15 de septiembre de 2018 00:00

Tras perforar 6,9 kilómetros, La Guaragua se despide del Metro de Quito

Unos 30 días tomó desarmar la tuneladora La Guaragua y sacarla por el pozo de extracción hasta la superficie. Foto: Patricio Terán / EL COMERCIO

Unos 30 días tomó desarmar la tuneladora La Guaragua y sacarla por el pozo de extracción hasta la superficie. Foto: Patricio Terán / EL COMERCIO

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Evelyn Jácome

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Nadie conoce las entrañas de Quito como ella. Fue la primera tuneladora en abrirse camino y perforar 6,9 kilómetros de suelo capitalino, a una profundidad de 30 metros, para luego de cumplir su misión -con algo de nostalgia- empezar a ser desarmada.

Una a una, las miles de piezas que la conformaron y que le dieron la fuerza para romper capas de cemento y piedra, empezaron a retirarse. De La Guaragua, la enorme serpiente de metal de 110 m de largo y
1 536 toneladas que perforó Quito, queda casi nada.

Proceso de desarme de la tuneladora La Guaragua en el parque El Arbolito. Captura

Un mes se tardó en desarmarla y traerla a superficie. Sacarla de debajo de la ciudad no fue fácil. Se debió levantar un campamento en el parque El Arbolito solo para extraerla.

El túnel por donde circulará el Metro de Quito tiene un 97% de avance. José Carlos Aguilar, ingeniero del Consorcio a cargo de la construcción de la Línea 1 del Metro y quien lideró la tunelación, cuenta que está a unos 600 metros de ser terminado. La Guaragua, Luz de América y La Carolina cumplieron los tiempos estimados de excavación.

La Guaragua, fabricada en Alemania, llegó a Quito a finales del 2016 y empezó a perforar el 24 de febrero del 2017.

Luego de trabajar por más de 8 280 horas descansa en partes, tendida sobre el cemento. Agotada. Satisfecha. La mayoría de sus piezas está cubierta de lodo y aceite. Algunas son enormes, de más de 3 m de alto y para moverlas se necesita la ayuda de una grúa. Otras son tan pequeñas que pueden ser sostenidas con una mano.

Uno de los trabajadores tiene un par de ellas sobre una mesa y, con paciencia y precisión, les quita el lodo que las cubre. Equipado con un mameluco, casco, linterna, guantes, mascarilla y botas, las alista para su próxima misión. A esta tuneladora aún le quedan fuerzas para seguir perforando ciudades. Otros dos obreros se dedican a pintar otra pieza que mide unos 6 metros de diámetro. Queda como nueva. Se desconoce cuál será su siguiente destino.

El lugar por el cual se extrajo a La Guaragua es como un enorme pozo de 28 metros de diámetro y está rodeado por una cerca de metal y cintas amarillas que dicen “peligro”.

Unos 25 metros hacia abajo fue por donde la rueda de corte, la cabeza de la tuneladora, apareció luego de terminar de perforar. El desmontaje empezó allí. Con cuidado se retiraron piezas y con la ayuda de una grúa de 150 toneladas de fuerza y más de 20 metros de alto se la sacó a la superficie.
Lo primero en ser extraído fue la rueda de corte.

Caminar por el campamento es como estar en un laberinto atestado de máquinas. Es un espacio donde está prohibido entrar sin casco, sin chaleco y donde no se puede fumar ni manipular las válvulas ni herramientas. Se trabaja con precisión y concentración. Hay ruido. Se mueven mangueras, se etiquetan piezas, se retiran sueldas, se corta metal.

Tal como fue armada debió ser desarmada, como si se tratara de un enorme lego. 88 tráileres se necesitaron para mover sus piezas. El tornillo sin fin -el aparato monumental que se encargó de ir sacando el material que la cabeza de la tuneladora trituraba- está tendido a un lado del terreno, sobre unos palets de madera. Todavía tiene tierra acumulada en los bordes y en las ranuras.

La tuneladora, que usualmente llevaba 15 personas en su interior y que avanzó entre 80 milímetros y un centímetro por minuto, fue el hogar de operadores, de los colocadores de dovelas. Ellos son quienes conocen al detalle su funcionamiento. Lo cuentan con recelo, sin dar sus nombres, porque hasta la información tiene un trato cuidadoso.

Contrario a lo que se puede pensar, adentro, la tuneladora era un espacio silencioso que tenía baño, comedor con aire acondicionado, canceles, servicio médico y una cámara de refugio para alguna emergencia. Pese a todas las seguridades, era un sitio riesgoso debido al espacio limitado y a las mangueras y equipos hidráulicos a presión.

Esta tuneladora que no utilizaba combustible sino que operaba con presión de agua y aire, nunca se dañó.

Mientras La Guaragua operaba, los trabajadores desde el interior no podían ver nada. No lograron hallar ‘el tesoro de Rumiñahui’, bromea uno de los operarios. Perforaron tanto, y sacaron tanto material que con lo que recorrieron las volquetas que transportaban la tierra de las tuneladoras y estaciones se podría dar la vuelta 17 veces al planeta, comentan los trabajadores. Se movieron 5 millones de m³ de tierra.

El pozo de extracción hoy está vacío. Unos hombres terminan de retirar las rieles por donde rodó La Guaragua, luego de atravesar barrios como El Labrador, Jipijapa, La Carolina, La Pradera y El Ejido.

Ahora las colocarán del otro lado, para que la tuneladora Luz de América, que salió desde Solanda en mayo del 2017, pueda ser extraída al terminar de perforar, en dos semanas.

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