17 de diciembre de 2019 07:48

En las nieves del norte de Grecia, los migrantes añoran los campos superpoblados

Dos hombres migrantes caminan en la nieve por un refugio de esquí en desuso cerca del pueblo de Polineri, en Grevena, a unos 210 km al oeste de Salónica, el 12 de diciembre de 2019. Foto: AFP

Dos hombres migrantes caminan en la nieve por un refugio de esquí en desuso cerca del pueblo de Polineri, en Grevena, a unos 210 km al oeste de Salónica, el 12 de diciembre de 2019. Foto: AFP

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Agencia AFP

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Con la mirada perdida desde la ventana de una casa abandonada en el norte de Grecia, un solicitante de asilo congoleño descubre, estupefacto, la nieve por primera vez y suspira desesperado: “Hubiera preferido quedarme en Moria”, en la isla de Lesbos.

“Al menos ahí estábamos en contacto con el mundo exterior. Aquí uno se siente como en una prisión abierta”, explica Sylva Caumba, dos meses después de su traslado del campo superpoblado de Moria, que el gobierno griego ha decidido descongestionar, al norte del país.

Con su mujer y sus dos hijos, este hombre, que ronda la treintena, salió del campo de la isla de Lesbos, conocido por sus condiciones insalubres, y aterrizó en ese chalet de montaña aislado en Vasilitsa, a 1 000 metros de altitud y a 45 kilómetros de la ciudad más cercana, Grevena.

Los osos y los lobos son más abundantes que los seres humanos.

El edificio abandonado durante la crisis económica griega alberga actualmente a 116 solicitantes de asilo de Afganistán, Somalia, Siria y la República Democrática del Congo.

“Nos levantamos, miramos la televisión y volvemos a acostarnos. Esto no es vida”, se lamenta su compatriota Mabika Zordel, un exfutbolista de 20 años.

Nuredin Intze, un somalí de 38 años, asiente: “la situación era mejor” en el campo de la isla griega de Leros, otro de los cinco puntos de acogida en Grecia a punto de explotar.

“Las horas no pasan. ¿Cómo quieres vivir sin tener nada que hacer? La única cosa que nos queda es la esperanza de un cambio”, agrega este antiguo chófer somalí.

El sufrimiento de estos solicitantes de asilo reubicados en tierra firme es una de las consecuencias del amplio plan gubernamental para revisar el asilo en Grecia, ante el incremento de las llegadas a las cinco islas del mar Egeo (Lesbos, Quíos, Samos, Kos y Leros) .

Según las autoridades griegas, hay más de 40 000 migrantes actualmente en las islas, de los que más de 37 000 se amontonan en campos en condiciones insalubres.

El gobierno conservador de Kyriakos Mitsotakis ha prometido reubicar a 20.000 en el continente de aquí a fin de año, pero los campos de Grecia continental también están prácticamente saturados.

El proyecto se enfrenta a la hostilidad de los habitantes de varias localidades que se niegan a ver a extranjeros llegar en masa en regiones que hasta ahora se habían visto ajenas a la crisis migratoria.

En octubre, la propietaria de un hotel de Vrasna, cerca de Tesalónica, informó que había recibido amenazas de incendio tras haber aceptado albergar temporalmente a un grupo de migrantes.

En noviembre, otro grupo de solicitantes de asilo fue albergado en un monasterio ortodoxo abandonado del Peloponeso. Poco después, la mayoría pidió ser reubicados en otros lugares.

Recepción moderada de la población 

En Vasilitsa, Mabika Zordel solicitó poder entrenarse con el equipo de fútbol local, pero se lo negaron.

“Quizá a causa del color de mi piel”, piensa.

Dos veces por semana, la policía le lleva en bus a la ciudad con su amigo Daniel Elipio, de 17 años, para hacer algunas compras. Aparte de esto, no tienen nada que hacer. Los días son largos. Y cuando nieva fuera, los dos amigos congoleños juegan al fútbol al pie del chalet.

Los dos aseguran que huyeron del país cuando varias personas de su entorno fueron asesinados.

Pero la recepción es moderada en esta región de Grecia.

Algunos se muestran agradecidos de tener un poco de actividad en pleno corazón del invierno, pero el miedo invade a muchas personas mayores que viven en estos pueblos medio vacíos.

“No paran de tener niños”, critica el propietario de una taberna. “Con nuestra caída de la tasa de natalidad, ellos se van a hacer con el control”.

El alcalde de Grevena, Yiorgos Dastamanis, reconoce que la mayoría de los albergues iban a “ser vendidos en subasta” durante la crisis. Pero temen que la llegada de refugiados y de migrantes a su zona “deteriore el perfil de las empresas de turismo del sector ” .

Sin embargo, Sylva Caumba solo “quiere una vida normal para su familia” . “Quiero aprender el griego, tener un trabajo”, dice. “Uno de mis hijos, tiene 10 años y no va a la escuela. No pido nada escandaloso”.

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