12 de enero de 2020 00:00

Obesidad en escolares sigue en aumento

La médica Magdalena Montero revisa los alimentos que traen los chicos en sus locheras. Cortesía / APCH

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Valeria Heredia

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Cada día, en locales de comida rápida, la gente es tentada con un “¿desea agrandar su orden de papas fritas o gaseosa?”. Y muchos impulsivamente dicen sí. Pero este tipo de productos están en la ‘lista roja’, ya que provocan sobrepeso y obesidad, que afectan a más del 30% de escolares del país.

José Antonio Vargas es un adolescente de 11 años que le detectaron sobrepeso. Cuenta que su dieta sí incluía alimentos considerados chatarra. Entre ellos, su favorito: pizza.

Cada vez que salía con su familia -tres veces al mes- él se servía al menos tres pedazos. Le encantaba. Pero tras el resultado en la balanza, cambiaron de hábitos. Hoy salen menos e ingieren porciones más pequeñas, cuenta el alumno de la Unidad Educativa Ángel Polibio Chaves, en Los Chillos.

Educar a las familias para que mejoren sus hábitos al comer es la recomendación de Francisca Cifuentes, máster en Nutrición y Dietética. Ella explica que obesidad y sobrepeso son producto de la mala alimentación y del sedentarismo.

La nutricionista Francisca Cifuentes realiza control de peso a un joven paciente.`Foto: David Landeta / EL COMERCIO

La nutricionista Francisca Cifuentes realiza control de peso a un joven paciente.`Foto: David Landeta / EL COMERCIO

Incluso -asegura- se han adoptado malas costumbres de países como EE.UU. Combos extragrandes y falta de actividad física, por ejemplo. “La globalización trajo también prácticas negativas que se replican fácilmente”.

A esto se suma la ingesta excesiva de carbohidratos, en adultos y niños. En un plato de las familias ecuatorianas -detalla- es común ver arroz, papas y tallarín. Esta pésima combinación supera las 1 800 kilocalorías (Kcal) que requiere un niño o niña entre los 5 y 11 años; y las 2 000 Kcal, para un adolescente de 11 a 18.

“En un solo producto llegamos a más de 550 Kcal, debido a que nuestras comidas son hipercalóricas”.

En la última Encuesta Nacional de Salud y Nutrición (Ensanut), del 2018, se revela que 35 de cada 100 niños de 5 a 11 años tienen sobrepeso. Es decir, 5,5 puntos mayor respecto a la encuesta del 2012 (ver gráfico). La mayoría de afectados vive en la zona urbana.

Junto a la mala alimentación está el sedentarismo, otro de los factores de riesgo para el incremento de la obesidad.

José Antonio reconoce que pese a su sobrepeso sí realiza actividad física. Básquet, fútbol y trote son parte de su actividad, por lo que solo espera ajustar su alimentación para reducir esas libras de más.

La nutricionista Francisca Cifuentes habla sobre los problemas de obesidad en Ecuador y entre los jovenes. Foto: David Landeta / EL COMERCIO

Sus compañeras Sofía Chacón y Nelly Sandoval, de 10 y 11 años, respectivamente, no tienen este problema. En sus hogares se alimentan de forma saludable y equilibrada. Aunque, admiten que sí se dan sus ‘gustitos’ y comen una pizza, papas o caramelos a veces.

En el plato de Nelly no faltan las verduras; una de sus favoritas es el brócoli con limón. Mientras que para Sofía, las zanahorias son imprescindibles.

Cada año, en el plantel se arma un proyecto nutricional. Es consensuado por la comunidad. Los médicos realizan controles periódicos en las aulas: revisan la lonchera y vigilan qué se compra en el bar.

También se trabaja con los chicos que presentan sobrepeso: entre el 10 y 20%. Y 30% del personal. Por ello implementaron un plan saludable de venta en el bar: choclo con queso, chochos con tostado o humitas son parte del menú.

Las bebidas azucaradas también contribuyen al incremento de los índices de obesidad y sobrepeso en el país. Un ecuatoriano consume un promedio de unos 93,6 litros de bebidas no alcohólicas en un año. Incluye, entre otras, gaseosas, jugos, tés y energizantes. Un argentino, más de 130 litros.

La más consumida es la gaseosa, con 52,9 litros anuales por persona, explica Francisco Mena, presidente Ejecutivo de la Asociación de Industrias de Bebidas No Alcohólicas.

Pero, dice, el consumo de agua ha ganado terreno. En el tercer trimestre del 2019 creció 20%. “Puede deberse al cambio, a un estilo de vida activo”.
Otra razón puede ser el tributo con el que se gravó a estos productos. Toda bebida gaseosa y no alcohólica -como las mencionadas- que contenga 25 gramos o más de azúcar por litro cancela el impuesto a los consumos especiales (ICE). Son unos USD 0,18 centavos.

Por ello -señala Mena- la industria empezó con un cambio en su cartera de bebidas. Hoy se ofrecen “gaseosas sin o bajas en calorías”.

Para María Elisa Herrera, investigadora de nutrición de la Universidad San Francisco de Quito, el gravar con impuestos a estos productos es una solución a corto plazo. Cuando un individuo cuenta con recursos los compra, sin importar el impacto en su salud. Para ella hace falta educar y generar conciencia sobre la gravedad de la obesidad, relacionada con enfermedades cardiovasculares.

En Finlandia se frenó la obesidad infantil con medidas integrales: eliminaron refrigerios azucarados en escuelas; se implementó un programa de actividad física y Salud instituyó la realización de exámenes médicos anuales, que incluyen cursos para padres.

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