3 de febrero de 2019 00:00

La lección política de Pelosi a Trump

Donald Trump muestra su impotencia en los diálogos con los demócratas Nancy Pelosi (izq.) y Chuck Schumer (der.) El vicepresidente Mike Pence observa. Foto: AFP

Donald Trump muestra su impotencia en los diálogos con los demócratas Nancy Pelosi (izq.) y Chuck Schumer (der.) El vicepresidente Mike Pence observa. Foto: AFP

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Santiago Estrella

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El 11 de diciembre del 2018, Donald Trump sorprendió a los corresponsales de la Casa Blanca y, más aún, a los líderes de las entonces dos minorías demócratas en el Congreso, Chuck Schumer (Senadores) y Nancy Pelosi (Representantes). El Mandatario dejó entrar cámaras y micrófonos para que el país viera el inicio de una reunión sobre los USD 5 600 millones que exigía para construir el muro fronterizo con México. De lo contrario, cerraría el Gobierno Federal.

Trump –quien ha lamentado y reprochado no haber merecido jamás un Emmy por su programa ‘El aprendiz’– seguramente creyó que, espectáculo mediante, la gente entendería que eran los demócratas quienes impedían que el país tuviera “seguridad fronteriza”.

Las cosas no le salieron como esperaba. En realidad, fue todo lo contrario. Más que un Presidente del estilo que ha tenido Estados Unidos –por lo menos sobrio, siguiendo los términos en que los estadounidenses suelen hablar de “la dignidad presidencial” y cuya excepción había sido hasta ahora Richard Nixon, con una capacidad de negociación irrefutable, pareció un patán de barrio, de esos que no dejan hablar a sus interlocutores porque su razón será siempre la única razón.

Daba, incluso, un poco de vergüenza ajena: “Estamos hablando de seguridad fronteriza”, repetía una y otra vez, casi a los gritos, interrumpiendo a los dos demócratas a cada rato. “O las cosas son como yo las quiero o cierro el Gobierno”, dijo Trump a Schumer, quien le había recordado antes que al menos en 20 ocasiones previas ya había amenazado con el ‘shutdown’ (cierre).

“¿Sabes qué, Chuck?” –dijo Trump- “Estaré orgulloso de cerrar el Gobierno”.
¿Lo estaba? Si bien dijo que mantendría cerrada la administración semanas, meses y hasta años si era necesario hasta que le den los fondos, a los 35 días tuvo que recular porque al menos 800 000 servidores públicos, incluidos FBI, seguridad aeroportuaria, servicio secreto y otras dependencias, debieron trabajar -o no- sin cobrar sus salarios. Se paró ante los micrófonos en la Casa Blanca y anunció, también con “orgullo”, que habían llegado a un acuerdo con congresistas demócratas y republicanos y que se abría el Gobierno hasta el 15 de febrero, cuando vendría otro cierre o decretar la emergencia migratoria y obtener los fondos sin necesidad de pasar por el Parlamento.

Fue su mayor derrota en los dos años de administración, aunque todavía queda pendiente la investigación de Robert Mueller sobre la colusión con Rusia en las presidenciales del 2016. Trump no solo que no consiguió un centavo para el muro, sino que muchos más republicanos han hecho público su distanciamiento con él y bajó considerablemente en las encuestas: 65% de la población lo desaprueba. Y eso es algo que en su ego resultaría desolador (todo lo bueno que le ocurre al país es por él; todo lo malo, por los otros, sean miembros de su equipo, republicanos y, más aún, demócratas).

“Espero que el Presidente haya aprendido una lección: no se puede tener a los trabajadores rehenes”, dijo Schumer.

Él fue una pieza fundamental en esta pulseada con Trump, pero los analistas han destacado la figura de la ahora presidenta de la Cámara de Representantes, Nancy Pelosi, como la mujer que le ha enseñado que, para ser Presidente, no se requiere ser un empresario exitoso. Una Presidencia no es una empresa y menos un programa de televisión: hay que saber ‘hacer política’.

“No podemos permitir que cada vez que el Presidente tenga una objeción diga que va a cerrar el Gobierno hasta que estemos de acuerdo con él. Si mantiene a los empleados (servidores públicos) como rehenes ahora, lo hará siempre”, dijo Pelosi, luego de que el Presidente anunciara la apertura del Gobierno Federal.

Pelosi es la tercera persona más poderosa de Estados Unidos, es decir la segunda en orden de sucesión. Ella supo frenar la estrategia que a Trump le pudo funcionar muy bien como empresario: generar el caos en los otros para así encontrarlos débiles y lograr sus beneficios. Además señaló que Trump asume el muro como un asunto de “virilidad”.

Lo que hizo Pelosi en esa reu­nión del 11 de diciembre fue enseñar a Trump algo de lo que él carece: el arte de la política (Trump tiene un libro que titula ‘El arte de la negociación’, que muchos empresarios recomiendan no seguir). Por un lado, ella sabe lo que es contar votos en un Parlamento para lograr una ley, tal como ocurrió cuando, también como presidenta de la Cámara Baja, logró que se aprobara el Obamacare (2010), el plan de salud de Barack Obama, que fue ‘demonizado’ por los republicanos. Y también sabe sacar ventaja de un caos político como el que vivió el país.

“Ella no solo lo está superando, sino que lo está indignando (…) Ella se burla de él. Ella es el matador; él es el toro. No tiene idea de lo que está haciendo. Es un genio de las artes publicitarias, no de las artes políticas. Es un novato absoluto”, dijo a The Guardian Michael Cornfield, profesor asociado de Gestión Política en la Universidad George Washington.

A Pelosi, en estas artes políticas, le tocó transformarse ella misma. Al nuevo Congreso, que preside, han llegado mujeres, minorías étnicas y jóvenes, con ideas más radicales y cercanas al exprecandidato presidencial Bernie Sanders. Y ella ha sabido acoger sus demandas a partir de un liderazgo fuerte.

Trump no ha podido con Pelosi, ni siquiera cuando se trata de poner apodos, sobre todo a las mujeres, a las que ha llamado “cara de caballo”, “una escoria traviesa y llorona”, “perras” o “grandes cerdas”, entre otros. En uno de sus tuits dijo: “Nancy Pelosi, a quien llamo Nancy...” Además de causar hilaridad por ser otro tuit de pocas luces, dejó en claro que una mujer -y eso le debe doler a alguien misógino como él- le hizo entender con firmeza que democracia y gobierno no van de la mano con la imposición.

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