poesía. Así lo dijo, pocos días antes de su muerte, en una charla con la periodista  española Martha I. Moia:

“Ojalá pudiera vivir en éxtasis, haciendo el cuerpo del poema con mi cuerpo, rescatando cada frase con mis días y  mis semanas, infundiéndole al poema mi soplo a medida que cada letra de cada palabra haya sido sacrificada en las ceremonias del vivir”.

Ana Nuño, investigadora argentina, precisa que sería injusto estigmatizar a Pizarnik como suicida o loca. Y más injusto sería encasillar su poesía como fruto  de una mente trastornada:

“Cuando una mujer manifiesta melancolía, soledad y aislamiento se habla de ‘desequilibrio psíquico’, pero si quien lo manifiesta es varón (Kafka o Rimbaud, por ejemplo) se habla de ‘un talante visionario”.

El suicidio de Alejandra es, por tanto, una anécdota. Porque su vida misma fue una caminata sobre una hoja de afeitar, su poesía fue una incursión por la temeridad de la luz enceguecedora:

”Es el miedo a todas las que en mí contienden/ a la otra que soy”.

Alejandra era poeta incluso cuando pintaba. Cuando dejaba la tensión por alcanzar la exactitud poética y se liberaba frente al lienzo y los colores. Pero su oficio, en lo más hondo, fue siempre conjurar y exorcizar:

“Escribo para que no suceda lo que temo,/   para que lo que me hiere no sea./ Escribir un poema es reparar la herida fundamental, la desgarradura./ (...) La bestia caída de pasmo que se arrastra por mi sangre”.

Pizarnik entendió que la poesía no era una carrera, sino un destino. Así vivió. Y así murió.

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