22 de diciembre de 2019 00:00

Paciente con trasplante: 'Este ha sido el mejor regalo de Navidad que he podido recibir'

Fulton Guerrero con los médicos Javier Mora y Candela Ceballos, en el Luis Vernaza. Foto: Enrique Pesantes/ EL COMERCIO

Fulton Guerrero con los médicos Javier Mora y Candela Ceballos, en el Luis Vernaza. Foto: Enrique Pesantes/ EL COMERCIO

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Elena Paucar
Redactora (I)
epaucar@elcomercio.com

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El teléfono sonó la noche del 2 de diciembre del 2019. A las 21:40 Fulton Guerrero recibió la llamada más esperada de su vida. “¡Ya está, el trasplante ya está! Eso fue lo único que pude decir”, recordó aún recostado en una cama del Hospital Luis Vernaza en Guayaquil.

Esa noche viajó desde Portoviejo, en Manabí, donde había sido desahuciado. “El día que recibí el diagnóstico me dijeron que no había nada que hacer, que moriría. Salí decepcionado. Me subí a mi moto y manejé como loco porque ya no me importaba nada”, relató.

Fulton tenía cirrosis terminal. El hepatólogo Javier Mora explica que es un cuadro complejo e irreversible, con severos síntomas: la piel suele tornarse amarillenta, la acumulación de líquido causa hinchazón abdominal y hay hemorragias digestivas por la ruptura de venas del esófago. “El trasplante es la única alternativa”.

En julio el paciente de 41 años entró a la lista de espera. Cinco meses después ingresó a quirófano para recibir el hígado de un joven donante, quien falleció debido a un accidente automovilístico. “Este ha sido el mejor regalo de Navidad que he podido recibir”.

De enero al pasado viernes, el Instituto Nacional de Donación y Trasplantes de Órganos, Tejidos y Células (Indot) reportó 623 beneficiarios. Y en los últimos 10 años son 5 816 trasplantes en el país.

Un donante cadavérico puede dar una segunda oportunidad o mejorar la calidad de vida a otras 50 personas. María Candela Ceballos, jefa de la Unidad de Trasplantes del Vernaza, dice que no solo se pueden beneficiar con los órganos sólidos, sino también con tejidos como piel, córneas, tendones, huesos y válvulas cardíacas.

“No hay parte del cuerpo que no se pueda trasplantar. Es una cirugía que da una vida nueva; son personas que pueden retomar sus actividades y recuperar su libertad. Eso no se compara con nada”.

Tyrone tiene 15 años y ya ha tenido dos trasplantes de córneas. Hoy lo revisarán. Foto: Mario Faustos/ EL COMERCIO

Tyrone tiene 15 años y ya ha tenido dos trasplantes de córneas. Hoy lo revisarán. Foto: Mario Faustos/ EL COMERCIO

Tyrone aún estaba en la escuela cuando su visión empezó a fallar. “Pensé que solo quería lentes porque otros niños en su salón los usaban. Pero los primeros fueron muy grandes y la medida iba en aumento cada año”, recuerda Vanessa Fuentes, su mamá.

Esa fue su solución por tres años hasta que un chequeo de rutina en Quevedo (Los Ríos) determinó que el problema era más profundo. Sus córneas eran débiles y uno de sus ojos desarrolló un queratocono, una deformación del tejido que se manifestó como una pequeña mancha. La única recomendación fue el trasplante.

El jovencito de 15 años entró a la lista de espera del pediátrico Roberto Gilbert en Guayaquil y en este año recibió un doble milagro. En enero fue la primera cirugía y hace menos de 20 días otro donante le permitió mejorar su visión con este frágil tejido ocular, de unos 12 milímetros de diámetro.

“Cuando me quitaron el parche, vi claro casi de inmediato en la primera cirugía. El de ahora fue un procedimiento un tanto distinto e irá aclarando poco a poco”, dice esperanzando el estudiante de primero de bachillerato.

Mañana, como parte del tratamiento, ingresará nuevamente a quirófano para revisar la adherencia.

Tyrone, Fulton y María Alcívar están unidos por el mismo donante. La joven de 31 años pasó los últimos nueve en hemodiálisis hasta el pasado 4 de diciembre, cuando accedió a un trasplante renal. “Las últimas sesiones fueron muy duras. Me descompensaba, mi presión arterial descendía y me recuperaba antes de empezar otra vez el tratamiento”.

Mientras se recupera de la cirugía, confiesa que aún se siente extraña a las 16:00 los lunes, miércoles y viernes. A esa hora pasaba atada a una máquina de diálisis. “Recibir el riñón es lo mejor que me ha podido pasar y más en esta época -afirma conmovida-. Solo puedo decir a quienes están en espera que no pierdan la fe; a los posibles donantes, piensen que pueden dar vida después de la vida”.

Hasta el viernes 20 de diciembre, 822 pacientes eran parte de la Lista de Espera Única Nacional.

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