27 de agosto de 2020 07:45

Los pobres a quienes la pandemia lanzó a la calle en México

Las personas han perdido los hogares que rentaban, tras perder sus empleos por la crisis del coronavirus. Foto: AFP

Las personas han perdido los hogares que rentaban, tras perder sus empleos por la crisis del coronavirus. Foto: AFP

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Agencia AFP

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Andrés Hernández tenía un empleo modesto que sin embargo le permitía pagar un alquiler en una localidad del centro de México. Pero la pandemia se lo arrebató y terminó en la calle con su esposa y dos hijos.

El taller de serigrafía donde trabajaba cerró en marzo y tuvo que desalojar el cuarto que rentaba en Los Reyes (Estado México, centro). Entonces viajó con su familia a la capital buscando oportunidades.

Temeroso de dormir a la intemperie y de la soledad de las calles, se refugió en las afueras del Hospital General, donde solían pasar la noche familiares de pacientes de covid-19.

Pero por miedo al contagio se mudó a un parque cercano donde la vida se convirtió en un infierno.

“Muchos malvivientes nos pedían (dinero) para el refresco, pero no teníamos y se ponían agresivos. ¡Me robaron hasta los zapatos!”, cuenta Hernández, de 50 años, quien ahora calza unos tenis de mujer que le regalaron.

Con impotencia tuvo que ver la partida de su esposa y los niños, llevados por voluntarias a un albergue cristiano del estado de Hidalgo (centro).

“No lo pensé y mire, llegué a la calle, ni modo, ya pasamos por ahí”, dice a la AFP Andrés, ahora en un refugio temporal.

La Alcaldía de Ciudad de México realiza un censo para saber cuántas personas se han sumado a la población en situación de calle debido a la epidemia.

Doble castigo


La economía mexicana ha perdido poco más de un millón de empleos formales por la emergencia sanitaria, según el Instituto Mexicano del Seguro Social.

A ello se suma la destrucción de puestos en el sector informal, que ocupa a más de la mitad de los trabajadores. Las autoridades estiman que 2,8 millones de personas estaban sin trabajo en junio y ubican la tasa de desempleo en 5,5%.

Gabriel Contreras, de 38 años, había vivido intermitentemente en la calle desde los seis años cuando escapó de su natal Hidalgo a la capital, empujado por la violencia doméstica.

De voz suave y trato amable, trabajaba como ayudante en puestos ambulantes del barrio Garibaldi cuando el nuevo coronavirus se empezó a propagar. Fue echado entonces de un hotel barato donde habitaba.

“Me dijeron que ya no podía vivir ahí, que por andar en la calle podía traer el virus”, cuenta con los ojos llorosos.

Para Luis Enrique Hernández, director de El Caracol, oenegé que apoya a personas sin hogar en Ciudad de México, “estas historias son muy duras” porque quien está habitualmente en la calle “aprende a sobrevivir, pero esta gente no”.

La crisis derivada de la pandemia golpea con dureza a los pobres, cuyo número podría escalar a 62,2 millones en 2020 (casi la mitad de la población), frente a 52,4 millones de 2018, según el privado Consejo de Evaluación de la Política de Desarrollo Social.

Una realidad a la que no escapa el resto de Latinoamérica, donde la Cepal estima que la crisis empobrecerá a 45 millones de personas, con lo que el total ascenderá a 231 millones (37,3% de la población).

Frágil destino


Andrés y Gabriel fueron reubicados en un vecindario de Nezahualcóyotl, en las afueras de la gran urbe, donde duermen en una pequeña habitación pagada por El Caracol.

Sus vecinos, Claudia García y su esposo Alberto, también se quedaron sin techo por la situación.

Hace casi cinco meses perdieron su fuente de ingresos como vendedores de helados, luego de que les confiscaran la mercancía por falta de permisos.

Tuvieron que abandonar el hostal donde vivían por 900 pesos (unos USD 41) semanales y, debido al cierre de hoteles y albergues, se resguardaron en un parque donde intentaron abusar de Claudia.

“Fue muy difícil, duro, porque hoy duermes en tu cama y mañana en el pasto”, afirma la mujer de 35 años.

Mientras Andrés espera ilusionado un trabajo, Gabriel recién ingresó como empleado en una pizzería que contrata a personas en situación de calle para apoyar su reinserción.

Con cubrebocas y lentes plásticos, Gabriel espera sonriente a los comensales con una camiseta en la que se lee “soy agente de cambio”.

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