27 de September de 2009 00:00

Los niños de hoy no son como antes...

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Ana Robayo

Saben el doble de lo que nosotros sabíamos a su edad. Son más activos y van a un ritmo que los adultos a veces no alcanzan a seguir.  Si alguna vez vio el espectáculo ‘La pelota de letras’, de Andrés López, probablemente se ahogó de la risa con esa representación cómica del papá que intenta aprender a manejar la Internet o del que no sobrevive a la lucha en el Xbox.



El recuento del camino  recorrido para reivindicar el papel de niños, niñas y adolescentes en la sociedad.

 A lo largo del siglo XX, la humanidad  se esforzó por mejorar la situación de los niños, niñas y a dolescentes. En febrero de 1924,  la Sociedad de las Naciones adoptó la Declaración sobre los Derechos del Niño, que fue aprobada y promulgada por unanimidad en la Asamblea General de las Naciones Unidas, el 20 de noviembre de 1959.  Se declaró a 1979 como el Año Internacional del Niño. Diez años después (1989)  la Asamblea General de Naciones Unidas  aprobó por unanimidad la Convención Internacional sobre los Derechos del Niño. La Convención propone una mirada más allá de lo jurídico, desde sus capacidades, atributos y derechos, social y cultural, vigente hasta ese momento. Propone apreciar a los niños, niñas y adolescentes desde sus incapacidades,  y dejar de mirarlos como objetos de protección desde las carencias, desde lo que le falta para ser “el buen adulto”.  Es un reconocimiento doble: los niños como seres humanos y la niñez como un tiempo, durante el cual se reconocen y legitiman las condiciones especiales que dicho tiempo supone para garantizar su crecimiento armónico. Esta perspectiva de los  derechos supera el enfoque de necesidades y la idea tradicional  de las políticas como un acto asistencial, de caridad o beneficencia.
En Ecuador, la Constitución de 1989 los reconoce como ciudadanos y sujetos de derechos, es decir, reconocerlos desde que nacen con capacidades  plenas   que progresivamente usarán.
También se creó el Sistema Nacional Descentralizado de Protección Integral a la Niñez y Adolescencia. En 2003  se  formula la  nueva Ley de la Niñez y el Código de la Niñez y Adolescencia, esta es puerta de entrada para la garantía de sus derechos, que fue ratificada en la Constitución de 2008.
Sara OviedoPrecisamente esa es la batalla en la que los niños les ganaron a los adultos y demostraron  que ellos pueden tener iguales y hasta superiores capacidades. “La tecnología es lo que les ha dado a los niños la oportunidad de sentirse competentes.  Por fin estamos viendo que son capaces de cualquier cosa”, dice la psicóloga sistémica Veva Yépez. La tecnología es el campo en el que los niños y jóvenes  tuvieron las  herramientas, la libertad para desenvolverse y ser ellos mismos.

“Antes, los adultos éramos los que sabíamos  mientras ellos eran los seres humanos en prospecto”, complementa Yépez, respecto a la idea de que  los menores tienen que crecer para eser capaces de opinar y tomar decisiones; y, además, de que  los adultos debemos enseñarles. El trasfondo de esa visión  es la creencia de que son incapaces. Como dice la canción de Juan Manuel Serrat: “Niño deja ya de joder con la pelota; niño, que eso no se dice, que eso no se hace, que eso no se toca”, rememora Rebeca Cueva, directora de la Agencia de Comunicación de Niños, Niñas y Adolescentes (Acnna).

“Eso es  maltrato y nos destroza como seres humanos”, dice ella. Esto les suena provocador a muchos padres que recuerdan la estricta disciplina de su educación, en la que no tenían derecho a opinar sino solo la obligación de obedecer. ¿Cómo convivir ahora con los niños sino podemos educarlos como nos enseñaron? ¿Cómo aceptar que son iguales que los adultos   y que estamos obligados a conocerlos y respetarlos?
 
Sara Oviedo, directora del Consejo Nacional de Niños, Niñas y Adolescentes, explica que para aceptar y asumir que estos seres a los que siempre hemos visto como inferiores son tan completos como nosotros, ha sido necesario que adultos de todo el mundo recuerden que fueron  niños y adolescentes.  

”Hicimos contacto con esa época de la vida y visibilizamos las heridas, sufrimientos, frustraciones que tuvimos, solo por el hecho de ser niños, y de qué manera  estas limitaciones explican en gran parte nuestros actuales traumas”, comenta. 

Los niños son desaprobados, ridiculizados y obligados a esconder sus sentimientos por los adultos que se empeñan en decirles que para ser buenos deben ser como  ellos mandan, “como lo  aprendimos de nuestros padres, sin saber el daño que hacemos”, explica la psicóloga Yépez.

Ella dice que el principal efecto causado por esa forma de “educar” fue socavar la autovaloración, y el concepto de integridad de ellos mismos. “Les hicimos creer que no saben, que no pueden, que no están bien y que para estarlo deben hacer lo que los padres esperan.Así los niños empiezan a cumplir expectativas  de otros para sentirse queridos y hay muchas personas que se pasan la vida buscando la felicidad en la aprobación ajena”,  pero también cree que es difícil que esto sea aceptado por los adultos porque los padres pueden decir:

“Bueno  ahora no podemos ni hablarles ni criticarles a nuestros hijos, ¿qué hacemos?”.  Yépez agrega que la respuesta es dialogar con los niños y decirles las cosas con honestidad: “No te quiero dar agua porque estoy cansada, espérame 5 minutos; esto es diferente a decirle: “¡Otra vez estás molestándome. Ve a jugar y pórtate bien!”. Los padres y adultos no tenemos derecho a hacerles  sentir que hacen  algo malo cuando expresan sus necesidades.

Aceptar y aplicar este trato es posible, rompiendo muchos paradigmas y costumbres. Hay quienes se comprometen con esta propuesta por completo. Aunque puede provocar polémica, la experiencia parece ser maravillosa. Sol Acosta y Juan Diego Ortiz emprendieron un centro infantil bajo la modalidad del sistema Emmi Pickler, pediatra que proponía el movimiento en libertad de los niños. Aquí no hay aulas de clase, horarios impuestos ni obligaciones.

Hay espacios adecuados en los que cada niño desarrolla su autonomía siguiendo sus propios intereses. Para ello se requiere el cuidado exclusivo de los niños y poner límites, por ejemplo: no pegar a los demás. “Esto exige paciencia, tratar repetidamente los límites usando un lenguaje positivo, sin condicionarlo a un castigo o a un enojo”, dice Acosta. Ella asegura que para que la relación con el niño sea sana, el adulto debe conocer el desarrollo natural de los niños. 

Su socio, Juan Diego  Ortiz, dice que cuando se respeta y acompaña a los niños, permitiéndoles elegir y decidir, ellos están contentos y colaboran por  iniciativa propia. Consideración que nosotros no tenemos a menudo con los menores, como lo demostraron los niños de la  Red Nnace en el reportaje llamado ‘¿Por qué les gustan a los niños las mascotas?’. Ellos respondieron que  los escuchan sin criticar, en silencio, no se lo cuentan a nadie y cuando están tristes están con ellos.

“Si solo nos sentáramos a oír lo que sienten y dicen los niños”, comenta  de esta experiencia Rebeca Cueva y nos recuerda que compartir con los chicos es más satisfactorio que enfrentarlos todo el tiempo y  mostrarles quién tiene el poder.

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