27 de September de 2009 00:00

Paso a paso, construyendo esperanza

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Bernarda Ortiz

“Al principio no creían, pero fueron pacientes y presenciaron cómo ese dolor de no tener atención médica oportuna se fue convirtiendo en sonrisa, al ver que  su comunidad estaba avanzando”, estas son las palabras de Jorge Gualotuña, presidente de la comunidad de Miraflores, quien está muy agradecido por la confianza que su gente le tuvo al proyecto de construcción de un centro comunitario.



Quiénes cooperan
Bupa es una aseguradora de productos de salud con más de 30 años de experiencia en Latinoamérica.
La Fundación Martha Estrella inició sus labores  con el objetivo de continuar con el legado de Martha Estrella, profesora de las escuelas rurales del Ecuador.  Miraflores está en la provincia de Cotopaxi, entre Tambillo y Machachi. Las 60 familias que la conforman se dedican en gran parte a la ganadería, a los sembríos, crianza de cuyes, gallinas, conejos y aves de corral. Estas familias sobreviven con un promedio de USD 4  diarios. Enfermedades como la epilepsia, desnutrición, anemia y problemas estomacales en los niños, abundan en un lugar que recibe la visita de un médico seis veces al año.

En vista de la situación que atraviesa la comunidad, la organización de beneficencia Fundación Martha Estrella, con el apoyo de 120 voluntarios de Bupa, empresa especializada en atención médica, se plantearon sumar esfuerzos para rescatar a Miraflores, fundamentalmente en lo que respecta a los servicios de salud y construir el centro comunitario. Este centro estará dotado de servicios médicos y dentales primarios, así como de una guardería, un comedor y una sala de cómputo con conexión a Internet. Las labores iniciaron oficialmente el 10 de septiembre y concluirán el 29 de noviembre.

El proyecto

Nick, Daniel y Andre, son tres jóvenes provenientes de los Estados Unidos; ellos participaron como voluntarios en Miraflores con la Fundación Martha Estrella. Su labor consistió en transformar una casa abandonada en un centro comunitario. Estos chicos completaron la fase inicial del proyecto derribando el viejo techo de la casa y limpiando las 14 habitaciones.
El objetivo y desafío consiste no solo en la construcción de un centro comunitario sino en el apoyo a una comunidad a largo plazo.

La primera etapa de este plan está a cargo de profesionales de la construcción. La segunda se la completará con la labor de los 120 voluntarios de Bupa a nivel mundial. Desde inicios de septiembre hasta fines de noviembre llegarán voluntarios de la empresa desde varios países del mundo. Cada semana 10 voluntarios de países como Inglaterra, Australia, Arabia Saudita, Dinamarca, Nueva Zelanda, España, Japón, Tailandia y Estados Unidos participarán en la construcción de la obra, limpiando y cargando ladrillos, haciendo paredes, mezclando cemento y trayendo el agua desde el pozo.

De 50 000 empleados de Bupa, se escogieron a 120 que participarán en este desafío. Cada uno de los voluntarios tuvo como meta recaudar fondos por USD 1 600  mediante iniciativas personales como la venta de comida.  Freddy Galarza, gerente general de Bupa en Ecuador, recuerda que  en las oficinas de Inglaterra, como una motivación a los empleados, los jefes prometieron lanzarse en paracaídas si el personal lograba recaudar el dinero necesario. Los fondos reunidos se utilizarán para mejorar la calidad de vida de la comunidad a largo plazo, los que serán administrados por la Fundación Martha Estrella.  

Se ha planificado también, la reforestación de una zona cercana a Miraflores, para mitigar el impacto causado  al trasladar a  los voluntarios.  

“Una comunidad que tiene poco y da mucho”

Mariana Cañas es madre de familia y una de las 92 voluntarias de este proyecto. Trabaja ya 11 años en la oficina de Bupa de Miami. Para ella la jornada de oficina en el departamento de Recursos Humanos es muy diferente a las 8 horas diarias que dedican a la construcción del centro comunitario. “Estas últimas dos semanas nos hemos dedicado a preparar los ladrillos y  a mezclar cemento”.

Cuenta que al llegar a Miraflores pudo ver que la comunidad se sentía muy agradecida, pero al mismo tiempo olvidada. Para ella la comunidad es de mucho corazón. “Una tarde doña Rosa vino con su hijo y su sobrina y nos trajo merienda; nos trajo choclo con queso y ají”. Día a día Mariana ve en la comunidad la esperanza de aprender y lograr sus sueños.

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