4 de octubre de 2020 00:00

Los más pequeños luchan contra males cardíacos

La familia de Geovanna Patiño juega con Samuel, de 2 años; nació con una cardiopatía

La familia de Geovanna Patiño juega con Samuel, de 2 años; nació con una cardiopatía. Foto: Cortesía

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Valeria Heredia
Redactora (I)
jheredia@elcomercio.com

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En pocos días, el pequeño Samuel celebrará su tercer año de vida. Compartirá con su familia, comerá pastel y soplará las velitas. Su madre Geovanna Patiño, de 39, está feliz, ya que a su corta edad el niño ha enfrentado una verdadera batalla contra una enfermedad a la que considera un mal invisible: una cardiopatía congénita.

Con este término se conoce a los problemas estructurales y de funcionamiento del corazón. Estos aparecen durante el embarazo; sin embargo, la mayoría son detectados al nacer.

Geovanna se sometió a exámenes durante la gestación. Los resultados anticiparon que el niño tendría hipoplasia ventricular derecha (ventrículo y aurícula no desarrollados). La noticia -dice- le impactó, pero el calvario empezó el primer día de nacido de Samuel.

A pocas horas del alumbramiento ingresó a cirugía. A los cuatro días le hicieron otra. “Tuvo problemas. Ninguna operación funcionó”.

El pequeño -cuenta Geovanna- salió hinchado y conectado a oxígeno y a otras máquinas. Así pasó varios meses, en los cuales los médicos aconsejaron una nueva intervención.

Desesperada, buscó la opción de operarlo en Estados Unidos. “No sé cómo conseguimos el traslado; lo logramos y hoy esperamos resultados para hacerle una más”.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) calcula que cada año nacen unos 276 000 pequeños con alteraciones estructurales del corazón y de los vasos sanguíneos, que se producen por defectos en su formación durante la gestación.

Estas patologías requieren de varias intervenciones quirúrgicas, con el fin de mejorar el funcionamiento del órgano. Lo explica la cardióloga Patricia Cortés. Ella labora en el Hospital Metropolitano, de Quito, y fue parte de uno de los equipos que operó a Samuel.

Algunas cardiopatías congénitas o las adquiridas -anota- pueden cerrarse o curarse en el primer año de vida. Otras, más graves, requieren tratamiento quirúrgico urgente. “En el mundo, incluido Ecuador, ocho de cada 1 000 nacidos vivos sufren estos problemas”.

Paula, de 9 años, está dentro de este grupo. Su malformación congénita se detectó a los pocos días de nacida. Su madre, Monserrat Castillo, oriunda de Loja, cuenta que la pequeña presentó espasmos de sollozo -falta de aire durante el llanto-, displasia e hipertensión pulmonar.

Los médicos ecuatorianos -relata- le anunciaron que no podían hacer nada. “Me dijeron que disfrute el tiempo que le quedaba a mi hija”.

Sin resignarse, Monserrat buscó ayuda en fundaciones dentro y fuera del país. “Tocamos puertas y una se abrió”.

El 30 de noviembre del 2012, la mujer, de 40 años, recibió la llamada de una organización que le pedía llevar a la niña a Guayaquil, para la operación. “Esa noche arreglé las maletas y viajamos. Al siguiente día mi hija entró al quirófano”.

Hoy -dice con una voz entrecortada- Paulita no toma medicamentos; lleva una vida similar a la de otros niños. “La única limitación que tiene es que no puede practicar deportes de competencia”. Atiende a diario sus clases virtuales.

Samuel, de 5 años, también, mantiene esa dinámica. Él nació sin inconvenientes. A los 21 días empezó a ahogarse mientras lactaba. “Estuvo hospitalizado durante unos meses para que le operaran a corazón abierto en algún hospital. No lo logramos”, cuenta su madre, Victoria Carrillo, de 31 años.

Así comenzó a buscar opciones, ya que la situación del pequeño se complicó debido a la hipertensión pulmonar. También necesita un trasplante doble de pulmón.

“Los problemas del corazón en infantes son invisibles. No se brinda la suficiente ayuda en los hospitales públicos, por lo que tuve que migrar a Inglaterra para buscar una cirugía”.

El viernes, ella y su hijo llegaron al país europeo con la esperanza de tramitar el procedimiento. Primero deberá entrar a lista de espera, pues se trata de dos operaciones complejas.

Los caminos de estas madres se unieron. Hoy forman parte de la agrupación Corazon­citos Guerreros, que reúne a 51 integrantes.

“Queremos ser visibles y que nos ayuden con el tratamiento de nuestros hijos. Son caros y desgastan física y emocionalmente”, confiesa Geovanna.

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